“La sustancia del mal” (adelanto)

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Compartimos el primer capítulo de la obra debut en el género de novela negra del escritor italiano Luca D’Andrea, recientemente traducida al español y publicada por la editorial Alfaguara

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Ciudad de México (N22/Redacción).- El escritor italiano, Luca D’Andrea (1979) dio a conocer su primera novela negra en la que el protagonista es la naturaleza: La sustancia del mal. Publicada el año pasado en su país de origen, la novela que ya ha sido traducida a más de treinta idiomas, llega a México publicada por la editorial Alfaguara, bajo la traducción de Xavier González Rovira. Después de una trilogía juvenil, el escritor italiano se aventura en el género con una historia narrada en primera persona en la que un documentalista estadounidense se instala en un pueblo alpino, de donde es originaria su mujer, con ésta y la hija de ambos. En el poblado, años atrás, tres jóvenes fueron asesinados. El crimen nunca se resolvió y ahora es traído al presente para obsesionar al documentalista.

Compartimos el primer capítulo de este thriller que ya se ha anunciado será llevado a la televisión por los creadores de Gomorra.

 

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Siempre es así. En el hielo, uno primero oye la voz de la Bestia, y luego muere.

Grietas idénticas a aquella en la que me encontraba estaban llenas de montañeros y escaladores que habían perdido las fuerzas, la razón y, finalmente, la vida por culpa de esa voz.

Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.

Ocho letras: «Márchate».

No estaba preparado para la voz de la Bestia.

Necesitaba algo familiar, humano, que me arrancara de la cruda soledad del glaciar. Levanté la mirada por encima de los bordes de la grieta, allá arriba, en busca de la silueta roja del EC-135 del Socorro Alpino de los Dolomitas. Pero el cielo estaba vacío. Una saeta desportillada de un azul cegador.

Fue eso lo que me derrumbó.

Empecé a balancearme adelante y atrás, con la respiración acelerada, con la sangre vacía de toda clase de energía. Igual que Jonás en el vientre de la ballena, me encontraba solo ante la presencia de Dios.

Y Dios gruñía: «Márchate».

A las dos y diecinueve minutos de ese maldito 15 de septiembre, del hielo surgió una voz que no era la de la Bestia. Era Manny, con su uniforme rojo destacando en todo aquel blanco. Repetía mi nombre, una y otra vez, mientras el cabestrante lo iba bajando lentamente hacia mí.

Cinco metros.

Dos.

Sus manos y sus ojos estaban buscando heridas que explicaran mi comportamiento. Sus preguntas: cien y mil cosas a las que no podía dar una respuesta. La voz de la Bestia era demasiado fuerte. Me estaba devorando.

—¿No lo oyes? —murmuré—. La Bestia, la…

La Bestia, hubiera querido explicarle, aquel hielo tan antiguo, consideraba intolerable la idea de un corazón caliente sepultado en sus profundidades. Mi corazón caliente. Y también el suyo.

Y ahí estábamos: las dos y veintidós minutos.

La expresión de sorpresa en la cara de Manny que se transforma en puro terror. El cable del cabestrante que lo levanta como a una marioneta. Manny que sale disparado hacia arriba. El rugido de las hélices del helicóptero que se convierte en un grito estrangulado.

Por último.

El grito de Dios. El alud que destruye el cielo.

¡Márchate!

Fue entonces cuando vi. Cuando me quedé solo, más allá del tiempo y del espacio: vi.

La oscuridad.

La oscuridad total. Pero no morí. Oh, no. La Bestia jugueteó conmigo. Me dejó vivir. La Bestia que ahora susurraba: «Te vas a quedar conmigo para siempre, para siempre…».

No estaba mintiendo.

Una parte de mí todavía sigue allí.

Pero, como habría dicho mi hija Clara con una sonrisa, esa no era la z al final del arcoíris. No era el final de mi historia. Al contrario.

Ese fue solo el inicio. Con seis letras: «Inicio». Seis letras: «Bestia». Las mismas que: «Terror».

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(We Are) the Road Crew

 

1.

En la vida, como en el arte, solo hay una cosa que importa: los hechos. Para conocer los hechos, los que se refieren a Evi, Kurt y Markus y a la noche del 28 de abril de 1985, es esencial que lo sepáis todo sobre mí. Porque no se trata solamente de 1985 y de la masacre del Bletterbach. No se trata solamente de Evi, Kurt y Markus, sino también de Salinger, Annelise y Clara.

Todo está relacionado.

 

2.

