Sobre poesía, literatura y otros fraudes

Francisco Hernández, David Huerta, William Carlos Williams, Emily Dickinson, Oscar Wilde, entre otros autores, son abordados desde distintas perspectivas por el poeta, ensayista y traductor Hernán Bravo 

Ciudad de México (N22/Ireli Vázquez ).-¿Qué tienen en común Francisco Hernández, David Huerta, William Carlos Williams, Emily Dickinson y Oscar Wilde?, quizá para mí o para muchos nada, pero para el poeta, ensayista y traductor Hernán Bravo Varela, lo tienen todo. Malversaciones. Sobre poesía, literatura y otros fraudes, el nuevo libro del autor, es una entrega de dieciocho ensayos donde la alegría y el desencanto de la experiencia se alteran y comunican entre sí, para darnos las claves de su escritura actual. 

Platicamos con él a propósito de este nuevo libro de ensayos, que sale bajo la casa editorial Almadía. 

¿De dónde nace la idea de Malversaciones, me refiero a la idea escribir de una manera formal estos ensayos?

El libro nació como un recopilado más o menos caprichoso de diversos artículos, notas, ensayos que fui publicando durante muchísimo tiempo en revistas, suplementos culturales, y de pronto decidí darle a todo ese material un golpe de timón y dividirlo en cuatro estancias, como si fueran las etapas de una suerte de novela de construcción del crítico. 

El primer capítulo sería algo así como la confesión de los primeros ídolos, o los que más o menos  definieron la pasión por la poesía, entonces ahí están Bonifaz Nuño, Francisco Hernández, David Huerta y Guillermo Fernández, cuyo texto, que es una especie de elegía y de conmemoración por la amistad que tuvimos, marca la pauta para la segunda etapa, abre un poco el angular y permite que este crítico se vaya de viaje, se internacionalice y tenga otras lecturas en la cabeza  y de ahí los paseos por la obra de Emily Dickinson, Oscar Wilde, de William Carlos Williams, es decir una mirada internacional a eso que se generó desde una zona mucho más contenida y mucho más regional para de ahí darle salto a un tercer capítulo que ya toca muchas otras áreas y que es mucho más multitasking, que hace que se incorpore la poesía y la literatura a otras zonas de la experiencia estética; la pintura, el cine, los ovnis, los atentados adolescentes a la razón, la búsqueda del silencio como ámbito ideal para escribir, etcétera. 

Y llegamos finalmente al cuarto apartado que incluye el ensayo que le da título al libro, donde se exploran las posibles relaciones que hay entre dos temas completamente diferentes para la mayoría de los lectores de alcurnia: la poesía y la corrupción. Intenté hacer una especie de historia paralela de ambas cosas. 

¿Cuánto tiempo te tardaste en recolectar todos esos ensayos o notas para saber que eran los autores que debías colocar dentro de ese libro, sin pensar que estabas dejando a alguno de lado y que al final formaron parte de tu desempeño como escritor y crítico?

El libro al principio era infinitamente extenso, decidí dejarlo en un libro breve porque sí creo definitivamente en la materia o en el consejo crítico de Borges, «no escribo libros largos, porque para empezar los libros lagos me aburren». No quiero decir que no hayamos pasado por experiencias increíbles con enormes libros como Guerra y Paz o La comedia humana, de Balzac, prefería dar con pequeños retratos, breves estampas, notas algo más extendidas, pero nunca con ensayos académicos de autoridad ni mucho menos exhaustivos. De tal manera que cada uno de estos textos, salvo el último que es mucho más extenso, pero es fragmentario, pretenden ser paseos instantáneos por la materia de trabajo por la que acuden. Son muchos los intereses que irradia este libro, pero todos con la idea de que cada uno de los ensayos pueda ser leído como si se tratara de un cuento, de una sola intención y de un solo golpe. 

Siendo un libro personal, ¿cómo fue para ti darte cuenta del encanto y desencanto de las cosas en las que quizá tu creías, pero al momento de hacer una crítica no es como realmente pensabas?

