La vida a ratos de Juan Jóse Millás

“Todo es normal, todo parece anodino hasta que, al volver una esquina de la realidad, aparece lo extraordinario, lo surrealista. Y nos deslumbra.”

Ciudad de México (N22 / Víctor Gaspar).- Nuestros miedos, neurosis, manías, paseos por la ciudad, viajes en el metro, toda esa cotidianidad íntima es llevada a una novela en donde el personaje central también se llama Juan José Millás. El escritor hilvana estos momentos en La vida a ratos, una novela que sale bajo el sello editorial Alfaguara.

Platicamos con el escritor español a propósito de su nueva publicación.

Lo que cuento ahí es mi propia vida, mis hábitos, y mis rutinas se vuelven siempre en los mismos espacios. Yo doy un taller de escritura creativa habitualmente, que está ahí. Yo voy a mi psicoanalista habitualmente, que está ahí. Yo viajo en metro habitualmente, está ahí. Yo me tomo un gin tonic a la caída de la tarde observando el paso de la gente por la calle. Yo estoy en mi casa, me relaciono con mi mujer y con mis hijos, y todos esos espacios, una vez que los ordené en un libro para su publicación, me di cuenta de que cada uno de ellos era un hilo narrativo que casi constituía una novela corta en sí mismo.

De manera que podríamos haber hecho un índice que dijera: si a usted solamente le interesan los talleres de escritura narrativa, lea esta página. O si a usted solamente le interesan las sesiones de psicoanálisis, lea esta página, y habría sido un índice posible. Lo que pasa es que todos esos espacios que circulan de forma paralela al final acaban contaminándose unos a otros y se acaban trenzando y forman un artefacto único. Pero es vida cotidiana, vida normal, por lo tanto, vida misteriosa porque lo misterioso anida en lo normal. 

Es vida vista a través del agujero de la cerradura, quiero decir que yo he colocado al lector en esa posición, en la posición del que está observando la intimidad de otro sin que el otro lo sepa. ¿Qué ocurre cuando alguien se asoma a la intimidad de otro?, que se está asomando a su propia intimidad. Es decir, al mirón no le gusta ver a otro, al mirón lo que le gusta es verse a sí mismo. Lo que pasa es que como no se puede ver a sí mismo, directamente, ve a otro.

La intimidad de los otros nos resulta muy fascinante. Yo no sé si han estado en alguna de esas ciudades que tienen muy poca luz y que en las casas no tienen cortinas, como ocurre por ejemplo en el centro de Europa. Si uno pasea por la noche por las calles y ve las ventanas iluminadas como escaparates, y ve dentro las escenas de la vida doméstica: la gente preparándose para la cena, la gente viendo la televisión. Esto también se ve si estás en un hotel, te asomas a la ventana del hotel y ves todas esas ventanas como si fueran pantallas de televisión, donde se están desarrollando vidas diferentes que son idénticas. Eso nos produce una fascinación tremenda, pero no es la fascinación de lo raro que son los otros, sino de lo raro que somos nosotros que hacemos lo mismo que ellos. 

Distancias, miradas, fascinaciones, intimidades… ¿Hemos perdido la capacidad de vincularnos con el mundo, o al menos de vincularnos con ese mundo cotidiano? 

Quizá hemos perdido mirada. Yo siempre digo en los talleres de escritura a los alumnos: “Desconfía de esos talleres que dicen cómo se construye un personaje, cómo se construye un diálogo, cómo se escribe…” porque realmente todo eso no sirve de nada o eso se aprende en muy poco tiempo. Lo difícil es tener una mirada original, es decir, lo difícil es encontrar el emplazamiento de cámara adecuado para que la realidad nos revele sus secretos.

Ese espacio, ese emplazamiento de cámara, cuando uno lo encuentra, se da cuenta de que es un espacio moral. Era Trifón el que decía que el emplazamiento de cámara o de travelling eran una decisión de orden moral. Tú le puedes enseñar a un alumno cómo se construyen los diálogos y no será un buen escritor. Pero si le enseñas a mirar, si le enseñas a desaprender todo lo que la cultura -entendida en el peor sentido de la palabra- ha lanzado sobre él para que se encuentre de nuevo con la inocencia. Es decir, sin inocencia no se puede escribir. Hace falta el grado de inocencia de un niño para que las cosas, en apariencia más normales, produzcan asombro. En ese sentido el escritor debe de reunir dos personalidades que casi son excluyentes: por un lado, debe ser una especie de tonto al que todo le produzca asombro, pero luego debe de ser un listo que sea capaz de recoger esos materiales que le han producido asombro y articularlos y ordenarlos para dárselos al lector como dios manda. Esto es lo que hemos perdido, porque la globalización ha globalizado también la mirada; porque las redes sociales unifican la mirada, crean clichés y, por lo tanto, cada día es más difícil salirse del rebaño para observarte con perspectiva.

