«La cuestión de las fronteras y de los muros es algo que nunca he comprendido»: Baltasar Garzón

El jurista español charló con nosotros en el marco del Hay Festival, una conversación en torno a los neofascismos, la xenofobia, los Derechos Humanos, las fronteras  y la ciudadanía 

Querétaro (N22/Huemanzin Rodríguez).- «La lucha por los Derechos Humanos es una necesidad, es algo que no podemos abandonar por muy agredidos que sean o porque sean muy grandes los desafíos. Precisamente por eso tiene que estar siempre en primera línea esa defensa, esa protección. Aceptar pasos atrás en la defensa de esas garantías, de los Derechos Humanos, de los derechos fundamentales, es uno de los mayores atentados contra la humanidad. No tenemos derecho a eliminar esos derechos, nadie está legitimado para que se prive a la humanidad de estas conquistas. Por tanto, cuando estas iniciativas de gobiernos extremos, de gobierno xenófobos, de gobiernos que dan entrada a principios afortunadamente superados y que vienen de ese momento histórico fatídico en el que la humanidad estuvo en juego por una ideología supremacista, como la del nazismo, como del fascismo, tienen que ser combatidas y mucho más en la actualidad en donde el poder y la inmediatez de la comunicación sin edición,  digamos, a través de las redes, puede ser y es importantísima hasta el punto de que lo mediatizado nos dirige la vida. Creamos que es así o no pero es una realidad, opinamos por las redes sociales en lo inmediato, nos falta análisis, nos falta capacidad de seguimiento de todos los acontecimientos y por tanto nos nutrimos de esa información que, si no somos capaces de definirla responsablemente, puede ser peligrosa. Y precisamente en la defensa de los Derechos Humanos permitir que haya agresiones contra la mujer, que se consoliden posiciones xenófobas machistas, que se haga responsable a los migrantes de la ineficacia de los gobiernos que no son capaces de dar sentido responsable a lo que siempre ha sido un hecho a lo largo de la historia de la humanidad, que son las corrientes migratorias que han sido vehículo de cultura y no puede ser ahora de forma diferente. ¿Por qué no somos capaces de encontrar ese tipo de soluciones y, por el contrario, culpamos a los migrantes? Son hechos que ponen en la actualidad y en primera línea la defensa de los Derechos Humanos, no es algo del pasado, no es algo que esté conquistado. Hay un dicho desde hace ya cientos de años que dice: Nadie conquista un reino para siempre. en el territorio de los Derechos Humanos está la Declaración Universal de Derechos Humanos, que sí es importante, pero si no convertimos ese documento en una realidad permanente en nuestras vidas, estamos perdidos. No es algo que sea estático, es que los derechos personales en la vida, la integridad, van dando paso a los derechos sociales, a los culturales, a los políticos, a la defensa del medioambiente. Son hechos tan trascendentes que influyen de tal manera en nuestra supervivencia como especie que no podemos renunciar y no podemos minimizar ni banalizar, que probablemente, junto con la indiferencia, es el peor cáncer que puede tener la humanidad.» 

Con estas palabras de Baltasar Garzón, jurista español, inicia esta entrevista realizada durante la cuarta edición del Hay Festival Querétaro, sobre los derechos humanos y su defensa. 

Quienes vivimos el inicio del siglo XXI tenemos grandes retos que marcarán el rumbo del siglo, por un lado la migración, que confronta la idea del derecho, confronta la idea de frontera y de Estado en sus construcciones decimonónicas, pareciera que hoy requerimos de una noción más amplia de Estado-Nación de la que se ha tenido desde su concepción. Y por otro lado, está el derecho a la privacidad, estamos rodeados de tecnologías que nos facilitan la vida pero que, al mismo tiempo, han sido usadas por los Estados en su promesa de seguridad, es decir, perdemos libertades a cambio de sentirnos seguros. Ahora mismo usted tiene en sus manos la defensa de Julian Assange. 

En cuanto al primer tema que me plantea, la cuestión de las fronteras y de los muros es algo que nunca he comprendido y mucho menos en la actualidad, donde precisamente hacemos gala de la ausencia de fronteras, por ejemplo, en el ámbito de la comunicación, la globalización económica no tiene fronteras, ahora vivimos una confrontación, una guerra comercial entre dos países propiciada por un sistema neoliberal salvaje entre Estados Unidos, frente a un sistema asimismo también de capitalismo salvaje revestido de socialismo de China, en el medio estamos los demás y nos podemos ver abocados a unas crisis económicas que se van a convertir en crisis humanitarias en donde los más vulnerables van a sufrir. 

