“Ah, did you once see Shelley plain…”: una memorabilia de Reyes y Borges

Ah, did you once see Shelley plain… -dijo en Buenos Aires el escritor Alfonso Reyes a un joven Jorge Luis Borges, que no se tomaba a sí mismo muy en serio. Sólo era 10 años mayor que él pero su elocuencia y sus lecturas le valieron el reconocimiento de maestro por parte del argentino. ¡Ah! Browning -dijo. Entonces Reyes comenzó a tomar más en serio a Borges. Del poema nace la amistad.
El trato entre ellos comenzó en la casa de un amigo común, mentor de Reyes en los años del Ateneo de la Juventud en 1910, el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Era el período en que Reyes fungía como Embajador de México en la Argentina y después de la anécdota pasó muchos domingos con Borges en la residencia oficial conversando sobre las literaturas y la literatura, ambos poseedores de memorias que, cuentan, parecían infinitas. Basta recordar las palabras de Octavio Paz para describir a Alfonso Reyes: …no era sólo un escritor, sino toda una literatura. Y a Borges, capaz de imaginar a Funes el memorioso (Ficciones, 1944), aquél que “Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. (…) En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado…”
En entrevista con el periodista argentino Osvaldo Ferrari, recuperada en el libro Diálogos (Seix Barral, 1992), Borges recuerda el momento en que el poema “Memorabilia” lo había unido con Reyes:
Yo lo conocí en la quinta de Victoria Ocampo, que está, creo, en San Isidro. Lo conocí a Alfonso Reyes, y recordé enseguida a otro poeta mexicano, a (Manuel José) Othón, de quien recuerdo aquel verso: “Veo tu espalda y ya olvidé tu frente”, y después: “Malhaya en el recuerdo y el olvido”. Esto parece de Almafuerte, ¿no? Entonces, Alfonso Reyes me dijo que él había conocido a Othón, que Othón frecuentaba la casa de su padre, el general Reyes, que se hizo matar cuando la Revolución Mexicana. Una muerte bastante parecida a la de mi abuelo, Francisco Borges, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre, en La Verde, en el año 1874. Alfonso Reyes me dijo que había visto muchas veces a Othón; entonces yo me quedé asombrado, porque uno piensa en los autores, y uno piensa en libros; uno no piensa, bueno, que los autores de esos libros eran hombres, y que hubo gente que pudo conocerlos. Yo le dije: Pero, cómo, ¿usted lo conoció a Othón? Entonces Reyes dio, inmediatamente, con la cita adecuada, que eran unos versos de Browning, y me dijo: “Ah, did you once see Shelley plain? (…) Qué curioso, en las novelas japonesas, uno de los hábitos de la gente de la corte es, cuando quieren decir algo, no decirlo directamente, sino citar un verso -chino o japonés- que antecede a lo que quieren decir. Y así se dicen indirectamente las cosas. Y otro mérito es el de reconocer inmediatamente a qué poema se refiere el otro.
El recuerdo, también recogido en el libro Más páginas sobre Alfonso Reyes, Vol. III segunda parte, (J.W. Robb, compilador. Ed. El Colegio Nacional, 1996), tuvo en Borges un aire de “vidas paralelas” y esto nos lleva a la Inglaterra decimonónica.
Robert Browning (1812-1889) fue el hijo único de una familia con muchos recursos económicos. Su madre era pianista y su padre banquero con una afición particular: coleccionar libros raros en idiomas como griego, hebreo, latín, francés, italiano y español, en una biblioteca de más de 6 mil volúmenes. A la edad de cinco años, el pequeño Robert era un lector ávido y escribía sus primeros poemas, aunque no asistía a clases escolarizadas era un entusiasta del conocimiento. A los 13 años un primo le obsequia una antología con poemas de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), de inmediato buscó la obra completa, a los catorce años ya hablaba con fluidez el francés, griego y latín, y se anunció vegetariano y ateo al igual que Shelley. Ya adolescente asistió al University College of London, pero a menos de un año lo abandonó.
De sus varios libros publicados destaca el extenso poema dramático (más de 20 mil líneas) The Ring and the Book(1868), basado en el juicio de un asesinato en la Italia del siglo XVII, fue el que le dio éxito y reconocimiento entre la crítica, las academias y el público. Con su esposa vivió en Venecia hasta la muerte de ella, por años viajó mucho aunque su residencia estuvo en Londres, y murió en la ciudad del Gran Canal. Casi 25 años antes del prestigio, Browning publicó el poema “Memoriabilia”, refiriéndose a la emoción que en su juventud provocó la obra de Percy Shelley:
Ah, did you once see Shelley plain,
And did he stop and speak to you?
And did you speak to him again?
How strange it seems, and new!

But you were living before that,
And you are living after,
And the memory I started at—
My starting moves your laughter!

I crossed a moor, with a name of its own
And a certain use in the world no doubt,
Yet a hand’s-breadth of it shines alone
’Mid the blank miles round about:

For there I picked up on the heather
And there I put inside my breast
A moulted feather, an eagle-feather—
Well, I forget the rest.

