La ciudad de Roberto Bolaño

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Un recorrido por calles del centro de la Ciudad de México nos llevó a lugares inmortalizados en Amuleto y Los detectives salvajes

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Ciudad de México (N22/Mario Velázquez).- Ante la imparable incorporación de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-2003) al canon literario, no es de extrañar el constante interés de explorar la vida íntima del escritor. No se puede dejar de lado que dicho interés nace, en parte, gracias a la presencia constante de Bolaño en la mesa de novedades, a más de una década de su muerte. El espíritu de la ciencia ficción (2016) publicado el año pasado es, hasta ahora, el último de sus inéditos. Probablemente este lanzamiento sea la razón por la que la Coordinación de Literatura del INBA organizó el recorrido “Distrito Bolaño”, a cargo del escritor Leonardo Tarifeño, por calles del centro de la Ciudad de México, los lugares que el adolescente Bolaño descubrió y de los que se adueñó junto a esa pandilla de vanguardistas conocidos como infrarrealistas  y con los que nutrió principalmente las novelas Amuleto (1999) y Los detectives salvajes (1998), ambas conectadas con El espíritu de la ciencia ficción; este periodo abarcó de 1968 a 1977. La publicación de El espíritu nos permite entrar a un laboratorio donde el joven Bolaño empezó a trazar los rasgos de ambas novelas en una ciudad en plena ebullición de la contracultura, incluso hay fragmentos que claramente presagian El Tercer Reich (2010), otra novela póstuma de Bolaño.

La cita fue en la actual sede central de Porrúa, en la esquina de Argentina y Donceles, quizá porque en un departamento del primer piso de aquel edificio vivió durante varios años Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes).

Pese a estar citados dos horas antes del mediodía el sol ya era lo bastante intenso para advertir que salir sin sombrero fue un error. Después de hora y media en la que encontramos cerradas las librerías de viejo sobre Donceles, que pese a los constantes robos hormiga de mercancía cometidos en su momento por Bolaño y compañía permanecen y son el elemento más inamovible del paisaje.

Frente a la Alameda Central se evocó el encuentro entre Arturo Belano, alter ego de Bolaño a lo largo de su prosa, y la actriz Jaqueline Andere. Después de seguir caminando por aquellas calles llenas de tiendas de plomería y materiales eléctricos, terminamos frente al café La Habana, uno de los principales cuarteles, junto al departamento de Montané, del infrarrealismo. No hace falta recordar que dicha cafetería también es celebre por ser testigo de los primeros encuentros entre Fidel Castro y Ernesto Guevara. A diferencia del Zúrich de 1916 donde por un lado Lenin y por el otro los dadaístas planearon las revoluciones que le dieron dirección al siglo XX, en México “Los infras” y los guerrilleros que tomarían la Sierra Maestra en Cuba, coincidieron en espacio pero no en tiempo.

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Aunque se entiende que por razones de pragmatismo e incluso de sentido común, del recorrido quedaron fuera importantes escenarios como la colonia Guerrero en la que tanto Bolaño como Belano pasaron más de una noche en sus hoteles de paso. Tampoco se puede obviar la omisión de Ciudad Universitaria, específicamente de la Facultad de Filosofía y Letras, una especie de limbo dentro de la narrativa de Bolaño en el que los aspirantes a poetas podían pasarse la vida buscando y saboreando la aprobación de sus pares deambulando por los talleres literarios que florecieron en los setenta.

Al hablar de El espíritu cabe mencionar que se trata de un libro que podría considerarse apto sólo para incondicionales del chileno, pues al ser una novela inconclusa uno de sus principales valores es el poder identificar los embriones de los personajes y de las  atmósferas tanto de Los detectives como de Amuleto. No sólo eso, en el libro están presentes los tópicos del planeta Bolaño: la metaficción, la reflexión sobre el devenir de la propia literatura, sobre todo de la poesía, la búsqueda detectivesca, la educación sentimental y literaria autodidacta, así como el impulso de aquellos jóvenes que intentaban rebelarse al establishment con sus juegos vanguardistas en las calles del antiguo Distrito Federal.

A mediados de los ochenta el escritor llega a la península Ibérica donde encuentra en Jorge Herralde y en su editorial la confianza necesaria para dedicarse completamente a la literatura. Bolaño decidió no volver a México, pues no quería confrontar un lugar que, entre la memoria y el artificio narrativo, ya no existía. Quiso conservar el mapa que él mismo elaboró en esas tres novelas, acaso un mapa muy cercano y a la vez tan diferente al hecho en Del rigor en la ciencia de Borges.

Los tres libros constituyen una elegía ya no sólo para  el autor que decidió separase de la ciudad de sus memorias adolescentes, sino también para todos aquellos que, conscientes o no de ello, viven en una ciudad que ya no existe.

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