Usted habla de cierta distancia, de cierto emplazamiento visual y moral. Pero más allá también está hablando de categorías filosóficas, ontológicas: quién soy yo ante el mundo y cómo me muevo en ese mundo. ¿De dónde se nutre usted?, ¿Su reflexión surge de esos ratos de vida que se aluden en el título del libro? 

Yo me nutro de lo que me ocurre en la vida cotidiana y de lo que le ocurre la gente que está cerca de mí en la vida cotidiana, y de mis lecturas. Es decir, no se puede escribir sin ser un lector enfermizo, sin ser un lector patológico. La lectura es el combustible de la escritura. Una vez asentado eso, uno va por la vida siempre pensando cómo contaría yo esto. Cualquier situación cotidiana que me ocurre en el metro, en el autobús, enseguida pienso cómo contaría yo esto.

Del mismo modo que un médico que está en una conferencia, si alguien se pone enfermo enseguida acude y se pregunta cómo arreglaría yo esto, el escritor va por la calle preguntándose cómo contaría yo esto. Por eso yo decía hace poco, de broma, en una conferencia, porque estaba dando una conferencia donde alguien se desmayó – estaba muy lleno, había gente de pie, hacía mucho calor y de repente alguien se desmayó- Y entonces enseguida, desde la mesa, se preguntó si había algún médico. Yo dije, bueno, porque siempre se pregunta si hay un médico entre los presentes y no se pregunta si hay algún escritor entre los presentes. ¿Para qué? para que lo cuente. Está bien que haya un médico para que lo cure, puede haber un escritor para que lo cuente.

¿Cree usted que tenemos conflictos actualmente con nuestra intimidad como seres humanos en el entorno cultural que hemos diseñado y del que participamos, en nuestra manera de ver y en la realidad globalizada?

La idea de intimidad está cambiando porque las nuevas tecnologías han convertido la intimidad en “extimidad”. Es decir, la han sacado fuera. Mi móvil sabe perfectamente dónde estoy yo en cada momento. Esta mañana yo he aterrizado en México y mi aparato sabía antes que yo que ya estábamos en México, porque yo estaba dormido. Hay un cambio en lo que considerábamos intimidad, que no es exactamente lo mismo que lo privado. Ahí hay una confusión entre lo privado y lo íntimo, hay una confusión, pero yo creo que tanto en lo privado como lo íntimo están saliendo a la luz través de estas tecnologías, y hay una especie de exhibición permanente, yo creo que más que de lo privado, de lo íntimo. Hay gente que no tiene vida privada, hay gente que solamente tiene vida íntima.

¿Cómo están impactando estas nuevas tecnologías en el fuero interno del individuo actualmente? ¿Cómo modifica al escritor y cómo modifica al lector?

Yo creo que tenemos este fenómeno excesivamente pegado a los ojos y nos falta perspectiva todavía para verlo. Pero es evidente que esto que llamamos nuevas tecnologías está cambiando y va a cambiar aceleradamente el mundo en el que vivimos y el mundo tal como lo hemos conocido.

Hace dos días hallé una noticia según la cual el 80% de los trabajos del año 2030, -el año 2030 está ya en la esquina- 80% de los trabajos en el año 2030 todavía no existen. Es decir que la gente, cuando nosotros éramos jóvenes sabíamos en qué íbamos a trabajar. Ahora la gente no sabe en qué va a trabajar porque los trabajos en los que va a trabajar no existen.

Esto es tremendo si lo piensas y eso implica que tampoco sabemos cómo educar y por eso hay tanta confusión en educación, porque estamos educando a gente para un mundo que no existirá, para un mundo que ya incluso para el que la política y los políticos actúan como si vivieran todavía en el Siglo XIX o principios del XX, que hay un desfase entre por dónde va la realidad y por dónde va la percepción de la realidad por parte de la política.