Y las fronteras, como he dicho, las migraciones han sido vehículos culturales, han sido fenómenos de integración, todos somos mestizos, lo de la supremacía aria ya quedó atrás y desde luego intentar resucitarla con estas políticas neofascistas y ultraliberales es muy peligroso. Yo siempre he sido universalista, no debe haber muros, ni físicos ni en nuestras mentes, que son incluso peores. Hace falta una corresponsabilidad, una solidaridad, hay espacio para todos en el mundo. Aunque cada vez es más pequeño, si llegamos al 2050 podríamos ser 9 mil millones de personas, no vamos a aplicar una solución de selección natural de las personas, tenemos que aprender a convivir y optimizar los recursos, y para esto no se pueden minimizar ni el cambio climático, ni las políticas medioambientales como hacen algunos porque eso se va a acabar. Tendremos que redefinir y no otorgar esa supremacía a un país como Estados Unidos que está haciendo gala bajo la administración de Donald Trump, de todo lo que es contrario a la humanidad. Es mentira que con ello van a estar mejor los estadounidenses, porque al final no soportarían ese peso, ¡es un absurdo! La historia de la humanidad lo demuestra, las fronteras y los muros más grandes cayeron, el muro de Adriano en Inglaterra que era el límite del mundo, cayó. Los imperios caen antes o después y si no somos conscientes de que es así, vamos mal. 

También tienen que caer los límites que se están tratando de imponer al acceso a la información, a la difusión libre y democrática de la misma, donde hay demasiados espacios en derecho muy oscuros y muy sucios, mismos que los Estados, ante su impotencia pese a todos los mecanismos de control que posee, no son capaces de regular y actúan con reservas y actitudes intransigentes, con secretos, con espacios libres de Derechos Humanos; y cuando alguien penetra en esos espacios se apela inmediatamente a la seguridad nacional. Realmente no es la seguridad nacional, no se atenta a la seguridad nacional por revelar crímenes contra la humanidad, crímenes masivos, corrupción sistémica, utilización de grandes corporaciones en la destrucción de un país y en la reconstrucción y el aprovechamiento ilícito de los recursos de los mismos. No, eso atenta exactamente a la seguridad la seguridad nacional, es exactamente a la inversa, hay que cambiar el paradigma. Y casos como el de Julian Assange y el de Wikileaks han contribuido a esto, por eso está siendo perseguido, por eso el silencio o la indiferencia respecto de este caso es muy grave. Yo soy parte en este tema, porque coordino la defensa de Julian Assange, ello no me impide decir que es una obligación de todos denunciar que esa arbitrariedad se está produciendo contra una persona que no ha cometido ningún hecho delictivo, él no ha desvelado ningún Secreto de Estado, quien haya quebrantado esos Secretos Estado, que responda, pero también que responda quién ha utilizado esos Secretos de Estado para cometer hechos ilegales. No podemos ir contra quién los ha difundido desde fuera y además hacerlo selectivamente, como para dar una lección a todos esos miles de periodistas e informadores que se están jugando la vida diariamente contra el crimen organizado, contra gobiernos corruptos, por hacer llegar claridad y transparencia a los ciudadanos para que estén mejor informados.

Aquí en el Hay Festival, otro de los participantes es el escritor y filósofo alemán Wolfram Eilenberger, que presenta el libro Tiempo de magos. La gran década de la filosofía 1919-1929 (Taurus, 2019), dedicado a los filósofos Wittgenstein, Heidegger, Benjamin y Cassirer. 

Muy diferentes entre ellos. 

Así, es. Y al leer el libro y mostrar parte de su entorno europeo, pareciera que eso que vivieron en la década de los años veinte del siglo XX, lamentablemente no es muy diferente de las preocupaciones y miedos de la actualidad. 

Estoy por leer el libro, es una de mis próximas lecturas porque he estado leyendo otro de Enzo Traverso titulado Melancolía de izquierdas. Después de las utopías (Galaxia Gutenberg,  2019) que es muy interesante porque también analiza a esa época. Analiza los diálogos de Teodoro Adorno con Walter Benjamin, toca la obra de Heidegger, llega a los acontecimientos de Mayo del 68, la caída de las ideologías, el marxismo, la caída del socialismo real y esa especie de posición melancólica de las ideologías más progresista; y subyace en todo ello una referencia y un miedo a que reaparezca de nuevo algo que yo creo que ya está en nuestras sociedades: ese neofascismo disfrazado de ideologías populistas extremas, donde la supremacía se torna en xenofobia, pero en definitiva es la culpabilización del diferente, del otro, del que viene de fuera para “dañarnos”. Ese hipernacionalismo que vemos en una Italia con Matteo Salvini; que vemos en Hungría con Viktor Orban; lo vemos en Brasil con Bolsonaro o en Estados Unidos con Donald Trump. Es evidente que estamos en riesgo, se dice que los ciclos históricos se repiten, yo no lo creo, pero es cierto que hay problemas que no quedaron resueltos, porque hemos dado por hecho que los superamos, y las fuerzas oscuras siempre horadan las conquistas producidas, es como una especie de gota de agua constante que cae y que forma la estalactita, y no ser conscientes de que esa gota de agua va seguir siempre minando las conquistas producidas nos lleva a la melancolía o a la indiferencia y consecuentemente, a la pérdida de derechos. En este momento, hoy en el 2019 del Siglo XXI, estamos obligados a estar más atentos que nunca a este nuevo fenómeno basado en las fake news, basado en la manipulación. Ahora les decimos fake news pero antes les decíamos las teorías hegelianas, en definitiva la posverdad, hubo ejemplos en esa época con Goebbels y en todo fenómeno nazi, no hay nada nuevo bajo el sol. 