Hasta las dos y veintidós del 15 de septiembre de 2013, es decir, hasta el momento en que la Bestia estuvo a punto de matarme, se me había definido como el cincuenta por ciento de una estrella en ascenso en un ámbito, el de los documentales, que más que estrellas tiende a producir minúsculos meteoritos y flatulencias devastadoras.

A Mike McMellan, el otro cincuenta por ciento de la estrella en cuestión, le gustaba decir que aun aceptando que fuéramos estrellas fugaces en rumbo de colisión con el planeta llamado Fracaso Total, habríamos tenido el privilegio de desaparecer en la hoguera reservada a los héroes. A partir de la tercera cerveza me manifestaba de acuerdo con él. Aunque fuese el único motivo, era una excusa óptima para un brindis.

Mike no era solo mi socio. También era el mejor amigo que podéis tener la suerte de conocer. Era irritante, vanidoso, egocéntrico tanto y más que un agujero negro, obsesivo hasta extremos insostenibles, y dotado de la misma capacidad de concentración en un único tema que un canario cargado de anfetaminas. Pero también era el único artista de verdad que había conocido.

Fue Mike —cuando aún no éramos más que la combinación de medios talentos menos cool de la Academia de Cine de Nueva York (curso de Dirección para Mike, de Guion para el que suscribe)— quien se dio cuenta de que si nos empeñábamos en seguir nuestras ambiciones hollywoodenses acabaríamos con el culo aplastado a base de patadas, amargados y farragosos como el maldito profesor «Llamadme Jerry» Calhoun, el exhippie que más había disfrutado torturando nuestras primeras y tímidas creaciones.

—Que le den por culo a Hollywood, Salinger —dijo Mike—. La gente está hambrienta de realidad, no de gráficos por ordenador. La única manera que tenemos de hacer surf en este Zeitgeist de mierda es alejarnos de la ficción y dedicarnos a la amada, vieja y sólida realidad. Cien por cien garantizada.

Enarqué una ceja:

—¿Zeitgeist?

—Tú eres el teutón, socio.

Mi madre era de origen alemán, pero no había nada de qué preocuparse, estaba a años luz de sentirme discriminado por Mike. Al fin y al cabo, yo había crecido en Brooklyn y él, en el Medio Oeste de mierda.

Consideraciones genealógicas aparte, lo que Mike pretendía decir en ese húmedo noviembre de hace tantos años era que iba a tener que tirar mis (pésimos) guiones y, junto a él, ponerme a filmar documentales. Trabajar con instantes dilatados para transformarlos en un relato que discurriera bien desde el punto a hasta el punto z, según el evangelio del difunto Vladimir Jakovlevič Propp  que sabía tanto de historias como Jim Morrison de paranoias).

Un auténtico lío.

—Mike… —resoplé—. Poseo ejemplares del National Geographic que se remontan a 1800. Solo existe una categoría de personas peores que quienes quieren triunfar con las películas: los documentalistas. Muchos de ellos tienen antepasados que murieron en busca de las fuentes del Nilo. Llevan tatuajes y bufandas de cachemira al cuello. Es decir: son unos capullos, pero unos capullos liberales, y por eso se sienten absueltos de todos los pecados. Por último, pero no por esto menos importante: tienen familias cargadas de pasta que subvencionan sus safaris por todo el mundo.

—Salinger, a veces eres muy, pero que muy… —Mike negó con la cabeza—. Déjalo estar y escúchame. Necesitamos un tema. Un tema fuerte para un documental que haga saltar la banca. Algo que la gente ya conozca, algo familiar, pero que nosotros dos vamos a mostrar de una manera nueva, diferente a todo lo que se haya visto hasta ahora. Estrújate el cerebro, piensa y…

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No sé cómo y no sé por qué, pero mientras Mike me estaba mirando con esa jeta suya de asesino en serie, mientras un millón de razones para rechazar esa propuesta se arremolinaban en mi cabeza, oí que un gigantesco clic me estallaba en el cerebro. Una idea absurda. Demencial. Incandescente. Una idea tan idiota que amenazaba con funcionar rematadamente bien.

¿Qué había más electrizante, potente y sexi que el rock and roll?

Era una religión para millones de personas. Un latigazo de energía que unía a las generaciones. No había ni un alma en este planeta que nunca hubiera oído hablar de Elvis, de Hendrix, de los Rolling Stones, de Nirvana, de Metallica y de todo ese tren chispeante de la única y auténtica revolución del siglo XX.

Fácil, ¿verdad?

No.

