De Corea a San Petersburgo: la juventud y el rock

Una vistazo atento a la historia del rock en Rusia durante la Perestroika; un costado de la historia del género a propósito del Día Mundial del Rock 

Por Huemanzin Rodríguez 

La calle Arbat

Su rostro está pintado en todo un muro de la calle Arbat, en Moscú. Un muro de espontáneo colorido que capa tras capa engrosa su leyenda urbana. Se repite su nombre, frases de sus canciones. Su rostro una y mil veces. Casi todas sus imágenes están en blanco y negro, con la síntesis del esténcil. Al mirarlo tiene algo de otros rostros que se repiten en los muros del mundo, el del Che Guevara y de Jim Morrison. Al igual que ellos, tiene el cabello despeinado y la actitud desafiante de la juventud en la mirada, la diferencia está en sus ojos rasgados. Su nombre es Víktor Tsoi (1962-1990), el héroe del rock que emergió a finales de la era soviética y que muriera a los 28 años, meses antes de la caída de la cortina de hierro. Víktor Tsoi es el protagonista de la película Leto (Dir. Kirill Serebrennikov,  2018), biopic que se estrena en México este mes de julio y que formó parte de la Muestra de Cine de la Cineteca Nacional. 


Sus ojos rasgados y su presencia en Leningrado (antes Petersburgo y hoy San Petersburgo) están relacionados con la historia, el tren y el desarrollo de Rusia. 

Víktor Tsoi era el hijo único de la pareja conformada por la maestra de gimnasia Valentina Guseva y Robert Maximov Tsoi, ingeniero de Kazajistán, entonces integrante de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Kazajistán está en el corazón de Asia Central entre el Mar Caspio, Mongolia, y China. Los ojos rasgados que Robert Maximov le hereda a su hijo son coreanos. 

El germen revolucionario

A finales del siglo XIX y principios del XX, Corea quedó atrapada en los intereses comerciales e imperialistas de Rusia y Japón, su frontera la delimitaba el péndulo de las potencias. Sin embargo, la migración coreana es más antigua que esos conflictos, desde la década de 1860, cuando el zar Alejandro II (abuelo de Nicolás II, y asesinado por un atentado con bomba en 1881) abrió las fronteras de Rusia a este grupo étnico debido a su fama de buenos trabajadores de la tierra y por viajar acompañados de su familia, lo que permitía crear comunidad en territorios poco poblados donde el imperio les otorgó territorios. No fue sencillo sobrevivir esas travesías, pues muchos grupos de esa migración coreana terminaron alejados del mar, en las repúblicas centrales de Uzbekistán y Kazajistán, algo duro para una cultura cuya base social era la pesca.

La muerte de Alejandro II fue todo un escándalo que impactó al mundo, al pasar por el canal de Catalina, a su carruaje protegido por trineos y guardias cosacos, hubo dos atentados con bomba, el segundo le destrozó medio cuerpo, un rastro de su sangre quedó de la nieve desde ahí hasta el Palacio de Invierno donde murió frente a los ojos del pequeño Nicolás. En el lugar donde estalló la bomba, construyeron una de las más hermosas catedrales de Rusia, la de la Sangre derramada. ¿Por qué lo mataron si entre los zares de su tiempo fue un reformista? Eran los siglos de abuso al proletariado, hasta su revolución, en Rusia se había mantenido una economía de fuertes rasgos feudales. Además, la censura era moneda corriente de la época, como lo describe Fiódor Dostoievski en su libro Memorias de la casa muerta, la crítica al gobierno significaba enfrentar una pena muy grave —eso vivió Fiódor, le simularon una ejecución y luego lo mandaron a la prisión en Siberia. Parte de ese malestar provocó que grupos secretos nacieran en todo el imperio, el germen de la revolución atacaba desde mediados del siglo XIX. Por ello, Nikolai Rysakov e Ignati Grinevitski lanzaron sus bombas. De hecho, se sabe que había una persona más con otro paquete explosivo en caso de que los dos anteriores fallaran.

Quien ascendió al trono fue Alejandro III, gobernó de 1881 a 1894. Aunque llamado con el sobrenombre de “El pacificador”, por la firma de tratados internacionales que evitaron guerras durante su período, hacia adentro, el nuevo zar cerró sus puños. Autoritario, conservador y ortodoxo, alentó a los adversarios que se movieron en la sombra. 

