«La propuesta»: lo sagrado y lo profano

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La cuarta y última mesa de diálogo abordó el costado ético y las implicaciones de la religión en la obra de Jill Magid desde la bioética, el cristianismo, el judaísmo y la filosofía

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Imagen: Jill Magid, La exhumación, 2016 (video)

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Ciudad de México (N22/Ana León).- ¿Qué pasa con esta obsesión por la disolución de nuestro ser? Si la ausencia dialécticamente es presencia y lo que queda de una persona es la imagen, es decir, la obra, el legado, el pensamiento, una traza, que sólo permanece mientras la memoria de los vivos la recuerde.

El anillo de Barragán es una imagen más que queda, el recuerdo de la persona, señaló Jorge Linares, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, durante la última mesa de diálogo organizada por el MUAC para reflexionar en torno a la exposición: Jill Magid: “Una carta siempre llega a su destino”. Los Archivos de Barragán.

En la mesa, en la que participaron Juan Carlos Henríquez, director del Centro de Experimentación y Pensamiento Crítico, Universidad Iberoamericana; Jorge Linares, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; Gabriela Méndez Cota, catedrática de 17, Instituto de Estudios Críticos; y Elisha Coffman, coordinador del Midrash Or HaDaat, moderados por Jorge Jiménez Rentería, abogado y gestor cultural, se analizaron las perspectivas éticas y filosóficas en la obra de Magid, La propuesta, cuyo personaje o, mejor dicho, material principal, es parte de las cenizas del arquitecto mexicano Luis Barragán.

Desde el punto de vista de la bioética de la contaminación que Gabriela Méndez Cota equipara con la mediación lingüística entre la vida y la muerte creada por Magid, la obra busca reactivar lo vivo del legado que es, tanto para ella como para Juan Carlos Henríquez, la obra del arquitecto. La pieza, como acota este último, no pretende ser el objeto sino que se traslada a un gesto, un performance, que pone en crisis un estado, “está hecho para hacer ‘opaco’, aquello que se había tornado transparente. El gesto en sí mismo es vano, fútil, y ella es consciente de eso”. La obra de Magid confronta las narrativas que utilizamos, el horror, la manipulación y la transformación. Suspende el supuesto del horror para abrazar la vida en un sentido no esencialista sino de temporalidad creativa, apunta Méndez Cota.

Hasta aquí, desde el punto de vista de la filosofía, el cristianismo y la bioética, el uso que la artista hizo de los restos no supuso una ofensa, un sacrilegio, una contradicción, se hablaría más de una resacralización (porque ya había existido un traslado previo), de una reapropiación del legado, una reactivación, porque como señaló Jorge Linares, las personas no están en los restos, sólo en la memoria. Sin embargo, desde la perspectiva de la ley judía, representada en este caso por Elisha Coffman, hubo varias faltas pues el cuerpo humano tiene cierta santidad, es sagrado vivo o muerto, se le debe respeto y cuidado, y se prohíbe cualquier tipo de beneficio personal de éste. Para Coffman, cadáver, cenizas y anillo siguen en posesión de la misma santidad. El coordinador del Midrash Or HaDaat pidió a la artista devolver el anillo a la urna.

La sacralización secular

Jorge Linares señala que la simbolización de los restos de una persona es algo diverso y que la categoría de lo sagrado no cae en lo universal, pues está acotado a lo que cada cultura considera que no debe ser tocado, alterado. En el caso del archivo de Barragán, existe la idea, su valor está en el reconocimiento internacional, porque es una idea que se comparte. En este sentido, Méndez Cota enfatizó que la memoria depende de la materia y está directamente ligada a las narrativas que creamos desde las instituciones, “lo sagrado se puede aplicar a la materialidad de la memoria”. ¿La obra resacraliza algo?, se pregunta Gabriela Méndez, “no las cenizas, sino la posibilidad de democratizar el acceso a la cultura como lo es el legado de Barragán”.

Lo sagrado puede dirigirse hacia la fetichización, aquello que no tiene más poder que la experiencia del otro, ¿el anillo es fetiche, es sagrado?, cuestiona Henríquez, para responderse que esto depende de la percepción, de la experiencia, una categoría colonialista que nos remite al problema del otro.

Cualquier tipo de documento, apunta el director de la FFyL, tiene valor por ser la base material de la memoria. En la obra de arte no hay nada que tenga que ser confidencial. Se ha caracterizado por ser transgresora. En este sentido, Gabriela Méndez Cota elaboró dos preguntas pertinentes: preservar, ¿cómo?, ¿para qué? Si la forma de preservar e interpretar cambia, el legado lo hace en consecuencia. Lo que destaca en la obra de Magid es su capacidad para preservar a través de la transformación y no de la preservación intacta. En la preservación de la memoria está también lo oculto, lo que no se comparte y que remite, invariablemente a ejercicios de poder.

La ética y la estética como paradoja

¿La obra debe pasar por una escala de valores?, ¿cuál es el valor?, ¿quién reconoce esa escala de valores, quién los ordena?, se pregunta Juan Carlos Henríquez al intentar responder la pregunta planteada por Jiménez Rentería, si, como señala, no hay escenario humano sin valor. Y los valores, como lo sagrado, están también en relación con la comunidad que los define.

El Archivo de Barragán y La propuesta, como parte del proyecto, tiene una interpelación ética al invitarnos a cuestionar en qué se basa la propiedad del legado cultural, ¿a quién pertenece el legado artístico? Salvo la creencia judía en voz de Coffman, los ponentes no consideraron relevantes las preguntas que tienen que ver con los restos de la persona, pues cada país tiene sus regulaciones. Lo relevante del proyecto de Magid, como obra artística, es acerca de la pertenencia y el acceso al legado, la obra, lo vivo, lugares de experiencia que no están abiertos a todos.

La reflexión desde la mirada del judaísmo señala que si la intención de la artista fue humanizar estructuras y sistemas de poder, como lo señaló la misma Magid, La propuesta contradice la intención inicial, pues al retirar parte de las cenizas le quitó un poco de humano. Paradójicamente, si en la utilidad existió esa intención ética, lo consigue, pues la obra ha detonado la reflexión.

 
Si en algo coinciden cada uno de los participantes que integraron las cuatro mesas de diálogo en torno a la obra de Jill Magid es que ésta supo detonar la reflexión en torno a temas que si bien ya eran materia de discusión no habían alcanzado la proyección mediática que la exposición atrajo. Ingenua, bastarda o legítima, La propuesta seguirá siendo una obra de arte sujeta a la subjetividad del que la observa.

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