María Fernanda Ampuero, «quizás la crónica es la mirada desde la parte femenina»

La escritora ecuatoriana participa en el Encuentro de Literatura de No Ficción durante la FIL 2019, ahí charlamos con ella sobre la vocación literaria del género

Guadalajara (N22/Ana León).- En una de las salas de prensa de la Feria ocurre este encuentro con la escritora ecuatoriana que también es periodista. Autora de libros como Pelea de gallos y Permiso de residencia, Ampuero aborda temas como la migración, el feminismo y la forma en que construye o destruye la mirada del otro.

Formas parte de la compilación La crónica hoy, realizada por la UNAM, y participarás en el foro de No ficción, ¿para ti cómo es narrar la realidad y cómo es hacer este retrato fiel de los hechos pero también teniendo una vocación narrativa?

Yo caí en el periodismo como de refilón, estudié filología y literatura porque básicamente lo que a mí me gustaba hacer en la vida era leer, eso era todo, pero entré al periodismo por una casualidad.

Hay cosas que siempre me di cuenta que quería contar, de todo, que no entran en una crónica, que son más bien las cosas que tú le cuentas a tus compañeros cuando llegas a la redacción y no están en lo que escribes. Esas cosas que parecen cotidianas, que parecen menores. Ahorita se me está ocurriendo que quizás tiene que ver con que la estructura de las narrativas de la realidad son bien masculinas. Por ejemplo, nosotras sí preguntamos “¿qué te dieron de comer?” o ¿cómo iba vestido?”. Hay un gusto en el detalle que no necesariamente tiene que ver con las mujeres, pero sí tiene que ver con esa parte femenina de mirar el mundo. Quizás la crónica es la mirada de la parte femenina, el gusto de pasar mucho tiempo mirando, en calma, sin la urgencia, esa cosa de esperar el momento adecuado para hacer la pregunta, para tomar la foto, es una foto muy larga, pero en la que está todo.

Me enamoré de esta forma literaria de contar la vida. Además creo que forma parte de una corriente de la otra historia, pienso ahora mismo en Svetlana Alexievich que nos hablan por primera vez, en el siglo XXI, de cómo se sentían las soldados, “soldadas”, en la guerra; cómo se sentía la esposa de un bombero de Chernobyl al ver que a su amor se le caía la piel. Sabíamos tanto de Chernobyl y no sabíamos lo que siente alguien al ver a su novio, a su amado, a su amante botando el hígado por la boca, hasta que vino Svetlana y publicó sus libro. 

No creo que los mejores cronistas sean mujeres, aunque a mí, personalmente, me parece que sí, pero no voy a generalizar, son las que me gustan, pero sí creo que es estar en contacto con la mirada femenina. 

Justo aquí me gustaría hablar de esta parte tuya muy activa en el feminismo. Es una lucha física, salir y poner el cuerpo, salir y hacer un performance como el de las chicas de Las Tesis, de una potencia enorme ante un acto atroz. Pero también hay otra lucha desde el lenguaje, el decidir, personas como tú o nosotros como medios, qué historias vamos a contar y cómo las vamos a contar; cómo se enuncian historias de mujeres y qué palabras se usan. 

Justo ayer oí a la autora Liliana Bloom, que es mexicana, decir que asesinan a nueve mujeres diarias en México. Yo reflexionaba con la periodista que estaba: “si esto fuera una guerra y hubiese este mismo número estaría en todos los periódicos, habría manifestaciones en la calle, el presidente AMLO estaría mandando sus embajadores y sus buenos oficios y visitando la zona, pero son mujeres, entonces no importa, no se para el país”. Tú me preguntas eso porque soy yo, pero no se lo están preguntando a Vargas Llosa o a Villoro, nos lo están preguntando a las mujeres. 

Es muy difícil para mí porque, por supuesto que yo siento que tengo que hablar de esto, pero se genera esta cosa de “ay, otra vez las feministas hablando de lo mismo”. 

Justo es lo que me decía una periodista deportiva en una entrevista, “somos mujeres con un problema que no creamos y que nosotras tenemos que solucionar” y, además, del que sólo nosotras hablamos. 

