“Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre” (fragmento)

Narrador imprescindible de las letras portuguesas, Gonçalo M. Tavares construye un relato donde, una vez más, se adentra en lo más profundo de las emociones humanas

Ciudad de México (N22/Redacción).- La traducción de Paula Abramo de este libro del angoleño Gonçalo M. Tavares, cuida el imaginario de su autor y su intrincada narrativa. Entender la visión y el tono de Tavares y trasladarlos del portugués al español, le valió a Abramo ser reconocida con el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelana 2019.

Editorial Almadía, sello bajo el cual se publica nos comparte el siguiente fragmento.

I. LA CARA

Imposible no fijarse en aquella cara. Esa cara redonda tan característica, ojos y mejillas enormes. Una discapacitada –¿o un discapacitado?, a Marius le costó trabajo distinguirlo–. A primera vista parecía una niña, sin duda –¿de cuántos años?, ¿quince, dieciséis?–, pero después, mirándolo/mirándola con más atención, se diría que era un muchacho. No. Una muchacha.

En las manos tenía una pequeña tarjeta. Marius dejó a un lado su prisa y se acercó a ella. La muchacha sonrió y le entregó la tarjeta. Estaba escrita a máquina.

BRINDAR SUS DATOS PERSONALES

1. Decir su nombre de pila.

2. Decir si es niño o niña.

3. Decir su nombre completo.

4. Decir los nombres de sus padres y hermanos.

5. Decir dónde vive.

6. Decir en qué escuela estudia.

7. Decir cuántos años tiene.

8. Decir cuándo es su cumpleaños.

9. Decir de qué color son sus ojos y su pelo.

Marius sonrió.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó.

–Hanna.

–¿Eres niño o niña?

–Niña. (Se le enredaba la lengua, pero Marius alcanzaba a comprender lo que decía.)

–¿Y tu nombre completo?

–No.

–¿No me lo quieres decir?

Ella no respondió.

Miró la tarjeta; se diría que pertenecía a un fichero, pero ninguna marca indicaba que estuviera arrancada –alguien se la había dado, o ella misma la había extraído cuidadosamente de un fichero–. Marius notó un detalle. En la parte superior de la tarjeta, con letra más pequeña, casi ilegible, estaba escrito: Educación para personas con discapacidad mental].

–¿Cómo se llaman tus padres y tus hermanos? –continuó Marius.

–No.

–¿Dónde vives?

–No. –¿En qué escuela estudias?

–No.

La niña no dejaba de sonreír. Sus noes eran simpáticos –como si fueran síes.

–¿Cuántos años tienes?

–Catorce.

–¿Cuándo es tu cumpleaños?

–12 de octubre.

Marius miró de nuevo la ficha.

BRINDAR SUS DATOS PERSONALES

1. Decir su nombre de pila.

2. Decir si es niño o niña.

3. Decir su nombre completo.

4. Decir los nombres de sus padres y hermanos.

5. Decir dónde vive.

6. Decir en qué escuela estudia.

7. Decir cuántos años tiene.

8. Decir cuándo es su cumpleaños.

9. Decir de qué color son sus ojos y su pelo.

Faltaba la pregunta nueve. Le parecía ridícula, pero se la preguntó:

–¿De qué color son tus ojos y tu pelo?

–Ojos: negros. Pelo: castaño.

Y sí, esos eran los colores. (Ella los había memorizado.)

Marius la miró y sonrió.

–Estoy buscando a mi padre –dijo después Hanna.

–¿A tu padre?

–Sí –repitió Hanna–, estoy buscando a mi padre.

II. LAS FICHAS

Hanna llevaba una pequeña caja. Marius le preguntó si podía abrirla. Hanna dijo que sí –se la entregó–. Marius abrió la caja. Eran fichas.

En la parte superior de todas ellas, la indicación, en letra minúscula: “EDUCACIÓN PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD MENTAL”.

–Es para mí. Me la dieron –dijo Hanna.

–¿Quién te la dio?

–Me la dieron –repitió Hanna.