La miseria habitaba las calles y la entrada de los restaurantes de lujo, como llegaron a testimoniar los pintores de la época como la escuela de “Los Itinerantes” —entre sus integrantes estuvo el gran artista Ilya Repin, que lo mismo retrató a Tolstoi, Dostoievski o Mussorgsky, que a los pobres y harapientos. Entre los planes de Alejandro III estaba la construcción de un tren que permitiera la explotación de recursos del imperio y conectar al océano Pacífico con San Petersburgo, es lo que hoy conocemos como el transiberiano. Las obras comenzaron 1891, tres años antes del ascenso del último zar, Nicolás II.   

Desde Siberia

En 1904, el zar pensó que debía ir a la guerra contra Japón y que su victoria sería algo sencillo, no fue así, después un año con siete meses tuvo una derrota vergonzosa y los japoneses tomaron control sobre territorios continentales de Manchuria y Corea. Cinco meses después del inicio de la guerra ruso-japonesa, en julio de 1904, terminaron las obras de las más amplias redes ferroviarias de su tiempo, conectaba las costas del Océano Pacífico desde Vladivostok (en el Mar de Japón y cuyo significado en ruso es “Poder sobre oriente”), hasta Moscú y de ahí a Petersburgo. La ampliación de la red continuó después de la revolución y de las guerras mundiales, eso demandó por décadas mucha mano de obra de diversas etnias, ya que el transiberiano creció en brazos para unir a Corea, China, Mongolia y Rusia. Después de la II Guerra Mundial, Japón perdió los territorios continentales y muchos coreanos, de pronto, se descubrieron viviendo en Rusia. 

La pobreza posterior a la guerra y las promesas de un mundo nuevo y equitativo motivó nuevas migraciones coreanas que Stalin repartió en repúblicas remotas. La construcción de las rutas del transiberiano concluyeron en 1991, poco antes del fin de la era soviética. Un tren que acumula 9 mil 288 kilómetros y que cruza ocho zonas horarias. 

El padre de Víktor Tsoi trabajó en el transiberiano, su desempeño como ingeniero le permitió, en la burocracia soviética, poder vivir en la ciudad de los palacios renombrada como Leningrado. Por eso Viktor nació ahí, en una ciudad puerto que soñó Pedro el Grande (quien gobernó de 1721 a 1725) como una ventana a Europa y que Catalina II (quien gobernó de 1729 a 1796) engrandeció al cambiar la capital del imperio a esa ciudad. 

Se casó con Valeria Guseva, maestra de gimnasia en un momento donde esa disciplina deportiva fue otro de los frentes, muchas veces invencibles, de la Guerra Fría. Nunca vivieron en el lujo, pero vivieron en la ciudad. A Víktor, su único hijo, le gustó el arte. Entró a la Academia de Serov, pero su interés estaba más en la guitarra y en las grabaciones del rock, y lo expulsaron a los 15 años. 

Los puertos y el rock

Parece cosa pequeña hablar de puertos, pero no es así. Por ahí entra y sale todo lo humano, toda mercancía regulada o no. Así como el ballet y la arquitectura francesa e italiana entraron a San Petersburgo, así como la música de los grandes compositores rusos salió de ahí rumbo a Europa; así entró el rock. De la misma manera en que los adolescentes John y Paul, en Liverpool, compraban discos de rock and roll en el mercado negro del desembarco, las grabaciones de las músicas populares de los enemigos del socialismo, según la política soviética, entraron tras el fin de la II Guerra Mundial a la controlada ciudad de Leningrado. 

Con viejas máquinas de los años cuarenta con las que se grababan en vivo piezas únicas sobre un disco de pasta, el contrabando soviético copiaba sobre placas de acetato de radiografías las versiones piratas de los discos de rock en los años sesenta, setenta y ochenta. El rock no estaba prohibido en la URSS, era tolerado y sus letras no debían de cuestionar o criticar nada del gran oso de la guerra fría. 

Las portadas de los discos nos eran las originales, todas tenían una versión austera en papel kraft a dos tintas: rojo y negro. Por ejemplo, el disco Band on the run, de Wings, no tenía la misma portada. ¿No sería el escape de una prisión una apología al desorden juvenil? 

En la versión permitida en la URSS, justo el tema que daba título al LP estaba deliberadamente rayado, para asegurarse que no pudiera ser escuchada esta apología a la huida. Por eso, las mejores grabaciones se distribuyeron por casetes, copias piratas que aún están en viejas colecciones de los conocedores del rock. A esos materiales accedió Víktor Tsoi, quien en 1977 dejó la escuela de arte al igual que John, para tocar la guitarra. 

Con sus amigos, Tsoi se acercó al mundo underground del Rock Club, un pequeño lugar de los pocos en donde se podía tocar rock en vivo, con el público muy bien ordenado sin levantarse de las butacas.

