Tita Valencia, una voz personal forjada a fuego

La sinceridad que revela una experiencia dolorosa se deja ver a través del lenguaje, de la prosa poética, culta y sencilla. Presenciamos un exorcismo y un renacer. Presenciamos la potencia del lenguaje en plenitud 

Ciudad de México (N22/Ana León).- Cinco libros conforman el primer capítulo de lo que busca ser una historia de muy largo aliento. Cinco escritoras nacidas entre 1928 y 1939 se convierten en las Vindictas. Una colección creada por Socorro Venegas y Ave Barrera, la primera encargada de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, [en esta nota se puede leer una entrevista con ella que precisa detalles de esta colección], razón por la cual los libros salen bajo el sello editorial universitario. 

Las novelas seleccionadas fueron publicadas en la segunda mitad del siglo XX, un par de ellos ya en los años ochentas. Y es en esa misma década que nacen las prologuistas –y también escritoras– de cada uno de ellos. Se construye así un diálogo entre dos generaciones de escritoras que, a pesar de los años, han lidiado con la invisibilización de un cánon mayoritariamente integrado por voces masculinas. Ahora, sus voces se potencian a través de la maduración y la relectura de sus obras. 

Minotauromaquia, de Tita Valencia, es una de ellas. Aquí una entrevista con su autora. 

Tu columna vertebral fue tu formación como pianista, pero ¿cómo fue tu llegada a las letras? Leo en otras entrevistas que las palabras siempre te acompañaron. 

Sin duda la columna vertebral de mi formación fue como pianista.  Y aunque sí fue una imposición materna –las madres suelen querer para sus hijos lo que ellas no pudieron tener–, también a ella, a su amor por las letras, debo esta pasión gemela. De modo que sí. Por ejemplo, cuando mi hermano y yo éramos niños –mi padre murió cuando yo, la mayor de cuatro, tenía cinco años–, recuerdo que mi madre nos proponía el canje de los domingos:  o comer bien en la casa o llevarnos a la librería de Cristal que estaba en la Alameda, a un costado de Bellas Artes, y comprarnos a cada quien un libro. Entonces la elección de un libro adquiría una especie de valor alimenticio de pensarse. Costaba mucho escoger el más apetitoso de los títulos, de los autores, de los géneros —en esa época México recibía de Argentina colecciones hermosas. Hoy deduzco que la situación económica no era tan precaria. Pero sí lo vivimos como una opción costosa y doblemente valiosa.

Tu madre impuso la carrera de pianista para ti, pero ¿quién alimentó el mundo de las letras en ti?

Mi madre alimentó ambos mundos, tanto el de la música como el de las letras. Su padre, político y diplomático potosino altamente letrado, Rafael Nieto —autor, entre otros libros de Más allá de la Patria—, abrió a sus diez hijas un impresionante abanico cultural, algunas de ellas, como mi madre, educadas en internados europeos. Mi madre heredó esas pasiones por las artes, letras, música, plástica.Y así nos educó, no sé si a pesar o justamente a causa de su pronta viudez.

Escribí mi primer poema a los ocho años.  Mi hermano y yo leíamos en los camiones escolares.  Y antes de dormir. Los domingos teníamos permiso de leer en la cama hasta tarde.  La lectura era ya todo un universo alterno, y el apetito de leer, insaciable.

¿Con qué autor@s, con qué lecturas, diste forma a tu voz? El camino para encontrar una voz propia lleva a habitar otras por algún tiempo.

Apenas librada la adolescencia, a los 17, empecé a trabajar a invitación de un tío mío, escritor potosino, Jorge Ferretis, en ese entonces Director General de Cinematografía. Ferretis, con el propósito de enriquecer el cine mexicano con guiones de buenos autores, propuso elaborar dictámenes de los guiones que le llegaban para su autorización fílmica –tanto mexicanos como extranjeros—, así como el asistir a las filmaciones. Entre sus invitados estuvieron Juan Rulfo, Juan José Arreola, Ricardo Garibay. Fue mi primera gran oportunidad de leer nuestra literatura: los mencionados y Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Elena Garro, Guadalupe Dueñas… Pero creo que la gran sacudida literaria de mi vida precedió a este mundo cuando, a pocos años de terminada la Segunda Guerra Mundial, empezaron a traducirse y venderse en México los atroces testimonios de escritores italianos y alemanes. 

En nuestros cines empezaron a proyectarse películas de posguerra que nos revelaban atrocidades. No mucho después, porque lo recuerdo como si lo viera, leí en una revista TIME que cayó en mis manos, un testimonial escalofriante sobre la guerra de Argelia que me marcó para siempre.  Descubrí a Albert Camus.

