Realidades superpuestas: El mundo virtual que influye en nosotros

Un recorrido por el Festival Internacional Inmersiva 2

Ciudad de México (N22/Alejandro Miravete).- En el Centro de Cultura Digital, ubicado en Paseo de la Reforma debajo de la Estela de luz, se presentó el Festival Internacional Inmersiva 2. Se trata de un encuentro en donde la ciencia, el arte y la tecnología converge con el pensamiento y la reflexión. La muestra pretende transfigurar nuestro sentido del Yo en este planeta, y cuestionarnos quiénes somos y qué estamos haciendo con el mundo que habitamos, en una actualidad donde todo es tan inmediato, superficial y desbordante que difícilmente nos detenemos a pensar en el impacto de nuestros actos en el futuro que estamos construyendo, el futuro de un ente pequeño en un planeta al que explotamos sin agravio.

Después de consolidarse en su edición pasada como un festival internacional, Inmersiva explora nuestra capacidad sensorial a través de la realidad virtual (RV). Fieles a su lema “Otros sentidos, Otras realidades”, Inmersiva pretende cuestionar la veracidad de la realidad en la que existimos, poniendo a prueba nuestros sentidos mediante la investigación sensorial, al mismo tiempo que abre un espacio de reflexión intrapersonal, simultáneo a la experiencia que estamos viviendo.

La definición de “inmersión” nos dice que es introducir un ente sólido a un cuerpo líquido, el ejemplo más común es el de los buzos sumergiéndose en el agua. Si hablamos metafóricamente, los seres humanos nos percibimos como entes sólidos que habitan la Tierra, así que “cuerpos líquidos” son todas las ideas y todo lo abstracto en las que nos sumergimos día con día. Percibimos la realidad que nos rodea gracias a nuestros sentidos, pero nuestros sentidos son tan solo el vehículo que nos permite interactuar con todo lo ajeno a nosotros mismos; son nuestras ideas preconcebidas, creencias y anhelos lo que nos permite darle sentido a la realidad. Es por ello, que nos rigen leyes abstractas e intangibles, como el tiempo. Ni siquiera sabemos si el tiempo tal y como lo entendemos existe, o si es solo una convención humana para ser capaces de organizar nuestros actos y tratar de trascender con ellos. En la actualidad estamos inmersos en el ahora, gracias a la publicidad, los medios de comunicación, la política, la religión, los estereotipos y otros conceptos que nos aseguran incuestionables, desde hace muchos años.

Entre las obras expuestas en este corto festival de cuatro días, una de mis favoritas fue la Instalación Inmersiva Audiovisual: un cuarto donde solo estaba una luz sepia muy tenue, proveniente de una lámpara junto a un sillón, una mesa de noche, un maniquí y una maqueta de la fachada de un edificio. Al principio parece que no pasa nada, se observa el espacio en la obscuridad sin obtener ninguna sensación. Sin embargo, el cuarto estaba repleto de proyectores que apuntaban a las paredes, y al interactuar con alguno de estos objetos la habitación se llenaba de luces y sonidos, figuras que se construían y destruían súbitamente, para ver el nacimiento de nuevas formas. Estelas de luz, estrellas, grietas que subían por la pared, personajes afligidos tratando de escapar de los muros. Una muestra oscura y surreal, que podría interpretarse como la angustia por sentirse atrapado, es un grito ahogado esperando ser escuchado para adquirir un mínimo sentido de libertad.

La sala que para mí fue un parteaguas en la exposición es la que alojaba Hyper_D. Una proyección de RV de seis minutos, en el que se observaba un escenario postapocalíptico debido a las consecuencias del cambio climático y la explotación desmedida de recursos naturales. La mejor descripción es aquella dada por su autora, Malitzin Cortés: “¿Qué historias podrían contar los objetos si tuvieran la voz para hacerlo? ¿Cómo narrarían la huella humana por el mundo y su impacto?; los cambios en sus capas, el agotamiento.”

Pude sumergirme en esa realidad en la que el ser humano vive en habitáculos, donde tiene que crear sus propias plantas para respirar y sobrevivir gracias a de comida transgénica enlatada. Se nota el paso del tiempo y el avance de la tecnología sobre nosotros. Pero también la decadencia, la prisión creada al destruir nuestro mundo. Observé con detalle cada rincón, las incubadoras de plantas y alimentos, y lo que parecía una mesa de laboratorio para crear medicamentos. Encontré una metralleta futurista en el sillón que utilizaba a modo de cama. Era como un refugio de guerra a la espera de lo inevitable. Entonces, sucedió. Mis sentidos se agudizaron cuando escuché la alerta y el toque de queda. ¡Tenía que escapar! Pero ¿a dónde? Mi habitáculo era lo único que tenía. Trataba de asomarme al mundo exterior, pero no había ventanas. Quizás ni siquiera había mundo exterior. Y al final presencié una enorme y ruidosa explosión que invadió los metros cuadrados que habitaba. El estruendo me hizo cerrar los ojos para intentar escapar de ese mundo, pero aún podía escuchar todo con los audífonos envolventes usados en la muestra. Entonces abrí los ojos, y pude presenciar mi muerte, o aquello que quedaba de mí. Una tormenta infinita de arena, con un ruido similar al de un televisor analógico sin señal. Ruido blanco. Era yo un ente inmerso, sumergido en un mundo sin tiempo, sin espacio, sin sentido.

Quitarme los visores significó volver a mi ¿realidad? y mirar ansioso a las demás personas no se podían contenerse. Entonces las preguntas fluyeron incesantes: ¿cuánto tiempo nos a la humanidad? Buscamos hacer habitables otros planetas mientras destruimos el que es perfecto para nosotros. ¿Qué quedará cuando nos alcancen nuestros errores y no soportemos más el peso de nuestros actos? Quizás entonces tengamos que contar historias del pasado para tratar de no olvidar lo que fuimos. Quizás tengamos que aceptar vivir en habitáculos diseñados para nuestra supervivencia, con pequeños invernaderos y alimentos transgénicos. Quizás tengamos que estar inmersos en realidades mejores a la nuestra, observándolas a través de un visor… O quizás podamos cambiar, antes de que sea demasiado tarde.

Imágenes: © Alejandro Miravete