Un periodista al servicio del poder

¿Cómo ha cambiado la relación entre la prensa y el poder? Desde la novela histórica, el escritor mexicano Enrique Serna dibuja a detalle a Carlos Denegri, uno de los periodistas más influyentes de mediados del siglo XX

Ciudad de México (N22/Guadalupe Alonso).- El vendedor de silencio, la más reciente entrega del escritor Enrique Serna, retrata la vida de uno de los personajes más controvertidos en la escena del periodismo de las décadas que van de 1940 a 1960. Tras una ardua investigación en archivos de la hemeroteca y testigos cercanos a su protagonista, Enrique Serna escribe una espléndida novela en la que se cruzan la vida de Denegri, una historia de amor y las relaciones entre la prensa y el poder del México en aquellos años. Enseguida una conversación con el autor. 

¿Cómo te acercaste a este personaje, qué te atrajo?

Hace más de 25 años cuando leí las primeras anécdotas de Denegri contadas por sus contemporáneos, me sorprendió que hubiera podido existir un personaje tan soberbio y al mismo tiempo tan vulnerable. Denegri era un hombre intoxicado de poder, tanto en el ejercicio de su profesión como en la vida conyugal, pero tenía un talón de Aquiles. su debilidad de carácter. Una debilidad que lo arrastraba hacia el despeñadero con más fuerza incluso que la ambición. Entonces se me ocurrió que un personaje así ameritaba un tratamiento novelesco porque la novela es el teatro donde los seres humanos libran ese tipo de luchas con sus demonios. Y para reproducir esa intimidad, también tenía que hacer una reconstrucción de la época porque un periodista mercenario tan exitoso como Denegri solo pudo haber surgido en el seno de una dictadura de partido que sobornaba a los periodistas o los reprimía cuando se querían salir de huacal. 

La novela tiene como telón de fondo el proceso degenerativo de un régimen político que llegó al poder a balazos, creó un monolito invencible y, salvo el  paréntesis del liderazgo ético del gobierno de Lázaro Cárdenas, nunca pudo renunciar a su ADN autoritario y necesitaba, por eso mismo, una prensa sumisa que le rindiera culto al Sr. Presidente, ese culto a la personalidad tan grotesco en esa época y que fue lo que permitió que personajes como Denegri medraran.  

¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Cuáles fueron tus principales fuentes?

Denegri tiene una leyenda negra que estaba dispersa en testimonios publicados de gente que lo conoció, pero también iba de boca en boca. Pensé que mi tarea debía consistir en reunir los fragmentos de esa leyenda y, al mismo tiempo, hacer una columna vertebral de causas y efectos para mostrar cómo fue ese envilecimiento gradual de un hombre que en su juventud era un idealista, con ideales de justicia social, hasta llegar a ser en lo que se convirtió. Tuve también que recabar testimonios que me permitieron iluminar algunos aspectos desconocidos del personaje, por ejemplo, su actuación en la Guerra Civil Española y el misterio de dónde surge su misoginia crónica, que lo averigüé gracias a lo que me contó su hija Pilar. 

Uno de los testimonios más importantes

Sin duda, porque ella tenía acceso a todos los secretos de la familia.  

¿Qué descubriste en el trayecto de esta investigación que te haya sorprendido? 

A mí me atraía, debo confesarlo, hacer una investigación de la maldad, de cómo se va gestando en el alma de un hombre esta vileza. Creo es un sentimiento parecido al de un niño que quiere desollar a una lagartija para ver lo que tiene dentro. Es un trabajo que me exigía una compenetración emocional con el personaje, por siniestro que haya sido, porque quería que esta novela fuera narrada desde la conciencia de Denegri. Fue un proceso lento porque tenía que ver con las cosas que iba averiguando del personaje, novedades que de pronto me parecía que podían caber aquí y allá porque enriquecía al personaje. Y así fue evolucionando la historia.  

¿Te encontraste con algún rasgo del personaje que fuera inesperado? 

Sí, el origen de la misoginia crónica de Carlos Denegri.  

¿De dónde provenía? 

Eso no lo puedo decir porque le echaría a perder la novela a los lectores.          

¿Qué te ha impulsado a tratar personajes como López de Santana y ahora Denegri?  

