«Declaración de las canciones oscuras» (fragmento)

El año: 1592. La historia: llevar el cuerpo de fray Juan de la Cruz a su última morada en Segovia. De ahí parte la más reciente novela de Luis Felipe Fabre, de la que compartimos un fragmento

Ciudad de México (N22/Redacción).- Luego de Escribir con caca, donde se vuelve a la obra de Salvador Novo, Luis Felipe Fabre regresa con Declaración de las canciones oscuras:

«En agosto de 1592 arriban al monasterio de Úbeda un alguacil y sus dos ayudantes, con la secreta encomienda de trasladar el cuerpo de fray Juan de la Cruz, el gran poeta y místico carmelita, muerto el año anterior, a su morada final en Segovia. Cuando al exhumarlo lo hallan «incorrupto y tan fresco como cuando murió» se produce un fervor extático por el cuerpo del fraile, que sólo es liberado para su peregrinaje, meses después, a cambio de que una pierna o un brazo, las fuentes discrepan, permanezca en Úbeda. A lo largo del camino suceden toda clase de aventuras e infortunios, con personajes que parecen extraídos de gestas mitológicas, pues no sólo es el cuerpo un codiciado objeto de deseo o fervorosa devoción –como si fray Juan, que en vida fue un gran seducido, tras su muerte se hubiera convertido en don Juan o el gran seductor–, sino que la historia narrada por Luis Felipe Fabre se entrelaza magistralmente con los versos del fraile, como si en ellos hubiera profetizado el delirio que circundaría a su propio traslado póstumo.»

«Declaración de las canciones oscuras es una obra de suma originalidad, donde Fabre ha conseguido capturar tanto el lenguaje y el tono como la mentalidad de la época en que transcurre la historia, al tiempo que le imprime un carácter muy actual, volviendo a contar el mito de fray Juan de la Cruz en clave contemporánea.»

A continuación un fragmento compartido por editorial Sexto Piso.

PRÓLOGO A LA DECLARACIÓN
DE LAS CANCIONES

–¿Ferrán?
–¿Qué?
–¿Sigues aquí?
–¿Tú qué crees?
–¿Ves algo?
–No. Nada. ¿Y tú?
–No sé.
–¿Cómo es que no sabes? ¿Ves algo o no?
–No sé si veo o no veo esta oscuridad. No sé si esto que
veo es la oscuridad de la noche o no veo la noche y ciego vago
en la noche oscura.
–¿Cómo sabes que es de noche?
–¿Cómo?
–Que si no sabes si ves o no ves cómo sabes que es de
noche.
–Hasta los ciegos pueden distinguir la noche del día.
–¿Cómo?
–No sé.
–Entonces no estás ciego.
–¿Qué dices?
–Que si estuvieras ciego sabrías cómo distinguir el día de
la noche.
–¿Qué?
–Que si estuvieras ciego sabrías la diferencia entre ver y
no ver.
–¿Qué?
–Que no estás ciego sino sordo.
–No entiendo… ¿Qué dices?
–Nada.

–¿Nada?
–¡Nada!
–Es que no entiendo eso que dices de que no estoy ciego
porque no sé distinguir el día de la noche: no es lógico.
–Eso lo dijiste tú.
–Yo no dije eso… O no quise decir eso… O no así… O no
lo recuerdo… Ya no sé… Estas tinieblas me oscurecen los sesos. ¿Y estás tú cierto que es de noche?
–Noche más noche imposible. Una noche como todas las
noches juntas.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque no estoy ciego.
–¿Cómo sabes que no estás ciego?
–¡Porque no estoy ciego!
–¡Quisiera estar ciego!
–Déjate ya de boberías.
–Quisiera estar ciego para dejar de ver esta oscuridad
espeluznante.
–Cierra los ojos y cállate ya.
–¿Que cierre los ojos?
–Ciérralos que igual andamos a tientas. ¿Ves que lo mismo da tener abiertos los ojos que cerrados? Nos hemos adentrado tan profundo en las entrañas de la noche que en nada se
distinguen ya las tinieblas interiores de las exteriores ni la visión de la ausencia de visión. Si quieres jugar al ciego, cierra
los ojos. O no los cierres. Da lo mismo. Pero basta ya de necedades. Déjame concentrarme en mis pasos y tú sigue con tus
palos de ciego.
–Un ciego tropezaría menos que nosotros el camino en
esta noche oscura.
–Que te calles.
–Si al menos resonara un eco en esta oscuridad muda, si
pavorosas cantaran las nocturnas aves, zumbaran los insectos,
aullaran las fieras, crujieran las hojas bajo las serpientes, retumbaran desconocidos y amenazantes pasos, tendría a los ruidos más temibles por amables lazarillos. Pero tan callada anda la noche que tengo al silencio por la peor y más solitaria ceguera. ¿Y tú quieres que me calle?
–¡Que te calles!
–¡Nos perderemos para siempre en la noche, el olvido y
el silencio y no quedará de nosotros registro ni memoria!
–¡Cállate! ¡Deja ya de lloriquear!
–No te enfades… Canta algo, anda. Canta una de esas coplillas que tanto me gustan.
–¡Que te calles, Diego, por Dios, que te calles!
–Espera, Cata: ¡creo que veo algo!
–¿Dónde?
–¡Allá! ¡Cata! ¿Lo ves?
–No. ¿Qué? ¿Dónde?
–¡Allá, allá!
–¿Dónde es allá?
–¡Allá! ¡Allá adelante!
–No veo nada.
–¿Estás ciego?
–¿Qué ves?
–No sé… Sombras pero más claras, figuras que no alcanzo
a distinguir… Espera… ¡Son gentes!
–¿Qué?
–¡Sí! ¡Gentes! ¡Míralos! ¡Viajeros perdidos en la oscuridad como nosotros!
–¡No veo a nadie!
–¡Ferrán, Ferrán! ¡Mira! ¡Es el alguacil!
–¿Estás seguro?
–¡Eh, don Juan! ¡Don Juan!¡Acá! ¡Acá andamos!
–No lo veo.
–¡Ya amanece!
–¿Qué?
–Que ya amanece.
–¿Qué?
–¡Madre mía!
–¿Qué sucede?
–¡Dios mío, Dios mío!

