Silencioso tambor de hojalata

  • Oskar me recuerda la dureza e incomprensión de los primeros amores, la ambición de tener una vida vagabunda y llena de experiencias, y la nostalgia de estar atrapado en el tiempo, esa nostalgia que nos obliga a madurar aunque queramos permanecer en la estatura de los tres años y seguir siendo protegidos y mimados por los otros.

Por Adán Medellín 
@adan_medellin              

Distrito Federal, 13/04/15, (N22).-Recuerdo dos momentos en
especial: cuando durante una crisis familiar, escapé de casa a leer su historia
en la banqueta, bajo un farol de la calle y entre el aire de la noche, la
melodía del tambor me confortó aunque hablara de cristales rotos y guisos de
anguilas. La segunda vez, la historia de Oskar me acompañó mientras hacía guardias
en el hospital para cuidar a mi madre enferma de cáncer, y pasé la noche en
vela junto a su cama leyéndole los primeros capítulos.    
Leí por primera vez El tambor de hojalata cuando tenía 18
años. Me fascinó esa mezcla de tragicomedia personal con la historia de la
dominación alemana en Danzig en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Me
encantó que su protagonista, Oskar Matzerath, hubiera decidido dejar de crecer
en estatura cuando tenía tres años, pero sin que su desarrollo intelectual se
detuviera. Era la mente de un hombre en el cuerpo de un niño, con todos sus
favores y desventajas. Me encantó que rompiera cristales por las noches con la
fuerza de su canto o que pudiera conquistar a una chica poniendo sobre sus
manos saliva y dulce polvo efervescente. 

Oskar habla de una época dolorosa de
la historia europea con una mezcla de ironía, inocencia y tragedia al ritmo de
su tambor de hojalata, el juguete que lo acompaña durante toda su vida y que le
permite sobrevivir a una era de destrucción, alienación e ideologías
controladoras.
Detrás de Oskar, encontré la
figura de autor de Günter Grass. En esos primeros años, cuando anhelaba ser
escritor y descubría la literatura y la fuerza de las palabras, Grass se volvió
un guía para mí. Supe que era escultor, poeta y dibujante. Que se había
encerrado a cal y canto, empobrecido, para escribir aquel libro. 

Devoré sus
novelas enormes y desmesuradas, plagadas de ratas y perros que explican la
historia contemporánea, de rodaballos que cuentan las etapas de la humanidad a
través de recetas de cocina cachuba y mujeres. Después caería en la cuenta del
realismo mágico, de sus posturas políticas, de su apoyo al movimiento obrero, de
sus controversias ideológicas y de su función social como conciencia polémica
en la prensa internacional.

No me avergüenza decir que
luego vinieron otras lecturas y nuevas experiencias, y fui dejando a Günter Grass,
pero me quedé siempre con Oskar Matzerath. He releído porciones de El tambor de hojalata varias veces, en
distintos momentos de mi vida. Es un manantial que me alivia en momentos de
cansancio. Es como un viejo amigo con quien vuelvo a encontrarme y retomo una
plática llena de anécdotas conocidas, pero que tiene un tono que no deja de
tocarme y sorprenderme.
Oskar es el amigo pícaro y
un poco enloquecido que me transporta a la tragedia, pero que ilumina parte de
mi camino. Me lleva al otro yo que fui y que estoy siendo. Rememora en mí la
magia de las bombillas eléctricas, de las tiendas de ultramarinos que ya no
conocí, de los grandes circos itinerantes que ahora agonizan. Oskar me recuerda
la dureza e incomprensión de los primeros amores, la ambición de tener una vida
vagabunda y llena de experiencias, y la nostalgia de estar atrapado en el
tiempo, esa nostalgia que nos obliga a madurar aunque queramos permanecer en la
estatura de los tres años y seguir siendo protegidos y mimados por los otros.

No temo decir que Oskar me
ayudó a crecer sin olvidarme que debajo de todos los años vividos, sigo siendo ese
niño caprichoso, manipulador y hambriento de aventuras que él representa. Por
eso he lamentado la noticia de la muerte de Grass, porque el hombre que trajo a
mi amigo a la luz, se ha ido.
Lo lamento porque terminarán sus artículos, sus
dibujos, sus poemas incómodos, su puesta en duda de tantas posiciones y
políticas asumidas en el mundo contemporáneo.

Ahora Oskar, liberado de la
sombra del gran intelectual, dibujante y poeta, puede vivir en paz.
Aunque sé
que desde las primeras páginas de la novela, cuando decidió lanzarse por esas
escaleras y eligió su tambor de hojalata por encima de la vida convencional, ya
estaba haciendo las cosas a su manera.

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