Arancha Peláez: el son jarocho y la vida de las mujeres en el estado de Veracruz

Una joven de 26 años, heredera de una rica tradición musical del son jarocho que ella fusiona con otros elementos rítmicos y sonoros como parte de la voz propia

Huemanzin Rodríguez / Ciudad de México

Arancha Peláez es una joven de 26 años, heredera de una rica tradición musical del son jarocho que ella fusiona con otros elementos rítmicos y sonoros, como parte de la voz propia, más allá de su desarrollo como versadora e intérprete en la tradición del sotavento. Ella, quien ha formado parte de agrupaciones tradicionales como La Calandria y Leoneras y vozarronas, ahora ha echado a andar un proyecto musical donde cada tema es una carta que busca el diálogo con la memoria de su abuelo, el reconocido Guillermo Cházaro Lagos (1919-2010). Debido a que desde hace un año por la pandemia los músicos no han tenido conciertos, ella ha creado la campaña Kickstarter, para que el público a través de donativos, financie el resto de su álbum y participe en la creación de un centro cultural en Tlacotalpan.

«Yo crecí viendo versar a mi mamá y a mi abuelo Guillermo Cházaro Lagos. Y viendo a mi papá hacer dirección de arte y escenografía en teatro y cine. Así que sin darme cuenta busqué el escenario. Desde pequeña empecé en la música. A los cinco años estuve en mi primer taller de son jarocho, a los ocho entré a la escuela de música para tocar violín, después seguí con la viola. A la par, seguí con el son jarocho tocando la leona y la jarana, y por supuesto, con el verso, que es mi primera influencia. En ese sentido, con mi proyecto musical de cartas, estoy logrando unir todo lo que forma parte de mí.»

Cuando hablamos de versadores en el sotavento, hablamos de familias, casi de dinastías. Lo mismo pasa si nos vamos a Río Verde en San Luis Potosí, o en la misma Huasteca del lado de Xichú, en Guanajuato. Sin embargo, la décima, cuya tradición nos viene de España en tiempos coloniales, al paso de los siglos se ha convertido en una forma de expresión casi representativa de América. Así que, más allá de tu tradición familiar, ¿cómo te explicas tu forma de versar?

La décima Espinela es ya casi un género aparte. Dentro del verso hay muchas formas poéticas heredadas del Siglo de Oro, pero también ahora la décima tiene su propia vida, su propio camino. Hay festivales de decimistas, y esta estrofa se ha colado en muchos géneros musicales de América Latina, por supuesto en la tradición jarocha y en otras tradiciones mexicanas. Mi abuelo estuvo muy presente en este ámbito, lo que le permitió conocer otras tradiciones de Islas Canarias, de Venezuela, de Colombia; no sólo de habla hispana, porque se hace décima en portugués en Brasil, y en euskera, en el País Vasco. ¡Es impresionante! Si escarbas un poco vamos a encontrar muchas tradiciones que tienen un enorme parentesco entre sí.

Dicen muchos que la décima llegó primero a Cuba, otros que a México. Y esa polémica nunca se va a terminar. Lo que puedo asegurarte es que el son jarocho ha arropado con mucho cariño a la décima, no sólo la Espinela, en otras variantes ha formado parte de nuestra cultura y se fue rescatando poco a poco. En los años 80 mi abuelo, junto con Constantino Blanco Ruiz “Tío Costilla” (fallecido en 1996), Rodrigo Gutiérrez Castellanos “Tío Roguca” (fallecido en 2010) y otros versadores de la cuenca del Papaloapan, fueron parte importante para darle vida nueva a esta forma poética. Afortunadamente yo, nacida en los noventa, pude experimentar ese resurgimiento. Y sí, me siento afortunada de esta tradición porque pude “mamarla” desde muy pequeña, forma parte de mi imaginario. Y no sólo la décima, el octosílabo en sus distintas representaciones me resuena. Incluso cuando alguien habla en prosa, puedo escuchar si hace un octosílabo. Esto ya forma parte de mi lenguaje, de mi vida y lo disfruto mucho, por eso he escogido esta forma de comunicarme con mi presente y con mi pasado.

