Claudio López Lamadrid. Ese editor

En el ensayo Una vocación de editor, publicado por el sello Gris Tormenta, Ignacio Echevarría construye un retrato personalísimo de López Lamadrid, de su amistad y, sobre todo, de los derroteros de la edición

Ana León / Ciudad de México

El 24 de septiembre de 2020 salió de imprenta un pequeño libro firmado por Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960), crítico literario y editor, bajo el sello de la editorial Gris Tormenta que lleva por nombre Una vocación de editor. Aquí, Echevarría elabora un retrato personalísimo y amistoso del editor Claudio López Lamadrid, español nacido en Barcelona en 1960 y que falleció el 11 de enero de 2019 a causa de un infarto cerebral. El libro se integra a la Colección Editor de este sello queretano que tiene por objetivo, como señala uno de sus editores, «mostrar ese largo e inesperado proceso que existe antes de que un libro sea abierto por un lector». Antes y después hay magia, si se me permite el romanticismo, pero esa magia está plagada de realidad. 

¿Por qué dedicar un ensayo a este hombre? ¿Cómo se inicia alguien en el oficio de la edición? Varios años antes de leer este ensayo, tuve un primer acercamiento a la labor de la edición a través de lo que cuenta Roberto Calasso en La marca del editor (Anagrama, 2014), legendario editor del sello Adelphi y uno de los últimos de esa estirpe que ha contribuido a formar nuestra sensibilidad y nuestra cultura, y que encarna aquello que Echevarría llama «la moderna figura del editor»; Calasso es dueño también de esa frase que reza que el editor escribe con los libros que publica. De ahí todo el romanticismo que mi conocimiento escaso podía generar en torno a ese oficio legendario de pocos y mucho más aún, de pocas.

El volumen que publica en este caso Gris Tormenta bajo la pluma de Echevarría justo mira a uno de esos editores que siguieron a la estirpe de Calasso —aunque este editor sigue en activo—, la otra generación que encaró con otra mirada los años ochenta, noventa y posteriores y que en esa mirada se conjugó no sólo esa visión literaria necesaria para modelar un catálogo, el instinto y la intuición cual sabueso, para ver lo que otros no ven, oler la valía de una obra, sino también una visión comercial de conglomerado editorial. He ahí la riqueza de lo escrito por Echevarría que supo discernir y fusionar la amistad y la labor del editor. 

A Echevarría y López Lamadrid los unió una entrañable amistad de años y es así como ambos, sin proponérselo ni desearlo o pensarlo siquiera, se iniciaron en el oficio de la edición en Tusquets Editores —formado en 1969 por Beatriz de Moura y cuya pareja, tío de López Lamadrid, Antonio López de la Madrid, estaba al frente. El primero estudió Filología y sus miras de futuro apuntaban a la academia; el segundo, pasó de la carrera de Farmacia a la de Derecho sin terminar ninguna, y a la de Filología, porque esta última le interesaba por algunas materias. Ambos se hicieron en la práctica y en la transición de los linotipos a los fotolitos y su posterior impresión en ófset. Ambos iniciaron su camino como «editores de mesa», como lo denomina Echevarría, al cuidado de los textos, de su pulido, de su optimización en muchos casos y de abrir aún más para el lector esa puerta de entrada a ellos con notas a pie de página, prólogos, índices y demás. Pero la vocación en ambos se bifurcó y la figura de López Lamadrid dejó la mesa para sí trabajar con el texto, pero también con los autores, adoptar la figura, también, de publisher. Aquí es justo donde el texto nos da lo mejor de sí, porque ambos, amigos y colegas, empiezan a dialogar desde el oficio y a través sólo de la pluma de Echevarría: un mismo oficio y dos puntos de vista diferentes, no por ello diametralmente opuestos.

La historia de esta postal del editor del siglo XXI inicia ahí, en esa amistad y en ese trabajo compartido. Y a este diseccionamiento hecho casi con bisturí que nos lleva también, porque no podría ser de otra forma, por la historia de grandes sellos españoles, su configuración y su desarrollo, se suma la mirada al mundo más personal de López Lamadrid en el prólogo de Emiliano Monge, que ataja rasgos particulares de la personalidad del editor y eso que él llama «las burbujas» de Claudio López Lamadrid. 

Este libro y esta colección es una invitación a seguir pensando los derroteros de la edición y los múltiples caminos que toma y construye un libro más allá de sus páginas.

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