Y no sólo eso, sino que, encima, recibimos todos los ataques de los hombres. 

Ahora con el #MeToo mexicano, ¿dónde estaban todos esos escritores mexicanos que conocían a esos acosadores, que conocían a esos violadores y maltratadores? ¿Dónde estaban esas columnas diciendo “yo te creo”? 

Justo presento el libro de Dante Liano, Réquiem por Teresa, y siento que es la primera vez que leo el libro de un hombre que se hace cargo del dolor  que significa ser hombre y que eso signifique que si el marido de tu hermana la está matando a palos, tú no puedas hacer nada. El personaje de este libro, Teresa, se suicida porque nadie la ayuda, lleva años diciendo que el marido la maltrata y nadie hace nada, y tiene hermanos, y va donde sus hermanos y nadie hace nada. Ellos la matan otra vez. 

Me impacta que no haya más libros sobre esto. El patriarcado es bien inteligente, es el genio del mal. Por ejemplo, hablan peyorativamente de nuestro trabajo literario porque es feminista, yo creo que los libros con un mensaje feminista que he encontrado, están perfectamente bien escritos y son altísima literatura. 

Hay temas que generalmente están asociados a “lo femenino” o a las escritoras, y resulta que hay una generación de escritoras que no está escribiendo de eso y que está escribiendo cuentos de terror, crónicas que reflejan una realidad muy cruda, entre ellas Valeria Luiselli, Luisa Reyes Retana, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, tú misma. 

Creo que el mejor cuento de terror de la historia empieza con un médico diciendo: “es niña”. Y sabes perfectamente a qué me refiero. Para mí ser mujer es estar en el epicentro de la violencia. Si tienes toda la suerte del mundo y tus padres son maravillosos, y tienes la suerte de que nunca te pase nada en la calle, tienes el horror, la violencia, de odiarte a ti misma, de odiar tu aspecto. Incluso la que mejor pudo escaparse de todo el mal, de todo el machismo y de toda la violencia, se mira al espejo y odia una parte de su cuerpo o todo su cuerpo, y creo que se ha hablado muy poco de eso. Claro, ahorita tenemos que ocuparnos de lo más feroz de toda esta curva de horror que es ser mujer, que va desde que naces hasta que te maten y te violen. 

Esto es una estrategia perfecta, porque no solamente es una industria millonaria la de la inseguridad de las mujeres, es una industria de miles de millones de dólares. Y no solo eso, sino que la inseguridad de las mujeres permite que estemos ocupadas pensando en que se nos rompen las uñas en lugar de estar pensando en que hay nueve mujeres asesinadas cada día en México. 

Escribes también sobre otro tema muy fuerte que es el ser migrante, las personas que migran se vuelven como fantasmas o tienen que aprender a ser otro o muchos de ellos desaparecen intentando llegar al otro lado, ¿para ti qué significa ser migrante?

Lo más importante que yo te puedo decir sobre ese tema es que México, en este caso que estoy hablando contigo, pero también Ecuador y España tienen  que revisar muy bien su relacióon con los inmigrantes, porque no hay nada más sucio para un Estado y para un ciudadano que odiar lo que ese ciudadano mismo es. Me parece que es perverso que un país de migrantes como es México no esté recibiendo con todo el amor a los centroamericanos que vienen y lo mismo está pasando en Ecuador con Venezuela. 

Ser migrante es lo más difícil que yo he hecho en mi vida y yo tenía todos los privilegios. Te cuento esto porque Ecuador está viviendo la migración venezolana con mucha fuerza, muy brutal. El otro día vi en un tráiler –en un tráiler que no tenía ni paredes ni nada, era sólo la plancha metálica– a una familia venezolana que venía cruzando la frontera, el tráiler menos mal que la dejó, pero el piso hacía efecto sartén en el sol de Quito. Yo los vi en una gasolinera cuando pararon y la niñita tenía desolladas las piernas. Esto es el fracaso de todo lo que somos, esto es el fracaso de la humanidad. 

Creo que la gran lección que nos hará pagar la historia es cómo estamos tratando a los inmigrantes.