Cada ficha tenía un tema y, después, un conjunto de pasos, actividades o preguntas. Marius pasó algunas fichas de “EXPLORAR OBJETOS” –en este campo, el ejercicio número tres se presentaba así: “DEJAR CAER Y VOLVER A TOMAR UN OBJETO”–; pasó muchas otras fichas, y entonces apareció en grandes letras la palabra HIGIENE, “6. Limpiarse la baba; 7. Lavarse las manos; 8. Lavarse la cara”; “Salud y seguridad”; “1. INDICAR QUÉ PARTE DEL CUERPO LE DUELE”. Marius pensó en lo difícil que sería esto, no sólo para un discapacitado mental, sino para todos los seres humanos, para todos los seres vivos –“indicar qué parte del cuerpo le duele”–. En ese momento, por ejemplo, había en él, en Marius, un dolor no físico, una incomodidad evidente; un dolor, pues, pero no localizable, no había anatomía para eso, y qué iba a saber él de esa localización efímera, oscilante, se diría, como un péndulo, un dolor que, en vez de fijarse en un punto del organismo, oscila, duda, va de un lado a otro, como si al abrir los brazos, al separarlos como en un ejercicio de gimnasia, Marius ensanchara el espacio en el que podía existir ese dolor y, de pronto, aquella imagen de un cuadro, sin duda, ¿de quién?, ¿del Bosco?, no lo recordaba bien, era la imagen de un demonio en cuclillas, defecando sobre las páginas de un libro, ¿de qué libro? Imposible saberlo; “2. IR AL BAÑO POR SU PROPIA INICIATIVA”, es una decisión tuya, sientes, avanzas con tus propios músculos; “3. ORINAR O DEFECAR ALGUNAS VECES EN LA BACINICA O EN EL SANITARIO, CUANDO LO PONGAN ALLÍ” –esas eran las fichas, cada una tenía un título–. Marius pronto se dio cuenta de que aquel curso, si así podía llamarse, estaba dividido en áreas: alimentación e higiene; movilidad; salud y seguridad; motricidad global y fina; lenguaje –alguien había abandonado a una niña discapacitada en aquella calle ajetreada de la ciudad, con una caja de fichas, decenas y decenas de fichas con pasos, ejercicios, objetivos–. Marius se sentía fascinado ante todo aquello, ante esa organización. En una de las fichas se leía: “Meta B: CAMINAR POR LA CALLE”, pues sí, allí estaba Hanna, sola, en la calle. El primer paso: “CAMINAR POR LA BANQUETA”. Otra de las metas era vestirse; y una palabra muy usada: colaborar. El primer paso de esta meta: “Colaborar cuando lo visten”; tercer paso: “METER los brazos en las mangas cuando lo visten; 10. ABROCHAR cierres, 11. Abrochar botones”.

–¿Sabes ponerte una bota? –preguntó Marius.

Hanna sonríe, sacudió la cabeza, negando.

Meta: coordinar movimientos finos

1. Tocar cascabeles, campanas.

2. Sacar objetos de una caja […]

4. Hojear libros

5. Hacer rayas con un lápiz.

Marius le preguntó:

–¿Sabes escribir tu nombre?

Hanna sacudió otra vez la cabeza:

–No –respondió.

El punto once –Marius ya lo creía– era difícil, pero pese a todo, “11. ABRIR PUERTAS CON MANIJAS QUE SE PRESIONAN HACIA ABAJO”, pese a todo, estas manijas eran mucho más fáciles que las que exigen una rotación de la muñeca y no un simple movimiento de la mano de arriba hacia abajo; pero aquí aparecían las dificultades crecientes, todo en su debido orden, bien organizado, el curso, como convenía; el paso “12. DESENROSCAR TAPAS DE FRASCOS”, era el siguiente nivel de dificultad.

Ya estaban ambos sentados en un café. Marius había pedido un agua y un pastel para ella.

–¿Qué quieres? –le había preguntado.

Ella no contestó.

No había podido dejarla en la calle: tenía que resolver rápido el problema, primero comer, después encargarse del asunto, buscar la institución de la que sin duda se había escapado, no sería difícil; quisiera saber más, pero ella apenas decía nada. Marius hojeaba las fichas del curso, ya había puesto la primera –“BRINDAR SUS DATOS PERSONALES”– en su sitio, sí, de ahí había salido. Más adelante estaba la meta: “Expresarse”. Los profesores de la niña con trisomía 21 querían que se expresara, pero allí estaba ella, callada frente a Marius.

Estos eran los pasos para llegar una conversación –querían que, al final, la niña conversara–, sí, muy bien, pero primero: “1. DAR GRITOS […] VOCALIZACIONES DIFERENCIADAS PARA INCOMODIDADES ESPECÍFICAS (DOLOR, HAMBRE, ETCÉTERA)”.