Fui madre soltera a los veinte años. Entre procurar ingresos para mi familia, persistir en la música —a lo que vino a agregarse el privilegio de ser intérprete simultánea de los Cursos de Perfeccionamiento Pianístico de Bellas Artes, como los del gran pianista Bernard Flavigny—, mi tiempo no daba para mucho. Encontrar una voz propia habría implicado cruzar un muy precario puente levadizo sobre el abismo. Me limité a escribir lo urgente, lo inmediato y ya, como telegrafista. No daba tiempo de elaborar un estilo de larga tirada. Terminado uno, ya otro minitexto galopaba en mi cabeza. Y sigue siendo así.

¿Qué parte de tu historia familiar se cuela en este mundo?

Ninguna. No había más historia familiar que el estudio, que el trabajo. Mi único amigo en esos años fue mi hermano Mario y, digamos, que el notable violinista Hermilo Novelo, con quien formé un dúo delicioso durante algunos años. Pero no hablábamos, ensayábamos, lo cual impedía mi siempre deseada conversación con su esposa, Marcela del Río. Cuando abandoné el piano para dedicarme a trabajos lucrativos, empecé a tener algunas, pocas, pero entrañables amigas mujeres.

¿Qué significó para ti la publicación, en 1976, de Minotauromaquia, en términos personales y profesionales? Además, acudes a la figura del Minotauro para hablar de él, pero al mismo tiempo ¿proyectas en ésta un poco de ella de ti, del amor en sí, de esas partes oscuras, irracionales del amor ansioso, del amor “infligido”?

A priori, la publicación significó una liberación, un soltar amarras y “dejar ir” el lastre de una experiencia dolorosa. Un exorcismo.

Y no, nunca me planté dilema alguno al echar mano de esa voz tan personal e íntima porque de eso se había tratado: de llegar a una verdad –o  a un abanico de verdades emocionales— forjadas a fuego. En realidad, la intención nunca había sido propiamente literaria sino de… autoanálisis. No escatimé la exploración de la irracionalidad, el riesgo casi demencial de la primera persona, el yo, al congelar, (freeze  it,  como se dice en fotografía)  el drama infligido por el amado y por mí misma. Y la indudable tergiversación del hombre que actúa “femeninamente”, como de la mujer que actúa “masculinamente”.  

¿Pensaste en lo que se te vendría encima?

No, jamás me imaginé la reacción masculina –y del más alto nivel intelectual— que efectivamente se me vino encima. Yo no era nadie en las letras jóvenes de entonces, a pesar de los textos breves publicados aquí y allá. Si de por sí fue totalmente inesperado y sorprendente el Premio Xavier Villaurrutia —que provocó un súbito y entrecomillado “prestigio”—, no fue menos el que se me viniera encima una inquisición por parte de intelectuales de primer nivel. Y, desde luego, y no poco feroz, por el lado familiar.  

Escribe Carmen Morán en la entrevista que publicó en El País: Minotauromaquia fue el final de la carrera literaria de la escritora”. ¿Qué pasó con tu escritura a puertas cerradas? ¿Qué pasó con tu veta como cuentista?

Es cierto, sí, cortó de raíz todo intento posterior de escribir, no sólo en primera persona, sino creativamente a partir de mi misma, de mi experiencia o imaginación. Mi “yo” quedó decapitado. No más escritura personal.

Pero, como un título periodístico mío, “Salida de emergencia de la Torre de Marfil”, me dediqué a escribir guiones sobre música para radio, para televisión, para programas de mano, para contraportadas de discos, para secciones musicales del Festival Cervantino. 

En Texas, ¿qué encontró la Tita escritora?

Durante mi primer estancia en Texas, en San Antonio, como directora del Instituto Cultural Mexicano que representaba lo mismo a la Secretaría de Relaciones que a la UNAM, no existía tiempo para abordar un proyecto personal de escritura.

Volví a México.  

En 1994 me casé con un hombre excepcional, mexicano, profesor del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Texas en Austin. Me alentó a abordar un proyecto que yo había pospuesto durante muchos años: algo como la biografía novelada de la relación de mis padres.  El resultado fue “Urgente decir te amo”, texto del último telegrama que mi padre envió a mi madre desde Nueva York, donde trabajaba para una empresa algodonera binacional. Era noviembre de 1942, y tanto la Segunda Guerra Mundial como la propia muerte de mi padre estaban en vilo. Mi madre conservó íntegro el epistolario de mi padre, documento notable en muchos sentidos. Pero no me extraña que haya quemado su contraparte.  

