Fin de ruta: Humboldt 250

Caminar no sólo para recordar la figura de un científico universal, caminar para ser conscientes de la manera en la que hemos llevado nuestro entorno natural al borde del colapso 

Estado de México (N22/Ana León).- Son las 3:45 am, aún es de noche. Una camioneta aparca afuera de casa, mis compañeros de ruta me esperan. Salimos a las cuatro en punto rumbo a Zaragoza de Guadalupe. Desde que tomamos la carretera la niebla nos acompaña. Hace frío. Bebo café, uno de ellos un yogur, el otro nada. Llegamos a Calimaya, hay caballos apostados afuera de las casas, perros dormidos en la calle y milpas, muchas milpas. Un camino de terracería nos indica que estamos cerca de nuestro destino: la deportiva Zaragoza de Guadalupe. Ahí nos encontramos con el grupo con el que haremos la Ruta Humboldt organizada por el Goethe Institut Mexiko. En la oscuridad nos encontramos y empezamos a ser cómplices de esta aventura. Poner el cuerpo en medio de la naturaleza siempre lo es. 


La travesía inició el martes 10 de septiembre y su segunda  y última etapa se realizó el sábado 14, coincidiendo con los 250 años del nacimiento de este gran explorador, científico y naturalista: Alexander von Humboldt. Así que nos lanzamos de nuevo al exterior para aprehender la forma en que este estudioso, uno de los pocos que mantuvo ese saber enciclopédico, creaba conocimiento, es decir, a través de la experiencia, de la vivencia. 


Ocho puntos en el mapa marcan la ruta. La caminata será corta, 20 km, pero son los 4 mil 200 metros de altura que alcanzaremos los que harán mella en nuestras fuerzas, no así en nuestro ánimo. A las seis de la mañana salimos todos juntos. Algunas lámparas alumbran la ruta rodeada de verde por todas partes. Con ansias esperamos el amanecer, aunque este no es tan espectacular como esperamos pues las nubes cierran el paso de los rayos del sol. 


Dos perros acompañan el trayecto. Más adelante nos dividiremos en dos grupos. El primero lleva un ritmo envidiable; el segundo, hace muchas paradas. Andamos entre árboles que no sé a qué especies pertenecen; pasamos un sembradío que no sé de qué es. A todos nos asombra el paisaje, tanto que ver que no alcanzan los ojos, pero me desespera un poco la falta de conocimiento de la flora y el que no se haya pensado en un guía que nos indicara no sólo el camino, sino también el nombre de aquello que vemos. 

Difícil resulta no pensar en los retos a los que se enfrentó este explorador en sus expediciones. ¿Cómo afrontar el clima al que nos recibe ahora sin toda la indumentaria que nos cubre, sin todas las provisiones y bebidas energéticas con las que nos hemos abastecido, sin el calzado “adecuado”? Se sabe que Humboldt recorrió América de 1799 a 1804 y que en su trayecto subió una montaña más alta que ésta, el Chimborazo, a 6 mil 310 metros sobre el nivel del mar, en Ecuador. Nosotros escalamos 2 mil 110 metros menos. 

Humboldt veía la naturaleza como un todo, y debía ser experimentada y sentida para conocerla. Una de sus metas fue que todas las personas la amaran y justo esta caminata evoca un poco eso, esas ganas de hacerse uno con el paisaje, de entenderlo a través de la experiencia. «Su nombre lo tienen 19 especies de animales, 17 de plantas, dos glaciares, ocho montañas, un río, dos asteroides, un mar lunar, un cráter lunar, un aeropuerto e innumerables escuelas». 

A Humboldt se le deben innumerables hallazgos, pero uno de los más importantes es que el hombre puede cambiar el clima, algo que para nosotros no es una idea nueva; sin embargo, sí una alerta de que esto que ahora vemos y de lo que nos maravillamos tal vez no sea visto ya por generaciones futuras. 


Estamos en la sexta extinción masiva, cinco extinciones masivas previas han transformado la flora y la fauna, en ésta “lo nuevo” es que el cambio lo hemos provocado nosotros, hemos destruido el hábitat de diferentes especies y las hemos llevado al borde de la extinción: 5 mil 200 se encuentran hoy en peligro. Una caminita como esta podría parecer inocente, incluso hasta ingenua, pero es este ejercicio el intento por una vinculación con el entorno más allá del activismo en redes sociales. El salir y caminar el espacio, conocer sus posibilidades y la manera en que lo hemos modificado y la posibilidad real de que todo esto esté a punto de desaparecer.  

Todas las imágenes: © Ana León