Qué aprendizaje tan útil, pensó Marius: “2. SONREÍR O VOCALIZAR COMO RESPUESTA A LA PRESENCIA DE UNA PERSONA O SITUACIÓN AGRADABLE”.

Grita si te duele, sonríe si te agrada; pero ella sonríe todo el tiempo, Hanna, qué simpática es; más adelante, casi al final del fichero, la meta: “Utilizar dinero en situaciones funcionales: 1. Reconocer las monedas y billetes como dinero”.

Marius se saca dos monedas del bolsillo, le pregunta:

–¿Sabes qué es esto?

Ella responde que no (y no deja de sonreír).

Marius le acerca las monedas.

–¿Quieres?

Ella responde que no, pero sin hablar, sacude la cabeza, no está asustada, simplemente no le interesan las monedas.

El paso número seis de otra meta era: “Reconocer signos que indiquen la posición correcta de los empaques” y, a continuación, el siete daba un salto extraño: “RECONOCER SIGNOS QUE INDIQUEN PELIGRO”, el último paso de una meta de aprendizaje; Marius la mira, sonríe; Hanna está lejos de llegar a eso, no sería capaz de percibir ningún peligro. Otra meta: “ORIENTARSE EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO”.

Marius sentía una curiosidad enorme, sentía que ese curso también era para él “Nombrar la posición relativa de los objetos (ADELANTE, ATRÁS, ARRIBA, ABAJO)”, y luego, en el siguiente paso (en este curso lo primero es la orientación en el espacio, saber dónde está uno; sólo después viene la orientación en el tiempo, pero podría ser al revés, pensó Marius), en el punto siete, había un objetivo que le pareció, no sabría explicar por qué, particularmente cruel: “IDENTIFICAR EL RELOJ COMO EL INSTRUMENTO QUE SIRVE PARA VER LA HORA”; en otra ficha, el primer paso de otra meta era: “Reconocer su nombre de pila por escrito”. Marius tomó un papel y escribió Hannah.

–¿Es así? –preguntó– ¿Hannah?

Ella no respondió.

Hanna, escribió después Marius.

–¿Es así, sin h?

Era evidente que no podía identificar las letras de su nombre o que, al menos, era incapaz de ver la diferencia entre las dos versiones.

Marius decidió que el nombre se quedaría sin la h. Ya había llegado el pastel, Hanna lo devoraba; le arrancaba bocados con los diez dedos partiendo del centro del pastel, empezaba por el centro, este adquiría una especie de caparazón, un esqueleto dulce pese a todo.

–Eso también se come –murmuró Marius, señalando el esqueleto que iba quedando, mientras revolvía sin cesar, con la otra mano, aquel archivo extraordinariamente bien organizado. “Meta: ADQUIRIR NOCIONES DE CANTIDAD”, leyó:

1. Distinguir uno de muchos.

2. Distinguir pocos de muchos.

(Primero se sintió tentado a reírse del preciosismo, pero sí, después se dio cuenta, le quedó claro, que era importante distinguir uno: una sola cosa de muchas, y también distinguir pocas cosas de muchas; el paso tres era más claro):

3. Distinguir uno de dos.

4. Contar mecánicamente.

Volvió a recordar el detalle de que primero había que comprender la cuestión del espacio, luego la del tiempo, y le vino a la mente que, cuando los trenes aparecieron por primera vez en Inglaterra, todo el país ajustó sus relojes a la hora de las estaciones, era importante para el comercio; de alguna manera, los transportes, lo que nos hace ir de un lado a otro, eso sí había determinado la imposición de un tiempo común; los horarios, mi querida Hanna.

1. SEÑALAR LAS PRINCIPALES PARTES DEL CUERPO CUANDO ALGUIEN LAS NOMBRE.

Después era importante, también, “Conocer el medio físico y social más cercano”, y uno de los pasos de esta meta era “Identificar a los animales domésticos”, y en el siguiente punto “IDENTIFICAR LOS ALIMENTOS MÁS COMUNES”.

–Te gusta el pastel –dijo Marius señalando el pastel y pronunciando muy lentamente esta palabra, arrastrando cada una de sus letras.

Hanna sonrió.

Marius empezaba a cansarse, pero lo primero que sintió fue un sobresalto al ver que un hombre se acercaba a la mesa. Traía una cámara fotográfica y una enorme mochila en la espalda. Le preguntó si podía sentarse.