Además de este libro, en Texas encontré la más espléndida información histórica y periodística mexicana, eminentemente en la Biblioteca Nettie Lee Benson, para elaborar la biografía de mi abuelo, Rafael Nieto. Miguel de la Madrid había encargado a una serie de escritores mexicanos la elaboración de biografías de próceres de la Revolución Mexicana entre los que figuraba mi abuelo. Yo habría preferido mil veces hacerme cargo de la de Ricardo Flores Magón, cuya trayectoria había estudiado a fondo y me era mucho más afín, pero Fernando Zertuche obtuvo ese privilegio.

¿Cómo es enfrentarse a la republicación y relectura de Minotauromaquia?

Extrañísimo. Habiendo desalojado del todo cualquier sentimiento amoroso de antaño, me alarma y sorprende la capacidad femenina de quemarse en su propia hoguera. De ser su propia inquisidora. [La Juana de Arco en la hoguera, de Claudel, no fue escuela menor.]

¿Qué significa para ti volver a ese duelo?

Ese duelo quedó muy atrás.  

Hoy la sorpresa es la empatía del grupo Vindictas, el descubrimiento mayúsculo de que me sea devuelto en esta reedición tan cuidada a propuesta de jóvenes mujeres, espléndidas mujeres escritoras, cada una por derecho propio: Socorro Venegas, Ave Barrera y Claudina Domingo que escribió un prólogo de compenetración sobrecogedora. Mujeres que hoy por hoy tienen voces en lo personal y en lo público, en el ámbito universitario y donde quieran. Y que haya mercado para la literatura femenina.

—Fuera del cuestionario, quisiera decir que, tras casi 25 años de ausencia, tengo apenas un año escaso de haber regresado a México con un luto mayúsculo en el corazón, este fenómeno de bienvenida humana y femenina y editorial, ha sido un regalo, como de un más allá que está aquí.—

En su republicación el libro charla de cara con el #MeTooEscritoresMexicanos ¿te pensaste feminista en ese entonces? ¿Te piensas como feminista ahora?

No merezco pensarme como feminista porque es una bandera que se enarbola con la debida percepción y activa presencia sociales. Y yo he sido alarmantemente solitaria, en parte porque no he vivido en mi país. Pero qué duda cabe que a estas alturas de la historia mi solidaridad está con las mujeres, empezando por la portentosa mujer que es mi hija, guerrera arborista a pleno sol; y mis dos nietas, asimismo guerreras en sus profesiones.

¿Qué lectura crees que encuentren en tu novela esta generación que justo corresponde con la de las escritoras cuyo texto abre cada una de las cinco obras publicadas?

No tengo ni idea, ni en lo que a mí respecta ni a las otras cinco obras publicadas. Yo debiera ser la primera en leerlas porque, salvo cierta obra de Marcela del Río, cuyo teatro y poesía conozco y admiro, las demás apenas si me son conocidas de nombre.

¿Qué dice para ti de nuestra sociedad el que el entorno que te sacudió por lo escrito no haya cambiado mucho casi medio siglo después, que las luchas sean muy parecidas?

Yo creo que a medio siglo el entorno sí ha cambiado radicalmente. Tal vez ustedes no lo perciban, pero su solo ejercicio profesional, tanto en puestos ejecutivos en la UNAM, como de escritoras por derecho propio, es un indicador admirable. Y bueno, las marcha del domingo pasado [8 de marzo], no sólo en la Ciudad de México, sino en muchas capitales de provincia, son un signo innegable de que no sólo son voces, sino voces que se escuchan, que señalan, que exigen, que están en los medios con un discurso muy claro sobre los derechos de su identidad. Y que los están imponiendo.  

Cuando relees Minotauromaquia, ¿qué piensas de ti como escritora?

Que hubo una vez una buena pluma que se paralizó. Y que a estas alturas estoy condenada al monólogo.

¿Qué autora propondrías para ser rescatada?

Rescatada para el gran público, desde luego a Martha Robles. Teniendo en cuenta la vastedad y profundidad de su obra, son escasos los títulos que se conocen. Siento que intimida un tanto su cultura, no sólo superior, sino ejercida en un abanico, más que de ficción y/o de experiencia personal, de ensayo sociológico, histórico, filosófico. Que a todos nos atañe y a todos nos enriquece. Una selección de ensayos suyos publicados en su blog sería espléndido.

Imagen: DGPyFE/UNAM