Es decir, es una perspectiva de incertidumbre…

Sí, es una época de mucha incertidumbre, como todas las épocas en las que ha habido un cambio de paradigma importante, como lo hubo en la Revolución Industrial, por ejemplo. Solamente que el cambio de paradigma en el que estamos viviendo ahora no se parece a ningún otro. Si vamos a la historia en busca de un cambio de paradigma que se parezca a este, no lo encontraremos. Ni la revolución industrial, ni la imprenta, no hay nada que se parezca a esto.

Encontraríamos algo semejante en la prehistoria, por ejemplo, en la domesticación del fuego. Eso sí implicó ese cambio de paradigma que trajo la domesticación del fuego sí lo cambio todo como está cambiando hoy todo el asunto de las tecnologías.  

¿Qué piensa de la intimidad que un lector tiene con el libro?

Leemos en cierto modo para identificarnos con los héroes o antihéroes de las novelas, porque ellos nos explican nuestra propia vida. Es verdad que cuando alguien lee, está poniendo en juego su propia intimidad al relacionarla con los personajes. De hecho, un lector es un personaje más de un libro, es un personaje que está ahí como fantasma. Es decir, los personajes del libro no se dan cuenta que está ahí, pero es un fantasma que forma parte de esa realidad.

¿Qué posibilidades le ve a la literatura y al periodismo para de alguna manera enfrentar con un poco más de certidumbre la incertidumbre que se nos plantea el horizonte?

El periodismo y la literatura tienen que hacer algo que han hecho siempre: constituirse en representaciones de la realidad, explicar el mundo. Para esto ha servido la literatura y para esto ha servido el periodismo, por dos vías distintas, pero los dos han hecho lo mismo.

Yo pienso que se está produciendo hoy en día un malentendido que es el de confundir los datos con la información. Nosotros creemos que somos personas muy informadas porque tenemos muchos datos. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos no hacemos más que recibir datos. Si compramos el periódico de papel a las nueve de la mañana, ese periódico ya es viejo. Nosotros sabemos más que él porque nosotros antes de salir de casa ya hemos escuchado en la radio o visto la televisión, hemos entrado en internet, y entonces acumulamos datos y creemos que estamos informados. Pero lo cierto es que los datos no se convierten en información hasta que se articulan, es decir, hasta que se ponen al servicio de sentido. Esto es lo que debería preocupar, yo creo, al periodismo actual. No dar datos porque los datos ya los tiene la gente por mil sitios, sino articular los datos. Yo creo que hoy tendría mucho éxito un periódico que fuera interpretativo, un periódico que no le dijera al público lo que ya sabe, sino que interpretara lo que ya sabe.

Explicar un poco en la realidad en el mismo sentido que en algún momento lo hizo Roland Barthes a través de esa colección de textos titulada Mitologías…

Claro. Proponer un debate a través de cualquier ensayista, pero también cualquier novelista por otros medios, porque la novela es metáfora de la realidad o no es nada.

Reivindica usted entonces el potencial de la novela para hacer una fuente de conocimiento humanizante…

Lo ha sido siempre. La primera información que el ser humano obtuvo sobre la realidad no fue un información que venía de un registro ensayístico, sino que venía del cuento. En tiempos ancestrales la gente se reunía al final del día alrededor del fuego para escuchar historias, para escuchar los cuentos, la tradición oral, los cuentos que llamamos populares. No se reunían porque se pasarán un buen rato, se pasaba un buen rato porque los cuentos eran buenos. Pero la función principal era transmitir a los oyentes una información precisa sobre la realidad.

Aquellos cuento sobre Hansel y Gretel o sobre La Cenicienta, tantos y tantos cuentos que están hoy ya muy analizados, lo que transmitían al oyente era información sobre la realidad. De manera que la primera información que le llega al ser humano sobre la realidad le llega en forma de mito, le llega en forma de cuento. Nosotros no somos hijos de la razón, nosotros somos hijos del cuento porque lo primero que escuchamos sobre la realidad no fue de tono ensayístico, fue de tono cuentístico. Venimos de ahí, del cuento y del mito fundamentalmente. Por lo tanto, la novela y el cuento en nuestros días tienen que cumplir una función muy diferente de la que cumplía en aquellos tiempos remotos.

Imagen: Fran López Galán ( https://twitter.com/franlopezgalan/status/1171047221242015744 )