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A partir de esta herencia y los universos personales, ¿cómo articulaste tu propia voz musical?

Las músicas ternarias son totalmente equivalentes a las métricas del octasílabo. Me encanta hacer música de distintos géneros, me encanta aprender de otras personas y eso no dejará de suceder. Dentro del soundtrack de mi infancia y mi adolescencia, las músicas ternarias han sido muy importantes tanto como el octasílabo. Entonces poder unir esto, a partir de mis raíces hasta el rap —que es muy riesgoso para mí, es un atrevimiento porque el rap también forma parte de una cultura de resistencia en el Hip Hop—, sin querer caer en una situación de apropiación cultural, trato con mucho respeto poder reinterpretar y tomar un poquito de otras culturas y mezclarlas con la mía. Soy afortunada de tener gente cercana con los mismos intereses que yo y que tiene mucha experiencia como Helio Martín del Campo (integrante del grupo de fusión de son Sonex y actual productor musical de lo que estoy trabajando). Me siento con la libertad de explorar, de reinventar, de hacer todas las locuras que se me ocurren ahora.

¿Cómo llegaste a versar en octasílabos en compás ternario? Es como hacer quebrados.

El compás de los más famosos en el son jarocho y en otras músicas mexicas es el 6/8. Si divido los tiempos que estoy reproduciendo en tres, no importa si son 3/4 o 6/8 o si lo divido en nueve. Va más allá de las acentuaciones, porque éstas pueden variar en los distintos compases. Son matemáticas, como dices. En el sentido de tu pregunta, ha sido interesante poder darme cuenta, que por ejemplo el rap —que es un género lírico que se reproduce en músicas binarias—, puede combinar en las músicas ternarias. Hay gente que lo ha hecho antes.

Cuando asistimos a los encuentros de versadores, vemos que no importan de donde provengan, ya sea el País Vasco o Puerto Rico, son culturas en resistencia. Hay algo en el versar que va de la mano con enfrentar, aquí lo escuchamos en el Papaloapan, como en Río Verde o Xichú. El versar cuenta y tiene una opinión. Y a veces, hasta hace justicia en la mofa. No es nada fácil ¿Cómo asumes tus versos?

Es muy interesante que menciones el caso de Puerto Rico, hace unos años tuve oportunidad de ir a un encuentro de versadores en Puerto Rico que organiza la Asociación Decimanía, que está conformada por grandes músicos y trovadores, como les dicen allá a los improvisadores. Hay chicas que están haciendo cosas muy interesantes. Esta asociación está dirigida por Roberto Silva y Omar Santiago, que son dos grandes versadores que he podido ver aquí en México. Y en el discurso social que ellos tienen, mantienen firme su postura política frente a los que ha sido su historia con Estados Unidos y la situación de los últimos años al respecto. Y como tú dices, no es cualquier cosa. Una cosa es versar como hablar y otra tener algo que decir y expresarlo bien. Para mí, tener ese ejemplo y el de otros versadores como Guillermo Velázquez de Los Leones de la Sierra de Xichú, es muy importante. Fui a Xichú y vi en vivo a los Leones. También fui a Rio Verde, como músico acompañante, a un festival de versadoras. Yo toco la leona y a veces estoy del lado de los músicos y en otras del lado del verso y, a veces, en ambos lados. En Río Verde fui a un festival de versadoras, con chicas que venían de Chile, de Venezuela, de un montón de lugares con una propuesta en donde no nada más se le versa a las flores, al aire o la Tierra —que es bellísimo—; también se está diciendo cómo viven las mujeres en cada uno de estos países. Sí, a América Latina la une el verso y su necesidad de decir las cosas que estamos viviendo. Me identifico totalmente.

El material que estoy trabajando ahora va en ese sentido. Lo que he trabajado desde hace diez años siempre ha sido con contenido social, siempre he estado preocupada por decir lo que vivo como mujer joven en Veracruz y me interesa seguir diciéndolo de esa manera.

Has mencionado a la leona, la jarana, el violín y la viola. Sin contar la base rítmica y lo electrónico que va de la mano con el desarrollo del Hip-Hop. ¿Cómo diseñas tus instrumentaciones?