–¡Diego! ¡Dime! ¿Qué demonios te pasa?
–Somos nosotros…
–¿Qué?
–Que te veo a ti y me veo a mí allá, junto al alguacil.
–¿Qué dices?
–Somos nosotros los que allá van.
–Déjate de disparates que no anda la noche para burlas.
–¡Es verdad! ¡Lo juro!
–¡No hay nada! ¡No hay nadie más en esta oscuridad! ¿No
ves que no estás viendo? Mira que ellos no son nosotros. Mira
que son ilusiones, sueños, engaños, trampas, quimeras, espectros. Vanas apariencias sin espesura. Mentidas figuraciones
sin más sustancia que el vapor de los humores. Falaces engendros de bilis, melancolía y flema. Pinturas del pensamiento
que pone algo donde nada hay por resultarle la nada impensable. Sombras coloreadas en la oscuridad que sirve de negro
espejo a la fantasía… ¿Me estás oyendo, Diego? ¡Diego! ¡Di
algo! ¿O te cortaron la lengua? ¡Di! ¿Sigues aquí? ¿Diego?

DECLARACIÓN DE LAS
CANCIONES OSCURAS

I. En el que comienza la declaración de las canciones de la «Noche» de fray Juan de la Cruz partiendo del primer verso de la primer canción que muy callada canta «En una noche oscura» y, aunque muy callada, perturba su eco, o la torpeza de su declaración, otra y distinta noche y el silencio de la noche o el sueño de su silencio.

En una noche oscura, a fines del mes de agosto –o quizá era ya septiembre– del año de gracia de 1592, a la hora más secreta, tal y como le había sido encomendado por el Oidor Real don Luis de Mercado, sin más compañía que la de sus ayudantes de los que no ha quedado apenas registro ni memoria salvo que eran dos, pero que bien podrían haberse llamado Ferrán y Diego, y nada tampoco perdura que lo rebata, Juan de Medina Zevallos o Ceballos o Zavallos, según la fuente que se consulte, e incluso, en algunos documentos, Francisco de Medina Zeballos, Alguacil de Corte, llamó a la puerta del convento de los carmelitas descalzos de Úbeda.

Dormía el prior. Los hermanos dormían. Dormían los frailes todos entregados a las profundas tinieblas de un sueño sin imágenes. Podría pensarse de aquel sueño que no era sino la continuación de las pobrezas, renuncias y austeridades de la vigilia tan propias del Carmelo Reformado, aunque muy errado anduviera quien aquello afirmase. Antes bien, dormían como si durante el día hubiesen apostado por el alma pero a la noche hubiera triunfado el cuerpo. Pues dormido estaba cada uno completo en la soledad de su carne como sólo puede estarlo aquello que carece de espíritu. Y roncaban. Horriblemente. Incluso aquellos frailes que suelen hallar sus particulares contentos en la mortificación, sus deleites en las privaciones del natural, habían a su natural sucumbido como si todas sus disciplinas, cilicios, desvelos, rigores hubiesen sido aspirados por la carne en un hondo bostezo e incluso ellos mismos: domadores devorados por sus fieras. Incluso ellos, olvidados ya todo cuidado y voluntad, plácidamente roncaban. Desde su solitaria carne, desde su celda solitaria, cada uno roncaba y se unía a sus hermanos en un coro de ronquidos. Pero en ese minuto oscuro hasta los ronquidos habían cesado, quedando suspensos en lo más secreto de la noche. Y, callando, el coro de durmientes se unía al silencioso coro de sus hermanos difuntos que descansaban bajo las lozas de la iglesia. El portero, que debería estar velando, habíase quedado también dormido aún con el rosario en la mano, que, según la altura de las cuentas entre sus dedos, no bien había rezado los misterios dolorosos cuando al cansancio alióse la monotonía de los padrenuestros. Cuando al fin los cada vez más insistentes, que no estruendosos, llamados del alguacil, que reconciliar intentaba en un mismo acto la orden de llegarse en secreto y la necesidad de hacerse oír para llegar, lo despertaron, más que un despertar
fue un alzarse de entre los muertos en un sobresalto que no reconoce hora ni lugar ni razón, que ni el mismo Lázaro habrá sufrido mayor desconcierto que el suyo. Pero a eso había venido el alguacil: a importunar a los muertos. O tal es lo que pudo colegir el prior, fray Francisco Crisóstomo, luego de que el recién resucitado portero lo despertara y aún ciego, con los párpados pegados de sueño y lagañas, se dejase guiar a través del claustro hasta el salón donde lo esperaba todo papeles y bulas y cartas y sellos su insomne e imprevisto visitante. Qué de voces, qué mandatos, qué exigencias. Qué amenazas, qué excomuniones en caso de desacato. Qué de nombres de príncipes y grandes señoras y condes insignes y altos prelados esgrimía el alguacil entre los cuales el prior apenas alcanzó a reconocer el del muy humilde y muy venerable y muy problemático y muy sospechoso y muy fastidioso y muy fatigoso fray Juan de la Cruz.