Creo que ahora que lo pienso, gracias a lo que me preguntas, el único hilo visible además de la poesía, y de la poesía entendida como la forma suprema con que expresamos la creación de cualquier género, el hilo conductor es en realidad el estilo y también el respiro o el aliento de la extensión de los textos y una idea muy central que tengo a la hora de escribir ensayos. Los ensayistas críticos que me interesan o a los que me gusta volver, Domínguez Michael, Villoro… tiene por apostolado, sí la argumentación, sí las obras leídas o documentadas, pero sobre todo una voluntad de estilo.

En tu libro, hablas sobre la reflexión que tuviste de la muerte de Guillermo Fernández, sobre cómo lo conociste y cómo fue su acercamiento a través de la Resurrección, una sinfonía de Mahler. ¿Cómo fue para ti plasmar ese momento en el que interpretas el pasado con tu presente? 

Es inevitable que en ese ensayo comparezcan distintos recuerdos, asociaciones, citas y maneras de entender una literatura que en un momento y sólo en un momento está viva, lo mismo que sus autores, entonces ese ensayo anuncia, de alguna manera, el tono que tendrán los posteriores de los siguientes capítulos y se mete en un terreno mucho más íntimo. Me atrevería a decir que con eso ya queda muy claro que no hay libro de un determinado ensayista crítico que no sea también la autobiografía secreta o velada de ese crítico, en cualquier libro de Edmund Wilson o Susan Sontag se pueden encontrar esos elementos, en cualquiera de esos críticos que pensemos, y no hay un solo texto, y no hay un solo libro que no revele una faceta, una época, de la vida de estos autores; también el estilo es una marca biográfica, ese estilo va cambiando con el tiempo. Hay ensayistas que se hacen más amargos, hay ensayistas que se vuelven más ligeros, otros que desaprueban la pomposidad o la jactancia con la que anunciaban ciertas cosas al principio y se vuelven un poco más moderados después, quizá formulan más preguntas que respuestas y todo eso termina revelando o perfilando un  retrato hablado del crítico, de su vida, de sus gustos, de sus filias, de sus fobias y es fascinante encontrarlo en una escritura que supuestamente está destinada a darle voz y reflexión a la voz el otro. 

¿Tú encontraste tu estilo? 

Quiero pensar que sí, y que no. Si lo encontré espero inmediatamente deshacer esa madeja que parece perfecta, arañarla, desenredarla y volver a hacer otra, porque también es un gesto y es un rasgo al que nos llama la examinación de múltiples bibliotecas o de múltiples tradiciones. ¿Por qué quedarnos con un solo estilo?, ¿por qué no explorar otros?

El crítico creo que también debería de ser capaz de hacer ese mismo examen de su propia manera de escribir y de pronto pasar de la afirmación categórica a una más sutil, a una menos papal si se quiere. Si de pronto le gustaba el largo aliento ¿por qué no explorar uno más discreto o quizá más fragmentario?, siempre y cuando el crítico se piense como un escritor antes que como un crítico y creo que ese papel es fundamental. 

¿Crees que si un lector o un escritor no llega a ese momento de crítica y análisis no es un buen lector o escritor?

Creo que hay muchos buenos tipos de lectores, no todos los lectores necesitan tener la página escrita, digamos, para emprender sus averiguaciones o sus reflexiones. Pero indudablemente todo crítico es un lector total, es un lector apasionado, inquieto, problemático, que siempre tiene la comezón de lo que no termina por ser dicho y que probablemente no terminará de decir.

Con ese conocimiento que no viene de la humildad, sino más bien proviene la aceptación rigurosa de su oficio, creo que puede llegar a tener la oportunidad de ver muy distintos escenarios, de contradecirse a sí mismo. Páginas y autores hay de sobra. Hay muchas maneras de ejercer la lectura, por supuesto la traducción es una manera de ejercer la lectura, la edición es una manera de ejercer la lectura, pero la del crítico es muy especial porque sabe que en sus manos tiene la expresión, en un momento histórico y en un lugar determinado, de aquello que la obra sigue reflejando, revelando y poniendo frente a nosotros como verdades extraordinarias y transitorias.

Imágenes: © Ireli Vázquez