Me encanta combinar sonidos naturales y acústicos con sonidos artificiales, electrónicos. Creo que se pueden llevar muy bien, pero hay que saber atreverse a hacerlo, no cualquiera se siente con la libertad de, por ejemplo, samplear con un beat a un bajo o un tololoche. Es como un juego, si aprendiste a jugar con los sonidos desde niña, afortunadamente ése fue mi caso, donde a la mano pude tener instrumentos de distintas regiones o lugares y poder hacer de ellos personajes en el diseño sonoro de una obra de teatro, como cuando trabajé con mi madre y otras personas. Ahora me siento con la libertad de jugar y de no preocuparme. He tratado de mantener ese juego, donde experimento en emociones cuando estoy sola con mis máquinas y mis instrumentos, y luego llevarlo a una formalidad del sonido en el estudio de grabación. Porque el resultado es una responsabilidad y te compromete de una forma.

Siempre he pensado que México es un país mayoritariamente conservador en todos sus ámbitos. En el campo de la música que es nuestro tema, ha habido un purismo que, en otros países de América Latina ha sido superado hace décadas. ¿Ha habido una reacción de tu entorno tradicional frente tu fusión?

A eso me refiero con que el resultado te compromete, sobre todo cuando perteneces a una tradición musical. A algunas personas la mezcla les causa ruido. ¡Pero a mí me encanta! Porque creo que las músicas que provienen del sincretismo no pueden más que mezclarse. Es importante hacerlo con respeto y divirtiéndose, la música tiene que ver con expresarse y con el alma y tiene que ser disfrutada tanto por quien la hace y como quien la escucha.

La apertura de los mercados en América Latina a finales de los años ochenta, tuvo un impacto que poco a poco cambió la idea de culturas regionales. En Veracruz, en esa década, era fácil encontrar en las calles a un versador ofreciendo sus improvisaciones a cambio de una moneda. Gente con su jarana y su ropa de manta tocando en la calle. Con el libre mercado la frontera norte atrajo a la gente joven y de pronto, en Veracruz, de la garnacha se pasó a los tacos, del botín a la bota con piel de víbora, de la manta a los jeans, de las camionetas a las trocas, del café y los cítricos al narcotráfico, del bosque tropical a los pastizales de ganado, del Son a la música norteña. Es bien sabido que el son jarocho estuvo a punto de desaparecer y en los noventa se rescató en ciudades como Xalapa, la Ciudad de México o en Tijuana —con los migrantes que se quedaron atorados ahí—, así como aquellas familias que resistieron en las costas del Golfo. Ya en este siglo, el estado ha tenido que recuperarse dolorosamente de la violencia del crimen organizado solapado, al menos, por los gobernadores de los últimos treinta años. Tú te incorporas a una traición que estaba viviendo todo esto. Más allá de la familia, ¿qué te permite seguir adelante?

Son muchas cosas, creo que me ha ayudado acercarme a mis referentes más inmediatos como Helio Martín del Campo. Él me ha compartido sus experiencias. También trabajar con mujeres del son jarocho, que han tenido otras experiencias. Varias de ellas me han dicho: “tratamos de dejarles el camino un poco más barridito”. Yo sí siento una responsabilidad. Como leonera sé que es un instrumento que antes no lo tocaban las mujeres. Eso ya implica resistencia. En general, a mi generación se le suele olvidar todo lo que se ha trabajado en círculos sociales de protesta y resistencia, para poder decir por medio del arte, lo que pensamos y hacemos ahora. También debemos de ser muy honestos y ver que nuestra realidad, no es la mejor. Soy hija de unos padres que escuchaban la trova latinoamericana, desde Víctor Jara, Violeta Parra o Mercedes Sosa. Formo parte de eso porque lo escuché desde muy pequeña y me hubiera gustado mucho vivirlo. Y soy nieta de la generación de mi abuelo que le tocó vivir otro tipo de resistencias. Mi abuelo, Guillermo Cházaro Lagos, nació en Corral Nuevo, luego se mudó a Tlacotalpan. Ya joven se fue a vivir a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, antes de ser poeta/decimista, mi abuelo fue rebelde. Formaba parte de los círculos que hacían revistas de protesta. Le costó trabajo salir de la escuela. Su tesis habla del zapatismo y su efecto en el sur de Veracruz.

