La voz, el territorio que habitamos

Una conversación con Isabel Zapata acerca de Cuando las mujeres fueron pájaros, de Terry Tempest Williams

Ana León / Ciudad de México 

El punto de partida de la historia que nos cuenta Terry Tempest Williams en Cuando las mujeres fueron pájaros. Cincuenta y cuatro variaciones sobre la voz (Antílope, 2021) es el legado: los diarios de su madre y la contundencia de las cientos de hojas en blanco de esos diarios. «Te voy a dejar todos mis cuadernos», le dijo. «Pero prométeme que no vas a verlos hasta que me haya ido». Su madre tenía 54 años. Una semana después murió. 

Entre las mujeres mormonas existe la tradición, lo explica la autora, de escribir diarios, las mujeres “deben” llevar un diario. Su madre lo hizo, pero a su manera. El lienzo en blanco era otra forma de enunciar, desde otro lugar, ¿pero qué lugar era éste?, ¿qué quiso decirle su madre con este gesto, con este silencio de años que no estaba pensado para ella, pero que al final heredaba? El origen y la muerte, la memoria, el silencio, la tierra, la naturaleza, la lucha por el medioambiente y el cuerpo, son las coordenadas que empieza a trazar esta autora en su narración para tratar de explicarse la contradicción de esa ausencia y de esa presencia:

«Los diarios de mi madre son el poder de la ausencia.»

«Los diarios de mi madre son el poder de la presencia.»

Terry Tempest Williams (EE.UU, 1955) luchó junto a los navajo contra Donald Trump.  Terry Tempest Williams adquirió 708 hectáreas en una subasta en Salt Lake City, en la que irrumpió, para mantenerlas a salvo de la extracción de combustibles fósiles. Terry Tempest Williams es escritora y activista medioambiental. Y ambas facetas viven la una de la otra. Y es através de la escritura y de la naturaleza que llega a lo más profundo de su humanidad y la de otros, así como de las relaciones que establecemos con nuestro entorno. 

Para una lectora que no conoce la obra de Terry Tempest, inherente a su vida como activista, ¿cómo introducir a esta autora? Si bien después de leer su libro y algunos artículos en internet, puedo detectar algunas líneas constantes de su escritura, tú como su traductora y lectora, ¿cuáles dirías que son los ejes de la misma? 

Coincido contigo en que Terry Tempest Williams escritora no podría entenderse sin Terry Tempest Williams activista. En su obra estas dos facetas siempre van de la mano, y ella misma ha dicho que la escritura es una manera de luchar por causas que considera importantes, que las palabras son herramientas que ella tiene a la mano y desde donde construye su trinchera. Y no son las únicas, porque Tempest Williams se ha involucrado en el activismo ambiental también desde la academia y ha cometido actos de desobediencia civil, el más reciente en febrero de 2016, cuando decidió pujar en una subasta en la que se vendían terrenos para extraer gas. Los compró para protegerlos, a pesar de que sabía que eso la metería en muchos problemas.

Los ejes de su escritura, diría yo, son la naturaleza y la manera en que estamos vinculados a ella, el poder de la voz y las historias, el proceso del duelo, las redes que se tejen entre mujeres, la transformación como fuerza de vida.

No sé si has leído Voyager (Random House, 2019), de Nona Fernández, pero me pareció muy peculiar que ambas autoras regresen al cuerpo de sus madres, sus memorias, su enfermedad y hagan un juego cuerpo-naturaleza. Para Nona los lapsos de desmayos y consecuente pérdida de memoria de su madre la llevan a hacer una metáfora con las constelaciones, “constelar recuerdos”, dice, y vuelve a la idea de que estamos hechos de polvo de estrellas; y para Terry Tempest, igual, memoria, paisaje, naturaleza, cuerpo, el origen son ideas centrales: la madre y el polvo de estrellas. ¿Dice algo de este momento en la escritura, en lo que va del siglo XXI, esta necesidad de las mujeres de volver a estas relaciones? Tú misma también escribes sobre la naturaleza animal; también pienso en los poemas de Maricela Guerrero; la escritura de Yásnaya Aguilar; la misma Donna Haraway. 

No he leído Voyager, pero ya se me antojó mucho, lo voy a buscar. Creo que, si bien siempre ha habido autoras que tocan estos temas, en los últimos años han recibido más atención,  y por una buena razón: ya no podemos darnos el lujo de ignorar o menospreciar la relación de la humanidad con su entorno.

Contestando más puntualmente a tu pregunta: en mi opinión, el hecho de que las mujeres escritoras estemos reflexionando sobre la maternidad es –entre otras cosas– reflejo de la necesidad que tenemos de conectar con nuestras antepasadas para construir un mundo en el que nuestras hijas puedan vivir. «Una historia es el cordón umbilical entre el pasado, el presente y el futuro», me dijo Terry en una entrevista que le hice en el marco de la FILO del año pasado, y creo que es justo eso lo que está pasando: buscamos en el pasado correspondencias y enseñanzas para mirar hacia el futuro. 

En este contexto, ¿el paisaje “condiciona” la escritura? O, mejor dicho, ¿el lugar desde donde se escribe define la escritura? Te lo pregunto como la lectora que eres y traductora, pero, sobre todo, la mujer que escribe. 