Porque el rock también eran esos grandes y fornidos guardaespaldas vestidos de oscuro, parecidos a armarios de dos puertas y con la mirada de un pitbull, a los que se paga por alejar a listillos como nosotros. Algo que de buena gana hasta harían gratis.

La primera vez que intentamos poner en marcha nuestra idea (Bruce Springsteen en un bolo de calentamiento previo a la gira en un local del Village) salí bien librado, con algún empujón y un par de cardenales. A Mike le fue peor. La mitad de su cara se parecía a la bandera escocesa. La guinda del pastel: nos libramos de una denuncia por un pelo. A Springsteen le siguió el concierto de los White Stripes, el de Michael Stipe, el de los Red Hot Chili Peppers, el de Neil Young y el de los Black Eyed Peas, que en esa época estaban en la cima de su fama.

Coleccionamos un montón de moratones y muy poco material. La tentación de rendirse era fuerte.

Fue en ese momento cuando el dios del rock miró en nuestra dirección, vio nuestros patéticos esfuerzos para rendirle homenaje y con una mirada benévola nos mostró el camino del éxito.

 

3.

A mediados de abril conseguí hacerme con un contrato doble para montar un escenario en el Battery Park. No era para un grupo cualquiera, sino para la más controvertida, diabólica y denostada banda de todos los tiempos. Señoras y señores: con todos ustedes, Kiss.

Trabajamos como aplicadas hormiguitas concienzudas; luego, mientras los obreros se marchaban, nos escondimos en una montaña de basura. Silenciosos como francotiradores. Cuando llegaron las primeras berlinas oscuras, Mike pulsó el botón Rec. Estábamos en el séptimo cielo. Era nuestra gran oportunidad. Y, como es natural, todo se precipitó.

Gene Simmons salió de una limusina tan larga como un transatlántico, se desperezó y ordenó a sus lacayos que soltaran la correa de su querido cuatro patas. En cuanto se sintió libre, el caniche blanco y horroroso, de expresión luciferina, empezó a ladrar en nuestra dirección igual que uno de los sabuesos del infierno que cantaba Robert Johnson («And the day keeps on reminding me, there’s a hellhound on my trail / Hellhound on my trail, hellhound on my trail»). En dos saltos, el chucho se me vino encima. Apuntaba a la yugular, el muy cabrón. Esa bola de pelo quería matarme.

Grité.

Y algo así como doce mil energúmenos que no habrían hecho un mal papel en el Salón de la Fama de los degolladores nos agarraron, nos patearon, nos golpearon y nos arrastraron hacia la salida, con la intención —gruñeron— de arrojarnos de cabeza al océano. No lo hicieron. Nos dejaron magullados, abatidos y cansados en un banco rodeado de desechos, reflexionando sobre nuestra condición de Coyote tras el Correcaminos. Permanecimos allí, incapaces de aceptar la derrota, escuchando el eco del concierto que iba apagándose. En cuanto terminaron los bises, seguimos con la mirada a la multitud que comenzaba a disgregarse, y justo cuando estábamos a punto de regresar a nuestra guarida unos tipos grandotes con barbas de Ángeles del Infierno y rostros patibularios empezaron a cargar altavoces y amplificadores en los camiones Peterbilt de la banda. En ese preciso instante, el dios del rock se asomó desde el Valhala y me mostró el camino.

—Mike —murmuré—. Nos hemos equivocado completamente. Si queremos hacer un documental sobre el rock, sobre el auténtico rock, debemos apuntar la cámara hacia el otro lado del escenario. El otro lado, socio. Esos tipos son el auténtico rock. Y —añadí sonriendo— no hay copyright sobre ellos.

Esos tipos.

Los roadies. Los que hacen el trabajo sucio. Los que cargan los ocho ejes, los conducen de una punta a otra del país, los descargan, montan el escenario, preparan el equipo, esperan el final del show de brazos cruzados y, nuevamente, como dice el poema: «Millas por recorrer antes del sueño».

Oh, sí.

Dejadme que os lo diga, Mike estuvo increíble. Dando coba, desplegando espejismos de dinero y de publicidad gratuita, persuadió a un aburridísimo mánager de la gira para que nos autorizara rodar algunas tomas. Los roadies, en modo alguno acostumbrados a toda esa atención, nos protegieron bajo sus alas. No solo eso: fueron los barbudos quienes convencieron al mánager y a los abogados de que nos permitieran ir con ellos (con ellos, no con la banda; y fue este as en la manga lo que los persuadió de verdad) a lo largo de toda la gira.

Fue así como vio la luz Nacidos para sudar: Road Crew, el lado oscuro del rock and roll.