Entre lo que mencionaste, hay algo que tiene que ver con la forma en que entendemos a la tierra y cómo eso se refleja en el deterioro de México. No deja de haber gente y propuestas para recuperar esa vieja idea de tierra y de trabajarla en conjunto de una forma más amable. Mi abuelo no sólo es ejemplo para mí como versador. Cuando mi abuelo hereda de una familia, hectáreas en Corral Nuevo, él se puso a pensar si sus hijos iban a trabajarlas y después de eso tomó la decisión de dársela a quienes siempre habían trabajado esas tierras. Venir de alguien que tomó una decisión de ese tamaño, implica mucha responsabilidad social. A través de la música y el verso quiero hablar desde lo más íntimo. Quiero mostrar que hay gente de mi edad que quiere saber qué fue lo que ocurrió con el pasado y qué es lo que podemos hacer para incidir en nuestro presente y el futuro. Hoy la gente cree que con un like apoya una causa.

En este mundo de followers y likes, yo me pierdo un poco, porque prefiero la acción, ver a la gente trabajando. El mundo virtual nos abraza en estos tiempos y nos permite comunicarnos y expresarnos, los tres sencillos que he lanzado, han sido en plataformas digitales porque llevo un año sin pisar un escenario. ¡Es algo inaudito para un músico! Muchos colegas que conozco han caído en depresión porque vivimos de eso y para eso.

Por eso no estoy de acuerdo con los likes, eso no equivale a un apoyo real. La forma de ver la vida ha cambiado, quisiera pensar que hay esperanza en pequeños grupos interesados en ver la vida de otras formas, no como la venden los medios de comunicación o las redes sociales, más cercanas a una egoteca. Es bello apreciar lo que vive la gente, pero ¿qué sucede en la vida real? A mí me interesa volver a la vida de campo, subir a la lancha en el río. La música y el arte son parte de la vida real. A veces siento una nostalgia de un tiempo que no viví.

Te escucho y recuerdo la forma en que incluso se ha querido hacer del Son un burdo espectáculo. A veces con “buenas intenciones”, para llevarlo alrededor del mundo con una estética tipo Broadway. Y en otras, vulgarizando la tradición con un falso e impuesto festival justo en el Día de la Candelaria en 2007, con la presencia del innombrable gobernador. Tlacotalpan lleno de carpas, botargas, escenarios y patrocinadores, mientras los soneros tradicionales expatriados de las plazas públicas, tocaban lejos de eso.

Mi perseverancia viene de esa realidad. Ser artista independiente viene de la resiliencia. Ser artista, es difícil, independiente, aún más, y siendo mujer en Veracruz es peor. El son jarocho no sólo tiene un amplio valor musical poco notado por la gente. Bien recuerdas algunos de los procesos de caricaturización del son. Se han aprovechado de él con la folclorización y el estereotipo en diversas formas y momentos. Casi siempre ha sido el gobierno responsable de eso. Se han aprovechado de la música y de los músicos. Si tú ves cómo viven las familias portadoras de la tradición, es desde hace mucho en condiciones lamentables. Varios versadores han muerto ya, nos quedan pocas personas con vida. Se tiene que decir que no han tenido una seguridad social. Cuando se acuerdan de los músicos y versadores, les dan medallas; así como hoy no podemos vivir de likes, la tradición tampoco vive de medallas. Por eso digo que el son jarocho nació como un acto de resistencia.

Al tiempo que esto ha pasado, también han ocurrido otras cosas importantes. Antes era difícil ver a mujeres versadoras, sí existían, pero casi no las veías. En los últimos veinte años eso ha cambiado. Están agrupaciones tan importantes como Caña dulce, caña brava, o proyectos como los de Ana Zarina Palafox, Rubí Oseguera o Lucero Farías, por nombrar ahora parte de lo que recuerdo. Las mujeres en el son jarocho se han hecho visibles justo en los peores momentos de violencia, rapto, secuestro y desaparición. El estado de Veracruz recientemente ha vivido años de terror en donde una mujer no podía estar en la calle desde el atardecer sin poner en riesgo su integridad. Ya hablaste de la herencia, de la música, pero la realidad de las mujeres de tu entorno, más allá del son, ¿cómo ha impactado en ti?

