José Carlos Ruiz, una vida… muchas vidas

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El actor mexicano desgrana sesenta años en el cine; su trayectoria fue reconocida en la edición 33 del FICG con el Mayahuel de Plata

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Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- En la sala 2 del Conjunto de Artes Escénicas fue presentado el libro Yo no fui a la escuela, fui al cine, donde el investigador Eduardo de la Vega Alfaro revisa el trabajo del actor José Carlos Ruiz, premio Mayahuel de Plata en el 33 FICG, por su trayectoria.

¿Cómo llegó el cine a tu vida?

Desde muy chamaco fui muy aficionado al cine. Me quedé huérfano desde muy chamaco y  mi lugar favorito para no sucumbir y dolerme de la situación, sin pensarlo, porque era un niño, era estar en el cine. Encontraba placidez, amistad, alegría, canciones, en fin. Se me olvidaba  la vida y lo demás no me importaba.

Antes del cine ya contaba con una trayectoria importante en el teatro, ¿cómo nació su gusto por la actuación?

Soy egresado de Bellas Artes,  alumno de Seki Sano, Salvador Novo, André Moreau, Fernando Wagner, grandes, enormes, maestros, he hecho en teatro unas 60 obras, fortuna de hacer temprano en Bellas Artes. Hacer cosas como Eurípides, Sófocles, Aristófanes, Shakespeare, Chéjov… Después me arrimé a lo que ha sido mi casa durante 50 años, Televisa, Televicentro en aquél entonces.

Su interpretación de Benito Juárez fue un gozne en su carrera, ¿cómo pasó del teatro y la televisión al cine?

Estaba en el teatro haciendo una obra entonces me hablaron para hacer Viento Negro, y no me dejaba el maestro Ignacio Retes que me fuera. Y le dije: maestro, por favor, el cine, déjeme ir, se lo ruego, por favor, por lo que más quiera… Y me dio permiso, pusieron un suplente y me fui al desierto Altar de Sonora a hacer Viento Negro con Servando González de director, Alex Philips, padre en la fotografía. Y actores, habíamos varios debuts ahí: Enrique Lizalde, Enrique Aguilar, Marianela Peña que hacía a “La venada”, y yo. Y David Reynoso recibía la primera gran oportunidad estelar en el cine. Ese papel había estado pensado para Marlon Brando, después para Anthony Quinn pero declinaron la oferta y le quedó a David, venturosamente lo hizo muy bien. Fue su papel de lanzamiento también, porque antes no había hecho nada importante. Y entonces viene la aventura de estar en Viento negro, descubro el cine por primera vez en mi vida, vivo, de carne y hueso, y sucumbo. ¡Me vuelvo loco! Y digo: ¿Qué es esto? ¿Yo qué hago aquí? Estaba muy emocionado viendo a actores que solamente había visto en pantalla: Jorge Martínez, José Elías Moreno, Rodolfo Landa. Fue toda una aventura estar en esa película, era mi primera oportunidad, no era un papel muy importante, pero yo lo disfruté enormemente.

En ese momento, después de haber sido un niño asiduo al cine de toda la vida, descubrí el cine en carne y hueso, en primera persona, por primera vez en mi vida y entendí, comprendí, visualicé que era lo que yo quería hacer en la vida: actor de cine. Me encanta el cine. Ejerce en mí una emoción interior muy rara, muy hermosa. Tengo más de cien películas, que se han ido como un sueño. Que han estado llenas de  premios, de Arieles, de Diosas de Plata y ahora en el momento el Mayahuel del Festival de Guadalajara.

“El carajo” es tal vez uno de sus personajes destacados de su filmografía, junto a Juárez y otros más, pero, personalmente disfruto mucho un personaje del que se habla poco, el suicida que interpreta con Dino García en el bello corto de Daniel Gruener, De jazmín en Flor (1996).