Su talento fue tan grande que en poco tiempo llegó la oportunidad de grabar el primer disco, desde el principio las letras de sus canciones fueron críticas, una de ellas definió a Kino y a Tsoi frente al sistema, “Suburbano/tren eléctrico” (Электричка/ Elektrichka ), que cuenta la historia de un hombre atrapado en un tren que lo llevaba a un lugar a donde no quería ir, una metáfora de la vida en la Unión Soviética. El gobierno les prohíbe tocar el tema en vivo, pero los jóvenes lo escucharon en casetes.

Poco después Tsoi compone el tema “Declaro mi casa… (zona libre de armas nucleares) (Я объявляю свой ​​дом… [безъядерной зоной]), que dispara la popularidad del grupo durante una guerra que cobró la vida de miles de jóvenes soviéticos. En 1986, con las reformas de Gorbachov, Tsoi aprovecha el momento y toca “(Queremos/demandamos) ¡Cambios!” [«(Хотим/требуем) перемен!»]. Todo un himno de su tiempo. 

Es inevitable que el rock siga en la clandestinidad y nace la kinomanía. Tsoi se casa con Mariana, el amor de su vida y su más seguro apoyo. Es la era de los conciertos, filma películas como Assa (Dir. Sergei Solovyov, 1986) e Igla (Dir. Ola Kazaja, 1988), edita varios discos que llegan hasta el último rincón de la URSS. Kino hizo una gira en Francia, Italia y Dinamarca. Algo excepcional. En 1990 cantan frente a 62 mil seguidores en el Estadio Luzhniki, no había nadie como ellos en todo el país.


Kinomanía

Nadie podía parar la kinomanía. Al mismo tiempo la política soviética tiene su más severa crisis y la censura permite flexibilidad frente a los grupos de rock. Mientras miles de jóvenes cantaban las canciones de Kino en todas partes del territorio soviético, Tsoi y sus amigos no viven de la música. El éxito no se refleja en el día a día, por ello Tsoi nunca deja su trabajo en la caldera de calefacción de un edificio de departamentos, algo que lo hace más cercano a la gente, quienes ven en el ídolo una inspiración. Si en Reino Unido y Estados Unidos existe el working class hero (el héroe de la clase obrera), en la URSS Tsoi era algo cercano. 

La mañana del 15 de agosto de 1990, Víktor Tsoi (Виктор Робертович Цой) conduce solo de Letonia rumbo a San Petersburgo. Está cansado, fue a pescar y a escribir canciones nuevas. Debido al agotamiento se queda dormido al volante y choca contra un autobús. Su muerte es instantánea. En la guantera había una cinta con las voces para lo que sería su siguiente álbum, el que completan sus compañeros de Kino y titulan Chorny Albom, el Álbum negro, el más famoso de todos. 

La noticia de su muerte corrió como pólvora, el hijo único de una profesora de gimnasia y un ingeniero ruso-coreano fallece semanas después de cumplir 28 años, decenas de jóvenes se suicidan ante el vacío. Casi espontáneos, nacen monumentos y grafitis en su memoria que se multiplican hasta nuestros días como un referente social. 

Víktor Tsoi murió poco antes de que el socialismo acabara, poco antes de que se completara la red transiberiana. No hubiera imaginado que en la calle Arbat, ese paso peatonal de un kilómetro de distancia en el corazón antiguo de Moscú, habitada por artistas y artesanos desde el siglo XV, incendiada durante la ocupación napoleónica en 1812, resurgiera hoy como espacio costoso por la gentrificación que recibe lo mismo a nuevos departamentos de lujo que al Hard Rock. 

Ahí, en nuestros días, se reúnen personas para pintar en los muros las letras de sus canciones, pintar una y otra vez su rostro. No es extraño encontrar por la mañana rosas congeladas bajo su mirada de ojos rasgados, las mismas rosas que aparecen en los monumentos a Tolstoi, Dostoievski, Tchaikovski, Tretiakov o Gagarin, referentes indiscutibles de la cultura rusa. No es extraño que alguien saque la guitarra y cante sus canciones, tal y como sucede en algunos centros nocturnos de San Petersburgo. 

El 17 de agosto de 1990, el editorial del diario Komsomólskaya Pravda, al dar la noticia de la muerte del fundador de Kino, dejó escrita una verdad que el tiempo ha comprobado: «Viktor Tsoi significa para la juventud de nuestra nación más que cualquier político, escritor o celebridad». 

Imagen de portada: El Correo

Imágenes en cuerpo de texto: Huemanzin Rodríguez