La investigación de la maldad. Creo que es una veta literaria muy rica y que ha dado grandes obras del teatro universal, como los dramas de Shakespeare: Macbeth, Ricardo III, o Crimen y castigo, de Dostoievski. En la literatura mexicana, por supuesto, Pedro Páramo, que es la radiografía de un cacique sanguinario en un pueblito de Jalisco. Me parecía que era muy atractiva esa historia detrás de Denegri y él como personaje, con estos conflictos tan tremendos que tenía. Eso fue lo que me impulsó a escribir.  

¿A que estirpe de la sociedad mexicana perteneció este personaje?

Él pertenecía a la estirpe de los cachorros de la revolución que en el sexenio de Miguel Alemán regentearon la industrialización del país y se enriquecieron mediante la rapiña a costa del erario público. Denegri era hijastro de un político que fue Secretario de Agricultura en tiempos de Obregón y de Industria y Comercio en tiempos de Portes Gil. Esos juniors sentían que la revolución era su propiedad privada y que tenían que explotarla lo mejor que se pudiera. Él entra de manera muy natural en esa camada del sexenio alemanista que fue su época de gloria. Y creo que eso explica también cuáles son las ambiciones del personaje, porque había vivido de niño con el boato de un secretario de estado, con guardaespaldas y demás. Me imagino que quería igualar o superar al padre, pero como no pudo hacerlo en el mundo del servicio exterior por las tropelías que cometió en Madrid durante la Guerra Civil, optó por el periodismo, para lo cual estaba muy bien preparado porque hablaba varias lenguas.  

Sin duda, un personaje lleno de claroscuros. ¿Qué te implicó delinear a tu protagonista? 

Lo más complicado fue montar las bisagras que unen a su vida pública con su vida privada, porque si me hubiera limitado solo a contar la vida pública del personaje, pues eso lo hacen mejor los historiadores. Yo tenía que mostrar cómo una esfera repercutía en la otra. Hay una correspondencia muy clara entre la misoginia patológica de Denegri y el carácter autoritario del régimen al que sirvió. En parte, esa impunidad de la que él gozaba —decía Julio Scherer que Denegri tenía una impunidad igual a la del Presidente de la República— lo llevaba a sentir que podía atropellar terriblemente a sus parejas y salir impune, porque nunca iba a ser castigado. Así es como se van mezclando esas dos esferas en la vida de Denegri.  

La soberbia y el poder que lo envolvían en contraste con un devoto de la religión que ayudaba a la gente y que tenía actos de contrición… 

Creo que era un creyente sincero que después de cometer barbaridades tenía crisis de arrepentimiento y sentía la necesidad de expiar su conciencia. Claro, si pensamos en la fama pública que tenía, podrían parecer un poco cínicos muchos de esos artículos, una especie de fervorines religiosos donde hablaba de los sufrimientos de Cristo en el via crucis durante la Semana Santa. Llegó a ser, además, muy amigo de Monseñor Luis María Martínez. Y escribía todo eso porque el Excelsior era el periódico de la derecha católica en México, entonces pasó de ser simpatizante de la República Española en el ’37, a ser un fervoroso católico en las páginas del Excelsior en los años ’39, ’40. Una personalidad muy camaleónica.  

Además, con una inclinación hacia las letras. Estuvo cerca de Salvador Novo como parte de un grupo que colaboraba con él…

Se llamaba el “Buró fantasma”. Ahí trabajaban Denegri y Jorge Piñó Sandoval Via crucis —que también tiene un papel importante en la novela— y varios más. Lo abastecían de información y él escribía una larga columna para la revista Mañana. Después, por un pleito con el director de Excelsior, Novo y Denegri se hacen enemigos y es cuando Novo escribe la obra de teatro En ocho columnas, donde los dos protagonistas son Denegri y Rodrigo De Llano, que fue director de Excelsior durante treinta años. Fue la venganza de Novo contra el Excelsior que lo tuvo vetado como quince años.  

Denegri acarició la posibilidad de ser poeta… 

Sí, eso es algo muy importante en su vida porque después de haber fracasado en el empeño de sacarle brillo a las palabras se fue al extremo opuesto, vaciar el lenguaje de significado, envilecerlo, ponerlo al servicio del poder, de la cursilería, de la retórica patriotera. Decía de él Monsiváis que tenía un patriotismo de cilindrero, y aparte era muy enfático en cuanto a presentarse como representante de la nacionalidad mexicana. En su programa de televisión salía de un lado con la Virgen de Guadalupe y del otro, con la bandera de México. Le puso a su hijo Carlos María de Guadalupe. 

La palabra al servicio del chayo…

Sí, al servicio del chayo, y tratando de explotar al máximo todas sus tribunas periodísticas, por eso era el Rey Midas del cuarto poder. 