No sé si diría que la define, pero definitivamente juega un papel importante en ella. Yo creo que –para bien y para mal– es imposible sacudirnos nuestro contexto, y en el caso de Terry Tempest Williams esto es muy notorio: ella fue criada en una familia mormona y lleva gran parte de su vida escribiendo desde el desierto de roca roja del sur de Utah: esos son los ecos que resuenan en sus páginas y ése es el paisaje que la conforma en lo más profundo. 

Hay un tema que está presente en el libro y que también abordas en la entrevista que le hiciste a la autora y que se publicó en La Tempestad: lo espiritual. Y pienso en la asociación de lo espiritual cuando se remite al paisaje, pero también el valor de lo espiritual (no religioso) en la escritura y lo tan asociado que está a la escritura femenina y el poco valor que se le da, que se le considera como algo menor. ¿Qué piensas de eso? 

Algo que me encanta de Terry es justamente que se toma “lo espiritual” muy en serio y que no le teme a plantear sus reflexiones y cuestionamiento a partir de eso. Lo pongo entre comillas no por restarle seriedad, sino al contrario: para indicar que bajo ese gran paraguas caben una serie de conocimientos y experiencias que rebasan por mucho a lo religioso y que apuntan hacia los vínculos profundos que existen entre la humanidad y la naturaleza. Vínculos que existen y que tienen gran potencia, aunque durante siglos enteros muchos hayan insistido en eliminarlos o restarles importancia.

Y también está la intuición. Como valores menores que no están alineados, ni domesticados por ninguna técnica. 

Exactamente. Eso también entraría bajo en paraguas de lo espiritual. La intuición es una manera de conocimiento esencial, sobre todo para las mujeres, a pesar de que se nos haya repetido una y otra vez que no cuenta como una fuente de conocimiento lo suficientemente buena. En el contexto en el que vivimos, decirle a las mujeres que lo que están viviendo, experimentando y sintiendo no cuenta o no es confiable tiene consecuencias trágicas.

Hay un puente que ustedes hacen en la edición que es la mirada de Solnit acerca de el texto de Tempest, que me parece fundamental, porque ahí ustedes establecen un diálogo que podría ser bastante cercano para quien haya leído a Solnit y el libro de Tempest, ¿por qué deciden vincularlas? No es un gesto inocente. 

Te refieres al blurb de la contraportada, supongo. Decidimos usar las palabras de Solnit, primero, porque coincidimos plenamente con lo que dice: «la voz de Terry Tempest Williams es como el viento caluroso del desierto que echa fuera la basura de una habitación saturada, dejando tras de sí sólo lo que tiene peso, lo que resulta esencial». También porque ellas dos son amigas y han dialogado de muchas maneras a lo largo de los años: sus intercambios son poderosísimos y nos inspiran. Y por último, porque hemos publicado antes a Solnit y nos interesa establecer estas redes entre nuestras autoras y autores, mostrar que tenemos un catálogo vivo, que se mueve y dialoga.

Aquí me gustaría rescatar el valor de las mujeres en la edición. Pienso en los grandes nombres de la edición: Calasso, Siruela, Herralde, y muchos otros que se me escapan, pero ¿dónde están esos grandes nombres de mujeres en la edición? El tema me interesa más a fondo, pero por ahora, me interesa tu punto de vista sobre lo que una mirada editorial femenina pondera, las voces que potencia. 

¡Este es un tema que da para hablar durante horas! Yo creo que, como todos los ámbitos, la edición también ha estado marcada por el machismo y que eso es algo que está cambiando poco a poco. Hoy en día, al menos desde donde yo estoy parada, gran parte de los proyectos editoriales más interesantes y propositivos están en manos de mujeres, tanto en México como en el resto del mundo. Esto es importante porque somos mujeres dando voz a otras mujeres, abriéndonos espacios unas a otras. Cuando las mujeres fueron pájaros, por ejemplo, es un libro hecho por mujeres: autora, editora, traductora, diseñadora, correctoras, ilustradora…

Y en este sentido: ¿Qué es la voz? es la pregunta que cruza todo el libro. Y la idea de la escritura como un nacimiento, también. Me gustaría preguntarte, para ti como escritora y traductora, ¿qué es la voz? Y luego pensar estas dos ideas relacionadas directamente con el acto de la edición, que pienso tiene todo que ver.

De acuerdo con que esa es la pregunta esencial del libro. La voz es, como la poesía o la felicidad, un concepto que se nos escapa de las manos cuando intentamos atraparlo. Es como un pájaro. Se puede reconocer, decir ahí hay una voz, pero no se puede definir. Ahora, si tuviera que decir qué es la voz para mí, en este momento particular de mi vida, diría que es una especie de huella digital, de marca propia, casi un aroma. Y como bien dices, en mi caso es algo muy relacionado tanto a la traducción como al oficio editorial, que en gran medida no de darle voz a una autora –ésa ya la tiene–, pero sí de ponerle un megáfono enfrente.

Imagen principal: Ilustración de portada de Cuando las mujeres fueron pájaros / Amanda Mijangos

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