Como mujer, en ciudades como Xalapa se puede visibilizar un poco más esa violencia que vivimos. Es lamentable. Yo he perdido a gente querida y he estado en situaciones que jamás me hubiera imaginado. Es triste decir que yo, por fortuna, estoy viva, porque eso significa que muchas otras mujeres no lo están. Estar viva no debería ser ni un lujo ni un privilegio. Por eso verso. Cuando a veces la gente no entiende, específicamente aquí en el estado de Veracruz, el feminismo o las protestas contra la violencia que vivimos, a mí me da tristeza y a veces risa. Porque vives una realidad en donde poco a poco desaparecen mujeres cada vez más cerca de ti y ni con eso queda clara ante ciertas personas, la situación que vivimos las mujeres. El disco que armo a través de cada sencillo que produzco, es un compromiso conmigo, como mujer, con las mujeres que quiero y que no conozco, con las mujeres que no pude conocer, y con las mujeres que están tocando son jarocho. Mencionas a Ana Zarina Palafox, están también Silvia Santos, Laura Rebolloso, Adriana Cao de la agrupación Caña dulce, caña brava; Wendy Cao, Rubí Oseguera, Raquel Palacios Vega, y muchas más. Son más de las que estoy diciendo, a todas las recuerdo y les agradezco el camino andado. Pero, aunque ya hay muchas, somos un porcentaje mínimo de lo que se hace. Se ha avanzado mucho, hay muchos compañeros en el son jarocho más conscientes e interesados. Yo hablo de lo que vivo, pero esta situación seguramente se repite en otros ámbitos más allá de lo artístico. Lo que sucede en el micro universo del son jarocho son procesos, se está avanzando, pero hace falta más. Yo trato de ir de lo individual a lo colectivo y de volver de lo colectivo a lo individual. Y reconozco mis privilegios, porque puedo estar segura en un espacio; muchas mujeres en la pandemia viven en sus casas y no son espacios seguros. Se ha dicho ya, pero se nos olvida y hay gente que no quiere oír más, pero esa es una realidad que no ha cambiado.

Tu proyecto actual lo titulas Cartas, es un diálogo con la memoria de tu abuelo. ¿De qué hablas con él?

Cuando hablo con mi abuelo en estas cartas, no es solamente para decirle que lo amo. Tengo diálogos en verso de confrontación, de cuestionamiento, es un poco decirle: “Esto me tocó vivir a mí, tú ya no estabas, pero esto es lo que me tocó vivir”.

En una de las cartas digo: “Cuando ya se hizo noche, me invadió una nostalgia de tiempos que no vivieron ni mi cuerpo ni mi alma.” A veces me siento como una viejita que vive en el cuerpo de una joven porque me gustaría volver a algo más auténtico y genuino. Quisiera que se apreciara la tierra y la Historia, y se apreciara a la vida desde otras perspectivas. La carta 4 del disco, habla del narcotráfico en Veracruz. La carta 8 habla sobre las mujeres en mi país, las mujeres en mi vida y de mí como mujer.

Hasta el momento tienes tres sencillos: «Carta 1: La Leyenda del Rey Sol«, «Carta 2: María Mulata Azabache» y «Carta 3: Las Voces del Monte«; para completar tu disco tienes una campaña en la plataforma Kickstarter, titulada: Diez cartas a mi abuelo: álbum debut & casa-centro cultural. ¿Cómo va la campaña?