Este poema contemplativo y espiritual nace cuando Browning conoció a una persona que había estado con Shelley, cuya fama sólo se dio después de su muerte, ahogado en los mares de Italia. Percy Shelley tuvo una vida muy parecida en ciertos aspectos a la Browning. Shelley fue hijo de una familia muy rica de Sussex, era el heredero del castillo de Goring. Sus primeros años de educación fueron en casa, en 1810 entró al University College of Oxford, año en que publicó su primer libro, la novela gótica Zastrozzi. Al año siguiente publica el panfleto The Necessity of Atheism lo que le vale la expulsión. Su padre intercede, pero Shelley debe retractarse, se niega a ello y pierde la ayuda financiera de la familia. Creyente del “amor libre” se escapa con su novia a Escocia, va y viene a Londres con estancias en Irlanda y deja a la madre de sus hijos por Mary, la hija del filósofo William Godwin que era como su tutor. Otra vez Shelley se fuga con la novia, el objetivo era Ginebra para estar con Lord Byron y su círculo literario. Fue una etapa prolífica para Byron, Percy y Mary, que escribe Frankenstein. Por años la pareja va y viene, siempre en la búsqueda de mejores oportunidades, se vincula con otros escritores como John Keats, hasta que vuelve con Byron y otros amigos a Italia con la idea de editar un periódico, allí muere  Shelley a la edad de 30 años. Entre sus obras más famosas están Ozymandias, Oda al viento del Oeste y La máscara de Anarquía, entre otras.  A ese poeta admiró Robert Browning en su juventud, tenía 10 años cuando Shelley naufragaba en el mar. El hecho es que ambos influyeron en los poetas posteriores de lengua inglesa, como T. S. Elliot y Ezra Pound, incluso en pensadores como Karl Marx. Esa era parte de la tradición literaria dominada por Reyes y Borges, este último escribió en el libro La rosa profunda (1975) el poema “Browning resuelve ser poeta”
Por estos rojos laberintos de Londres
descubro que he elegido
la más curiosa de las profesiones humanas,
salvo que todas, a su modo, lo son.
Como los alquimistas
que buscaron la piedra filosofal
en el azogue fugitivo,
haré que las comunes palabras
-naipes marcados del tahúr, moneda de la plebe-
rindan la magia que fue suya
cuando Thor era el numen y el estrépito,
el trueno y la plegaria.
En el dialecto de hoy
diré a mi vez las cosas eternas;
trataré de no ser indigno
del gran eco de Byron.
Este polvo que soy será invulnerable.
Si una mujer comparte mi amor
mi verso rozará la décima esfera de los cielos concéntricos;
si una mujer desdeña mi amor
haré de mi tristeza una música,
un alto río que siga resonando en el tiempo.
Viviré de olvidarme.
Seré la cara que entreveo y olvido,
seré Judas que acepta
la divina misión de ser traidor,
seré Calibán en la ciénaga,
seré un soldado mercenario que muere
sin temor y sin fe,
seré Polícrates que ve con espanto
el anillo devuelto por el destino,
seré el amigo que me odia.
El persa me dará el ruiseñor y Roma la espada.
Máscaras, agonías, resurrecciones,
destejerán y tejerán mi suerte

y alguna vez seré Robert Browning.
Se respira en el aliento del poema de Borges esa especie de memoria a la que alude Browning en “Memorabilia”, donde el encuentro con un hombre que ha estado con Shelley, tiene importancia en que este hombre fue una vez físicamente con Shelley y ahora está con Browning, de la misma manera entre Othón y Borges a través de Reyes. Pero además, el inglés se refiere claramente a la memoria que también detona un objeto físico, el águila se ha ido y una sola pluma es testimonio del encuentro. Hay entonces, no un sentimiento de nostalgia y sí un sentimiento de distancia y pérdida, como experimentaría Borges pocos años antes de publicar “Browning resuelve ser poeta”.
En 1973 cuando se conforma el primer premio literario Alfonso Reyes, se resuelve que sea Jorge Luis Borges quien reciba la distinción, por ello es invitado a su primera visita en México. El escritor argentino que por causa de la ceguera había decidido volver a la poesía porque se le facilitaba la creación y la memoria, solicitó que el viaje fuera breve y discreto, algo que no ocurrió. Al llegar a México, la algarabía; conversó con muchas personas que le recordaron a su maestro Reyes (quien por cierto, había nacido en 1889, mismo año de la muerte de Robert Browning y también, año en que Borges cuenta el deceso de Irineo Funes, de una congestión pulmonar).
En el libro Páginas sobre Alfonso Reyes Vol. 1 Primera parte (Alfonso Rangel Guerra, compilador. Colegio Nacional, 1996), se recuperan esta palabras del escritor mexicano: “…recordar una sola cosa cualquiera, es olvidarse de lo demás del mundo”. No sabremos si en la enorme memoria de Borges esta frase llegó a su mente, o si pensaba en el poema “In memoriam A.R.” (El Hacedor, 1960) que le dedicó a su maestro, pero al llegar a la Capilla Alfonsina varios minutos antes de recibir el premio, la poesía apareció. Entró a la biblioteca de Reyes y pidió lo dejaran un momento en silencio. El viejo ciego estuvo ahí parado con bastón en mano, respirando la pluma del águila, y en algo que pareció un sollozo, se murmuró:
“Ah, did you once see Shelley plain…”
12NC

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