¿Entre Orwell y Goebbels?

Orwell lo definió muy bien con su novela 1984, Goebbels lo define en la antítesis, a aquellos problemas de este consentimiento a la pérdida de sus valores y no darnos cuenta de la penetración de ese mal que es el fascismo. 

Estoy escribiendo ahora mi próximo libro, después de haber escrito No a la impunidad, que también presento en el Hey Festival, es precisamente sobre todos estos temas, es sobre el fascismo y la reproducción que se está constatando en todas las instituciones o en gran parte de las instituciones, sin que apenas nos demos cuenta porque damos por hechas muchas cosas que no lo están. Siempre recuerdo a Albert Camus cuando en su libro La peste con referencia al fascismo, decía: «La peste vuelve aparecer siglos después en cualquier animal que la transmita o en cualquier podredumbre que haya». O cuando George Orwell dice: «Cuando vuelva el fascismo no lo va a hacer de la forma que lo hizo, probablemente vendrá vestido de democracia y vestido de libertades.»

Me hace pensar en la “banalidad del mal ” a la que se refirió Hannah Arendt [Eichmann en Jerusalén, 1963] con relación a los juicios de Nüremberg. Al principio me refería al cinismo de los gobiernos, después de todos los debates que hubo en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, los debates que hubo en otros países de occidente a finales de los años sesenta, solo puedo entender que hemos perdido la vergüenza: hoy el cinismo se ha convertido en la norma. 

Es verdad que el cinismo se ha convertido en la norma. Es verdad que los juicios de Nüremberg supusieron jurídicamente un antes y un después, pero no están exentos de una visión cínica y parcial de la Historia, porque se seleccionó lo que tenía que sancionarse. Lo importante de esto es la enseñanza que transmitieron, pero si nos damos cuenta, desde los juicios de Nüremberg y las últimas repeticiones en los años sesenta, ocurrieron muchas cosas y no hubo ninguna respuesta internacional frente a esos hechos criminales sistemáticos, desde el genocidio tibetano hasta Corea, pasando por Camboya, llegando a las dictaduras latinoamericanas, con un paso previo por el franquismo en España. Es decir, una sucesión de impunidades que no fueron respondidas, por tanto, el cinismo en la política en sus planteamientos y en la fabricación de espacios de impunidad es muy grave y apela a la responsabilidad permanente de esos gobernantes que, desde mi punto de vista, han socavado derechos, incluso han retraído la posibilidad de que períodos democráticos que podrían haber sido fundamentales para el cambio del mundo, dejaran de serlo. 

Apelando a Arendt, es peligrosísimo la banalización del mal, ese cinismo, pero también esa banalización que se vio en el juicio del caso de Adolf Eichmann cuando decía: «Yo no era el que diseñó todo este andamiaje del genocidio de la solución final, simplemente era alguien que tenía un puesto administrativo», ¡bueno! ¡eso es cinismo y banalización! Por eso, como decía antes, es absolutamente necesario estar con todas las alertas, no quiero comparar épocas de la Historia, pero parece que al no haber una masacre, al no haber una shoa, al no haber un holocausto, nada de lo que sucede es grave. Insisto, de la indiferencia surgen muchas cosas, consecuencias no todas positivas.

¿Estos temas están lejos del ciudadano común?

Yo creo que tenemos que cambiar los paradigmas de la política. Tenemos que pasar de una política representativa a una política participativa, la sociedad debe de participar. A la sociedad, al pueblo, no se le puede tener como ignorante o como el tonto útil al que se acude para votar cada cuatro o seis o cinco años y después nos olvidamos la democracia. Desde mi punto de vista es una responsabilidad compartida por todos, por cada uno de nosotros y de nosotras. 

Debemos participar, somos corresponsables no podemos servirnos ni en el control de los gobernantes, ni en la transparencia. La transparencia no significa que nos den datos, significa intervenir proactivamente en que esos gobiernos abiertos y transparentes sean una realidad, no basta simplemente con esperar a que nos den una solución. Ese es el camino que se nos marca o que tenemos que definir nosotros. Y sobre la justicia, para mí es fundamental que sea acercada al ciudadano, pero el ciudadano tiene que comprender los mecanismos judiciales, eso implica la necesidad de una pedagogía de la justicia, dicen que la justicia no se explica, pero la justicia se aplica de forma imparcial por jueces independientes, pero necesitamos explicarlo, porque esa explicación va a dar tranquilidad, esa pedagogía nos va a permitir transmitir esos valores que a veces no comprende el ciudadano normal, el mismo que se ve agredido por las instituciones. Ese es el cambio de paradigma que hay que hacer, es mucho más complicado para el gobernante, pero es cambiar la idea del aprovechamiento, de la patrimonialización de las instituciones a definirlas realmente como son: un servicio público, y los que la titulan son servidores públicos, y los titulares reales son los ciudadanos y por tanto el pueblo. 

Imagen: Huemanzin Rodríguez