Nos dejamos la piel, creedme. Seis semanas de locura, migrañas, resacas de trabajo y sudor, al final de las cuales habíamos destrozado dos cámaras, coleccionado varias intoxicaciones alimentarias, un esguince de tobillo (me subí al techo de una roulotte que se reveló frágil como una galletita de té; estaba sobrio, lo juro) y aprendido doce maneras diferentes de pronunciar fuck you.

El montaje duró un verano a cuarenta grados sin aire acondicionado, que pasamos despellejándonos ante un monitor que iba fundiéndose, y a principios de septiembre de 2003 (año mágico, si es que alguna vez hubo alguno) no solo habíamos terminado nuestro documental, sino que también estábamos satisfechos con el resultado. Se lo mostramos a un productor llamado Smith, que de mala gana nos había concedido cinco minutos, solo cinco. ¿Podéis creerlo? Le bastó con tres.

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—Un factual —sentenció Mister Smith, emperador supremo del Canal—. Doce episodios. Veinticinco minutos cada uno. Lo quiero para principios de noviembre. ¿Podéis hacerlo? Sonrisas y apretones de manos. Al final, un autobús apestoso nos llevó de regreso a casa. Atontados y un tanto aturdidos, verificamos en la Wikipedia qué demonios era eso de factual. La respuesta era la siguiente: una mezcla entre serie de televisión y documental. En otras palabras, teníamos menos de dos meses para volver a montarlo todo de nuevo y crear nuestro factual. ¿Imposible?

Sin bromas.

El 1 de diciembre de ese mismo año, Road Crew salió en antena. Y fue un éxito de audiencia.

De repente estábamos en boca de todo el mundo. El profesor Calhoun llegó a fotografiarse con nosotros mientras nos hacía entrega de lo que parecía un bodrio parido por Dalí, pero que era, en cambio, un premio que se otorgaba a los estudiantes meritorios. Lo subrayo: meritorios. Los blogs hablaban de Road Crew, la prensa escrita hablaba de Road Crew. MTV emitió un especial presentado por Ozzy Osbourne, quien, con gran disgusto de Mike, no se comió ningún murciélago.

Pero no todo fue de color de rosa.

Maddie Grady, del New Yorker, nos destrozó con un hacha poco afilada. Un artículo de cinco mil palabras con el que me estuve estrujando el cerebro durante meses. Según GQ, éramos misóginos. Según Life, éramos dos misántropos. Según Vogue, encarnábamos la redención de la Generación X. Y esto, la verdad, nos hirió de muerte.

En marzo del año siguiente, 2004, Mister Smith nos hizo firmar un contrato para una segunda temporada de Road Crew. Teníamos el mundo en un puño. Luego, un poco antes de salir para el rodaje, sucedió algo que sorprendió a todos, a mí el primero.

Me enamoré.

 

4.

 

Y, por extraño que parezca, el mérito fue de «Llamadme Jerry» Calhoun. Organizó una especie de proyección del primer capítulo de Road Crew, seguida por el inevitable debate para sus estudiantes. «Debate» apestaba a emboscada, pero Mike (que tal vez esperaba tomarse la revancha hacia nuestro viejo maestro y hacia el mundo en su totalidad) insistió en aceptar, y yo me limité a ir tras él, como siempre que a Mike se le metía algo en la cabeza.

La criatura que hizo mella en mi corazón estaba en la tercera fila, semioculta tras un tipo de unos ciento cincuenta kilos y con una mirada a lo Mark Chapman (un admirador de la blogosfera, supuse de inmediato), en la temida aula 13 de Calhoun, esa a la que algunos estudiantes de la Academia de Cine de Nueva York llamaban «el Club de la Lucha».

Al finalizar la proyección, el gordinflón fue el primero que quiso expresar su opinión. Lo que dijo en treinta y cinco minutos de perorata puede resumirse así: «Mierda por aquí, mierda por allá, ¡mierda en todos los rincones de la ciudad!». Entonces, satisfecho, se limpió un hilillo de baba, se sentó y se cruzó de brazos, con una expresión de desafío en esa cara de pizza que llevaba puesta.

Estaba a punto de vomitarle encima una larga (larguísima) serie de consideraciones poco correctas sobre los gordos presumidos, cuando sucedió lo imposible.

La chica rubia pidió la palabra y Calhoun, que permanecía de pie, se la concedió. Se levantó (era realmente agraciada) y dijo, con un fortísimo acento alemán:

—Me gustaría preguntarle. ¿Cuál es la palabra exacta para Neid?