Es un personaje límite, están a punto de matarse, finalmente lo logran él y el otro intruso que llega al edificio, otro suicida. Aunque hay un momento muy hermoso en la historia, porque esta soledad, este desencuentro con la vida, lo une un poco, como el padre que encuentra al hijo y el hijo que encuentra al padre. Uno piensa como espectador que, por un momento, se salvaron. Ya la hicieron. Encontraron su otra parte. ¡Y, mangos! Terminan muriendo.

Y de ahí pienso en Almacenados. ¿Qué significó el personaje de “Lino” para usted?

¡Híjole! Es una pregunta muy canija porque he trabajo con enormes directores, Felipe Cazals, Fons, Araiza, Larriba, Sam Peckinpah… Y de pronto me topo con un joven que me invita a participar en una comedia, yo nunca he hecho comedia porque siempre han visto que tengo cara de tal por cual, no de comedia. Y de pronto me pone enfrente a Pedro Weber “Chatanuga”, a Eduardo Manzano, el “Polivoz”,  a Luis Bayardo y yo. Los veo -y sin ningún detrimento de mis compañeros actores, pero ellos manejan una cuerda muy distinta, el sketch, el albur– y me dije: ¿Qué hago aquí? Leí el guión y todavía me sentía fuera de lugar. Pero el malvado de Jack Zagha Kababie, que es muy inteligente, ese director en cuanto le suelten el mecate va a hacer cosas maravillosas; nos empezó a cohesionar, a provocarnos dentro de las diferentes personalidades de cada uno: el hipocondríaco, el tristón, el enojón y el borrachín, empieza a haber una cohesión de personajes tan dispares que lo hacen verdaderamente gozoso. Esto demuestra la gran inteligencia de Zagha, cohesionar a cuatro diferentes tipos de actores para una sola unidad de rodaje.

Y luego en Almacenados me ocurre una cosa, yo estuve a punto de declinar la oferta, yo no encontraba el personaje, me sentía en una aridez incomprensible. No había más que ese almacén vacío, sin una luz hermosa, sin bailes, vestuarios, músicas, encantos, sin textos alegres, nada. Todo era ese tono gris, apagado, sordo, de espera, de qué hago aquí, a dónde voy, quién soy… y no encontraba yo la tonalidad de “Lino”. Platicamos mucho y un día empezamos a filmar y yo veía que Jack no estaba conforme con lo que estaba haciendo. Y yo mismo no me sentía conforme, me sentía fuera de lugar, muy mal. Y le dije: – Sabes Jack, búscate a otro actor, éste no sirve, déjame ir. – ¡No, estás loco! ¡Vamos a platicar! – Ya platicamos mucho Jack, no sé qué quieres o yo no entiendo cómo interpretar lo que quieres ¿qué hago? ¿Cómo le hago?… Y platicamos, y platicamos; y filmamos y filmamos. Yo me sentía muy mal en ese lugar sórdido, feo, anímicamente, pero era por el personaje que no lo encontraba. Y me sentía tan mal que lo único que quería era huir de ahí. Y una tarde, filmando, me dice: – José Carlos… ¡Corte! Ven… Vete aquí, ve… ése es Lino. ¡Ahí lo tienes!… Escuché la tonalidad, vi el escueto movimiento del personaje y de pronto se me hizo la luz, lo entendí y de ahí pa’l real, hallamos al personaje, y esta película me da mi sexto Ariel, me presionó, me desnudó, me cuatrapeó las velocidades pero al final nos salimos con la nuestra, gracias a Jack, por su paciencia, su inteligencia, su terquedad. Y quedó una película padre. Me gusta mucho. Esos son algunos momentos en mi carrera en el cine.

¿Cómo recibe el Mayahuel de Plata que le entrega el FICG por su trayectoria?

Ha sido para mí, verdaderamente apoteósico, me he sentido como flotando, muy emocionado también porque pienso que los 60 años que han pasado en la actuación están dando frutos, han sido importantes, valen la pena.

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