Michael Haneke, “Un final feliz”

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Filmada en Calais donde se desplegó un asentamiento de refugiados ocupado por alrededor de diez mil personas, la más reciente película del cineasta austríaco llega a salas de cine el próximo 5 de julio

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Ciudad de México (N22/Ana León).- “¿Sabe usted señor Carrère, qué es lo más difícil aquí? La inercia de las cosas. Se cae uno rápido de las nubes. Se estrella uno al comprobar que esta ciudad no funciona”, escribía Emmanuel Carrère en Calais, en enero de 2016. Esta ciudad portuaria en cuyas cercanías se desplegó un asentamiento migrante ocupado por alrededor de diez mil personas provenientes de Oriente Próximo o África del Este, que buscaban llegar al Reino Unido, es el escenario que Michael Haneke eligió para filmar Un final feliz (2017).

Una ciudad “ancestro de la hotelería de lujo de la Europa, un lujo hoy algo decadente” y de la industria del encaje, sirve como contenedor de la historia de una familia francesa burguesa también en decadencia. Un padre que tiene ganas de morirse (Jean-Louis Trintignant) y no sabe cómo, unos hijos que sólo saben verse a sí mismos y cuyos hijos a su vez dan tumbos entre la confusión de su entorno y la propia; y una ciudad que aparece poco porque todo sucede, casi, al interior. Siendo una familia nuclear, poco saben los unos de los otros, se dice mucho pero no se comunica.

La cinta inicia y termina de la misma forma: un celular graba. Eve (Fantine Haudouin) envenena a su madre con una sobredosis de antidepresivos porque no soporta más sus quejas e hizo que su padre las abandonara. Juega primero con la idea de envenenarla y graba con su celular, observa, hasta que lo consigue. Ahora vive con su padre que no sabe cómo comunicarse con ella, no la entiende; éste a su vez (Mathieu Kassovitz) transita entre el matrimonio, la vida anodina de su mujer al cuidado de su recién nacido y un romance fuera de este vínculo. Su hermana (Isabelle Huppert), es la cabeza de la empresa familiar dedicada al negocio inmobiliario, detalle bastante irónico si recordamos que el enclave migrante que rodeó a la ciudad depreció el valor de la propiedad. Así, vemos a una familia que mantiene su fortuna construyendo casas en una ciudad rodeada de gente que no tiene un lugar para vivir.

El personaje de Huppert (quien junto a Jean-Louis Trintignant, es recurrente en la filmografía de Haneke) lidia a su vez con un hijo (Franz Rogowski) sin aspiraciones, indiferente a todo lo que ocurre a su alrededor como la sociedad de esta película que se mantiene indiferente a “la jungla”, como se llamó al asentamiento migrante que ocupó la periferia de esta localidad al norte de Francia. Los únicos guiños que Haneke hace a la población migrante es cuando ésta es usada como medio para un fin: el padre que le ofrece dinero o su reloj a un grupo de migrantes que transitan por la calle a cambio de un arma; Rogowski que se mofa de la sirvienta en público o que llega a la celebración del compromiso de su madre con un grupo de africanos.

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En esta trama en la que se cuentan cuatro historias las pantallas físicas y metafóricas juegan un papel importante. Aquí, y cayendo en el lugar común, nada es lo que parece. El rostro más tierno del filme, el de Houdouin, es el que nos confronta con las mayores disyuntivas éticas y morales: una pequeña de 13 años que envenena a su madre y que tiempo después

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intenta suicidarse; que confronta la infidelidad de su padre y que entiende que éste no es capaz de amar a nadie más que a sí mismo y lo acepta a cambio de que éste la mantenga a su lado; además de ser la persona en quien el abuelo, el personaje de Jean-Louis Trintignant, haya menos prejuicios y dilemas éticos para que lo ayude a alcanzar su tan deseada muerte.

¿Qué esboza el cine de Haneke? Al igual que en Amor, filme por el que obtuvo el Óscar a Mejor Película en habla no inglesa, el cineasta nos plantea un conflicto que es difícil juzgar y entender, de hecho en una escena, que podría ser una de las más importantes de la cinta, Trintignant le cuenta a su nieta (Haudouin) cómo tuvo que asesinar a su abuela, asfixiándola con la almohada (escena de Amor), porque médicamente no había mucho qué hacer por ella, esto con la intención de que ella le cuente por qué intentó suicidarse. Contrario a esto, la joven le da algo más de lo que él estaba esperando: le revela la ausencia de un sentido de ¿respeto por la vida?, al contarle cómo intentó envenenar a una compañera en un campamento.

Pensamientos turbios y mensajes cifrados van desencadenándose en la pantalla que nos presenta una realidad fragmentada debido a los saltos narrativos elegidos por Haneke, lo que hace también que esa crueldad de alguna manera esté matizada por el peso de la vida cotidiana, del día a día del que el abuelo y la propia nieta intentan escapar. El abuelo, al final, es en el mar –ese mar que separa o conecta a Calais del Reino Unido y que es la razón por la que muchos migrantes se asentaran a orillas de la ciudad queriendo llegar del otro lado– donde encuentra una vía de escape de la realidad, una realidad que se opone diametralmente a la de aquellos que se asentaron en la periferia de esta ciudad.

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