Me eché a reír y en mi interior le di las gracias a mi querida Mutti por su obstinación en enseñarme su lengua materna. De pronto, esas horas pasadas autoflagelándome la lengua contra los dientes, aspirando vocales y redondeando la r como si tuviera un ventilador atascado en la boca, adquirían una luz completamente distinta.

Mein liebes Fräulein —empecé mientras gozaba de un sonido similar al del descorche de año nuevo, producido por el abrir de ojos de esa masa de estudiantes erectos (gordinflón incluido)—. Sie sollten nicht fragen, wie wir «Neid» sagen, sondern wie wir «Idiot» sagen.

Querida señorita, no debe preguntar cómo decimos «envidia», sino cómo decimos «idiota».

Se llamaba Annelise.

Tenía diecinueve años y estaba en los Estados Unidos desde hacía poco más de un mes para unas prácticas. Annelise no era ni alemana, ni austriaca, ni suiza. Venía de una minúscula provincia del norte de Italia, donde la mayoría de la población hablaba alemán. Alto Adigio/Tirol del Sur, tal era el nombre de ese extraño lugar.

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La noche antes de salir para la gira hicimos el amor mientras que de fondo Springsteen cantaba «Nebraska», y esto me reconcilió, al menos un poco, con el Boss. La mañana fue difícil. Pensé que nunca volvería a verla. No fue así. Mi dulce Annelise, nacida entre los Alpes, a ocho mil kilómetros de la Gran Manzana, transformó las prácticas en un permiso de estudios. Sé que suena como una locura, pero tenéis que creerme. Me quería y yo la quería a ella. En 2007, mientras Mike y yo nos estábamos preparando para filmar la tercera (y última, como nos habíamos prometido) temporada de Road Crew, en un pequeño restaurante de Hell’s Kitchen le pedí a Annelise que se casara conmigo. Aceptó con tal arrobamiento que rompí a llorar de un modo muy poco viril.

¿Qué más podría desear?

El 2008.

Porque el 2008, mientras Mike y yo, agotados, nos tomábamos un descanso después de la emisión de la tercera temporada de nuestro fuck-tual, en un día cálido de mayo, en una clínica de Nueva Jersey rodeada de verde, nació Clara, mi hija. Y a continuación: olorosas montañas de pañales, homogeneizados para decorar ropa y paredes, pero sobre todo horas y horas dedicadas a observar a Clara, que aprendía a descubrir el mundo. ¿Y cómo olvidar las visitas de Mike con la novia de turno (que duraba entre dos y cuatro semanas, con un pico máximo de un mes y medio, aunque se tratara de Miss Julio), en las que intentaba de todas las maneras posibles enseñarle a mi hija su nombre antes de que Clara consiguiera pronunciar la palabra «papá»?

En el verano de 2009 conocí a los padres de Annelise, Werner y Herta Mair. No sabíamos que el «cansancio» con el que Herta justificaba mareos y palidez era una metástasis en una fase muy avanzada. Murió pocos meses después, a finales de año. Annelise no quiso que la acompañara al funeral.

2010 y 2011 fueron años hermosísimos y frustrantes. Hermosísimos: Clara trepando por todas partes, Clara preguntando «¿qué es esto?» en tres idiomas diferentes (el tercero, el italiano, Annelise me lo estaba enseñando también a mí y se me daba bastante bien, era un estudiante motivado por una maestra que me parecía muy sexi); Clara creciendo, simplemente. ¿Frustrantes? Seguro. Porque, después de haber presentado a Mister Smith algo así como cien mil proyectos distintos (todos rechazados), a finales de 2011 empezamos el rodaje de la cuarta temporada de Road Crew. La que habíamos jurado que nunca vería la luz.

Todo salió mal, la magia se había perdido y lo sabíamos. La cuarta temporada de Road Crew es un largo e infeliz canto fúnebre sobre el final de una época. Pero el público, como generaciones de copywriters saben, adora sentirse triste. La audiencia fue mejor que la de las tres temporadas anteriores. Incluso el New Yorker nos aduló hablando del «relato de un sueño lúcido que se hace pedazos».

Así que Mike y yo nos encontrábamos nuevamente agotados, apáticos. Deprimidos. Incluso los que hasta hacía poco nos habían tratado como a apestados alababan ahora el trabajo que nosotros considerábamos el peor de nuestra carrera. Por eso en diciembre de 2012 acepté la propuesta de Annelise. Pasar unos meses en su pueblo natal, una insignificante mota en el mapa llamada Siebenhoch, Alto Adigio, Tirol del Sur, Italia. Lejos de todo y de todos.

Una buena idea.

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