¿Y la poesía?

No pudo ser poeta, pero quiso vivir como un poeta maldito y de ahí el alcoholismo y este carácter atrabiliario que tenía.  

Más que la necesidad de poder y riqueza, consideras que Denegri sucumbió al sistema corrupto de la época? 

No diría que sucumbió, sino que se entregó bastante gozosamente, porque era un tipo cuyos ideales eran bastante frágiles y estaban mezclados con un enorme deseo de riqueza, de poder, de fama, y de conseguirla a cualquier precio. Cuando ve abierta esa posibilidad, empieza a recibir chayotes, los famosos sobres que se repartían en esa época a todos los reporteros de la fuente política. Le empezó a gustar ese dinero, y esto lo va llevando a convertirse en una estrella de ese tipo de periodismo vendido al poder.  

¿Qué caracterizaba a la vida política y su relación con la prensa en esos tiempos?

Es algo curioso porque Scherer decía de Denegri que era el mejor y el más vil de los periodistas. Eso te indica que en esa época era necesario envilecerse para triunfar en el periodismo, porque los periodistas honestos de ese tiempo como Jorge Piñó Sandoval terminaron siendo aplastados por el sistema. El primer periodista independiente y libre que logra imponerse es Julio Scherer, que tiene además una participación muy importante en la vida de Carlos Denegri porque llega a ser director del periódico en la última etapa de la vida de Denegri. A él, digamos, le tocó vivir esa irrupción en donde empieza a haber una generación con ciertos valores en el mundo del periodismo que trata de dignificar la profesión y choca con estos periodistas de la vieja guardia que creen que todo el periodismo es un lupanar y que quien no sucumba a esas reglas del juego está perdido. Zabludovsky también es importante porque es discípulo de Denegri. Lo que a Denegri le ocurrió es que después de haber sido el representante de la élite político-empresarial, los escándalos de su vida privada llegaron a ser intolerables para la gente que lo respaldaba y entonces necesitaban tener voceros extraoficiales más respetables. También tiene que ver con un cambio en los medios de comunicación más preponderantes, porque la televisión, en los ’60, desplaza a los periódicos como formadora de opinión pública. Denegri, aunque estuvo en la televisión, porque tuvo un programa oficialista durante más de quince años, nunca llegó a ser una figura destacada de ese medio como lo fue Zabludovsky. Digamos que Zabludovsky lo vino a desbancar.  

Destaca la función de los directores de comunicación social de la Presidencia de la República, el gran poder que detentaban. 

Ellos tenían un grupo de columnistas políticos incondicionales a quienes les daban línea. En el caso de Denegri, esa línea llegó al extremo de que él sentía que gobernaba desde sus tribunas, porque en su “Fichero político”, la columna que tenía los domingos, todas las menciones eran pagadas, y cuando había un político local que aspiraba a ser gobernador sin tener el visto bueno de la presidencia, le daban un coscorrón para que se estuviera quieto a través de la columna de Denegri, y eso era lo que le daba tanto poder y lo hacía tan temido entre la clase política.  

Una especie de diálogo entendido entre estos periodistas y la clase política…

En esa época la camarilla en el poder utilizaba a los periódicos para mandarse mensajes entre ellos excluyendo a los lectores comunes que seguramente no entendían nada de esto y ni de dónde venían los golpes. Era como un lenguaje en clave que solo podían descifrar los que estaban muy metidos en el ambiente político. 

Un hombre inteligente que supo descubrir los hilos que movían al poder y los aprovechó en su beneficio.

Inteligente, muy hábil. Logró tener una gran red de contactos internacionales que ningún periodista de la época tenía porque eran muy pocos los que hablaban varias lenguas como era su caso. Bueno para las crónicas, sobre todo cuando hacía reportajes de política internacional que en eso no tenía que autocensurarse. Podía expresarse con más libertad. Él surge al estrellato con una serie de reportajes sobre la Segunda Guerra Mundial, cuando se fue a Londres que, en ese momento, estaba bajo los bombardeos de los nazis. Esa serie de reportajes tuvo un enorme éxito en el Excelsior. De hecho aumentaron el tiraje del periódico. Llevaban cinco columnas de la primera plana todos los días. Denegri se pintó en ellos como un James Bond que iba ligándose a la recepcionista del hotel, a una aristócrata inglesa que conoce en el barco. En aquel entonces era bastante galán y logró que las mujeres, interesadas en el trasfondo romántico, leyeran los periódicos. Y eso lo lanza al estrellato.  

