«Nepantla», un viaje

Charlamos con Elsa Cross sobre su nuevo poemario y sobre la persistencia y el sonido de las palabras  

Pachuca (N22/Huemanzin Rodríguez).- Poeta, traductora y ensayista, Elsa Cross ha publicado su más reciente poemario titulado Nepantla (Ed. Era, 2019), inspirado más en el nombre de ese pueblo cercano a los volcanes, que al lugar de nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz. En Nepantla se sienten esos otros intereses de Cross, el mito, la religión y la filosofía de culturas antiguas. 

«El libro no tiene que ver más que, como un homenaje, con el lugar del nacimiento de Sor Juana, sino con el significado de la palabra en náhuatl. Nepantla quiere decir “En medio”, o “estar en medio”. Y eso es un poco lo que el libro desarrolla. Ese estar en medio de muchas dualidades, vida y muerte es la más marcada en el libro. Y cómo finalmente se pueden trascender y asimilar.»

¿Nepantla en un viaje?

Yo fui a Nepantla hace muchísimos años. Antes de que se reconstruyera lo que fue la casa de Sor Juana, que cuando fui estaba en ruinas. Ahí pasa un río que también pasa por mi poema. El río no lo vi esa vez que visité Nepantla, pero supe después que en ese río fueron dispersadas las cenizas de Juan Gelman y quise dedicar el libro a su memoria, a la de él y de otro poeta muy querido que murió en ese mismo año, el estadounidense, John Oliver Simon, quien tuvo un enorme amor por México y en general por toda Latinoamérica. Tradujo a muchos poetas, incluso a mí me tradujo un libro y él mismo era un estupendo poeta, muy ignorado en Estados Unidos. Entonces el libro va también como un homenaje a ellos, y desde luego con lo que más juego es con esa orilla entre vida y muerte.

Cuando un poema es escrito, ¿acaba para su autor?

No, creo que nunca. Siempre hay otras alternativas para expresar cosas. Cosas que faltaron o que se pudieron decir de otro modo, pero hay que parar y dejarlo ir; por otro lado, un poema siempre revive cuando alguien lo lee. 

¿Cómo es tu relación con las palabras? 

En varias ocasiones en mi trabajo las palabras se hicieron polvo, se fueron. En mi cabeza se repite: “Ya dije lo que quería decir…”. Y lo doy por bien terminado. Y de pronto me sale un libro y luego otro. Entonces, las palabras se niegan a morir. Resurgen de algún modo. 

¿Te encuentras con las palabras o las palabras te encuentran?

Yo creo que es mutuo, es como una atracción mutua. Hablo sobre eso, justamente en Nepantla tengo un poema sobre las palabras, y también tengo otro en uno de mis libros recientes titulado Insomnio. Me persiguen las palabras, no logro conjurarlas y eso está muy bien porque disfruto mucho de ellas.

¿Ahora cómo es tu relación con ellas?

Estoy trabajando tres libros, algunos comenzados hace diez años o más. Estoy esperando para ver qué pasa. Hay libros que sé que tengo que seguirlos, pero otros no, en especial estos, siento que tengo que esperarlos, esperar a que lleguen las palabras. 

¿Cuál es el tiempo de la poesía?

Todo el tiempo, es un tiempo constante y de uno depende conectarse. Es una realidad subyacente. 

¿Cómo sabes que el poema fue acabado? 

Cuando lo leo de principio a fin y no me molesta. Trabajo mucho mis poemas por esa razón, porque veo que hay algo que no va. Me gusta mucho leer en voz alta mis poemas, de hecho, los leo en voz alta para ver si los doy por terminado. En mi caso es importante, para saber si el poema ya está hecho, ver cómo suena. Presto mucha atención a todos los aspectos sonoros. Me importa el ritmo, la cadencia de los poemas, la sonoridad, sin cacofonías, ni sonidos molestos. 

¿Cómo describes el ritmo de Nepantla?

Es un ritmo con más pausas, muy diferente a como fue “Insomnio” (Ed. Era, 2017), que salió solito, como una catarata de versos, tenía tres días sin dormir, estaba en Calcuta con 12 horas de diferencias, estaba muerta de cansancio y en la primera noche, de golpe me salieron 11 cuartillas casi sin correcciones. Y “Nepantla” salió a cuenta gotas, tiene muchas pausas, las pausas adecuadas para abordar un tema como el que tienen sus poemas. 

Imagen: Alejandro Miravete