En marzo, antes de la cuarentena, lancé el primer sencillo. En julio lancé el segundo sencillo. En noviembre lancé el tercer sencillo. Por supuesto, me quedé sin dinero, porque no he pisado un escenario. También soy educadora musical, doy clases de son jarocho y digamos que por ahí es donde he estado estable; además, tengo el apoyo de mis padres. Pero producir un álbum como artista independiente es súper costoso, más de lo que la gente puede creer. Los primeros dos sencillos los produjo Jerónimo González, también de Sonex; con la Carta tres, producida por Helio Martín del Campo, buscamos entregar un producto de muy buena calidad, pensado como un todo audiovisual, lo que implica procesos más lentos y costosos. Lo que queremos es que el resultado valga la pena.

Estamos pidiendo el apoyo de la gente, y digo estamos porque es un equipo pequeño, a final de cuentas no soy sólo yo. Está también la producción audiovisual, una pequeña productora de dos jóvenes, un chico y dos chicas con mucho talento que se llaman Muveo Lab, de aquí, Xalapa, quienes han documentado todo mi proceso creativo. Por otro lado, está el estudio Cuatro Ojos, haciendo el arte-objeto junto con Tuxamee, que es un chico de Guanajuato haciendo foto-ilustración muy interesante, reinterpretando e investigando la cultura mexicana para representarla estéticamente. A mí me interesa trabajar con gente así, con gente que quiera hacer las cosas a fondo, con calidad y con consciencia.

A la par, yo quise aprovechar la oportunidad de llegar a más gente y poder restaurar la casa de mis abuelos, que implica mucho trabajo. Es una casa con más de 150 años de antigüedad, de arquitectura vernácula, como las casas de Tlacotalpan; que sabemos es Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero es un patrimonio un poco abandonado, y que ahora la gente de ahí no tuvo su entrada económica del año, que es el Día de la Candelaria, necesita ayuda. Yo fui el 30 y 31 de enero y estaba vacío, sólo estaban los militares acordonando la zona para que no se hicieran reuniones. Ahí extrañan sus fiestas.

Me encantaría que la casa de mis abuelos pudiera ser un centro cultural. Si aportan al Kickstarter, será para dos causas en el mismo momento en que pongan 100 o 200 pesos, que apoyan mucho más que un like. Pueden entrar a la página electrónica y ver y escuchar lo que estamos haciendo, si les gustan estas tres cartas que llevamos, les invito que cooperen y formen parte de esta iniciativa. Cuando vean el disco terminado, sientan que pusieron para que esto se hiciera realidad. Y cuando vean un centro cultural en medio de Tlacotalpan, también les de gusto y puedan decir, puse poquito, pero lo hice para un espacio que aportara algo al tejido social, a un pueblo que necesita no sólo de su propia cultura, también de otras expresiones. De repente en México pasa que se centraliza mucho el arte y la cultura. Todos los lugares son dignos de recibir expresiones del más alto nivel.

En Tlacotalpan está el Teatro Nezahualcóyotl, que es muy bello —y también necesita mantenimiento—, sin embargo, se requiere de diferentes espacios para que la oferta sea más amplia. Está también el espacio cultural Luz de noche, que está en contra esquina de la casa de mis abuelos; de unos queridos amigos Mario e Ivonne, quienes apoyan para que se haga este centro cultural que propongo. No es un capricho, realmente es necesario que los niños tengan este tipo de espacios, porque Tlacotalpan es un lugar de niños y gente mayor, porque la gente joven se ha ido a buscar otras cosas. Está bien, yo soy una persona viajera de una familia nómada, está bien conocer el mundo y la vida, pero es necesario que en lugares donde se ha maltratado tanto a sus pobladores por la pobreza y la violencia, haya algo de esperanza. Que puedas volver a tu lugar de origen y encontrar un teatro, talleres artísticos, centros culturales, algo más que son jarocho.

La gente está con ganas de conocer otras cosas. Ojalá que cuando podamos volver a vernos después de esta pandemia, disfrutemos de los conciertos, llenemos los teatros, para disfrutar del arte más allá de plataformas como Zoom, y que este Centro Cultural en la casa que fue de mis abuelos exista. Solo será gracias a la gente que sienta empatía por este sueño, porque no hay de otra, esta es una iniciativa independiente que invita a las personas formar parte.

Imagen de portada Arancha Peláez Cházaro, captura de video promocional.