Si nos acotamos a su labor periodística, ¿qué define a Denegri?

Era un periodista talentoso que traicionó su vocación porque el principal deber de un periodista es decir la verdad y él fue un periodista al servicio del poder que ganó más por lo que callaba que por lo que decía.  

¿Cómo ha cambiado desde entonces la relación entre la prensa y el poder? 

Ha cambiado muchísimo porque desde 1997, más o menos, que es cuando el PRI perdió el control en la Cámara de Diputados y los medios de comunicación en general se liberaron, tuvimos un periodismo libre. Antes de eso hubo espacios de libertad que abrieron estos heroicos defensores del derecho a la información, desde Jorge Piñó Sandoval hasta Julio Scherer, que es el que abre la gran brecha. Pero ya se conquistó esa libertad y lo que es terrible es que después de haberse liberado de la censura gubernamental, ahora el periodismo se enfrenta con otro yugo, es el crimen organizado. Están matando periodistas en todo el país y de nuevo impide que nos enteremos  de muchas cosas, de complicidades entre el poder político y el crimen organizado. Esa es la nueva lucha que me parece que todo el gremio tiene que librar. 

¿Y el discurso de AMLO hacia la prensa? 

Creo que en la actualidad hay una tendencia a satanizar a los opositores del régimen y por eso ha surgido esta idea de que criticar al poder es dar un golpe blando. Esto creo que es totalmente absurdo. La misma prensa libre, la que sepultó a Peña Nieto, ahora sigue ejerciendo la crítica hacia el nuevo gobierno señalando las cosas que les parecen mal y aplaudiendo las que creen que están bien.  

Es decir, que hay libertad de prensa…

Por supuesto que sigue existiendo. Basta con ver los periódicos, se ejerce diariamente.  

Dices en tu Posdata que a través de ciertos periodistas lograste entender mejor de dónde venimos y hacia dónde vamos en materia de ética periodística.

La ética periodística en tiempos de Denegri prácticamente no existía. Eran excepcionales los reporteros que no recogían su sobre, eran insólitos en ese tiempo, por eso le apodaron a Scherer “el mirlo blanco”, un apodo burlesco: “Miren a ese santurrón que no está aceptando el soborno”. Ese mundillo cínico que había en el periodismo de la época era la tónica generalizada, al grado de pensar, muchos de ellos, que no podía existir gente libre e independiente en ese campo. Por fortuna se fueron imponiendo. Yo celebro que hayamos llegado a conquistar esas libertades.  

¿Qué huecos tuviste que llenar para completar la historia?

Sobre todo de su intimidad, se sabe muy poco de sus relaciones de pareja. No pude encontrar casi a nadie que quisiera hablar de esto y ahí sí me tomé todas las libertades de un novelista para elucubrar cómo pudo cometer las barbaridades que cometió con varias de sus esposas. Ahí había un terreno muy amplio para ejercitar la imaginación. 

¿Qué te impone y qué te permite la novela histórica?

Impone cierto respeto a los acontecimientos, una necesidad de investigar lo más que se pueda para hacer un retrato fidedigno; respetar el lenguaje de la época, que ha cambiado mucho. Reconstruir bien el México de aquel tiempo, un trabajo que hice con mucho deleite porque siento nostalgia de cómo pudo haber sido el México de los ’40, la vida nocturna, me hubiera encantado conocerla.  

Como en todas tus novelas, en esta también suena la música… 

Tiene, como todas, un sountrack con canciones populares mexicanas y otras que estaban de moda en esa época como “El martillito”, de Trini López, un disco que tenían mis papás. 

¿Hay algo que podría reivindicar a este hombre?

Aunque parezca mentira, lo que humaniza más al personaje es su debilidad de carácter, los conflictos psicológicos que venía arrastrando desde la infancia, porque comparado con otros machos patológicos de la época, como Maximino Ávila Camacho o el magnate Jorge Pasquel, Denegri es un personaje más humano. Más humano y más interesante desde un punto de vista novelesco, porque los otros eran personajes con un férreo autocontrol, no bebían una copa, ejercían el poder a rajatabla, cuando una mujer se les resistía, aunque fuera casada, iban y la secuestraban y se la robaban. Eran el tipo de machotes de “aquí mis chicharrones truenan”. Denegri quería ser así, pero se quebraba porque era un hombre que estaba peleado con la vida.