#DiseñoYCiudad: El declive del mobiliario público para niños

A mediados del siglo XX, Mario Pani, Luis Barragán, Mathias Goeritz, Germán Cueto, diseñaban el espacio de juego para niños en la vía pública; ahora un proveedor chino, en un espacio residual, cubre esa función 

Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- Los objetos nos hablan, depende si tenemos el conocimiento para escucharlos o la habilidad para leerlos. Un parque urbano con mobiliario infantil, conocido como playground, ya que así se le llama en Estados Unidos, donde aparecieron a finales del siglo XIX y principios del XX, nos puede hablar de economía, arte e historia. Esa prueba material revela entornos sociales, intereses y preocupaciones. Así lo pensó Aldo Solano Rojas, historiador de arte autor del libro Playgrounds del México Moderno (Ed. Cubo Blanco, 2019).

«Desde la maestría me llamaron la atención los juegos infantiles en los espacios públicos, esos juegos de concreto estandarizados y masivos con los animales de concreto creados por Alberto Pérez Soria, que forman parte de nuestro paisaje cotidiano de las ciudades mexicanas. Todos esos objetos tienen nombre y apellido, tienen razón de ser o de no ser. Y de ahí me surgieron preguntas como ¿por qué el mobiliario urbano infantil para espacio público es diferente en Guadalajara? ¿Por qué son iguales los que están en Tabasco y Baja California? Entonces descubrí a los actores: la SEP, los sindicatos, las empresas, etc. Una constante es la centralización del país. A diferencia de Europa, donde los aparatos de juegos fueron muy aislados, resultado de proyectos autogestionados y muy localizados, en México hubo una necesidad y una urgencia para estandarizarlo todo desde el centro del país, e irradiar al resto (salvo Guadalajara, que funcionó como un polo autónomo). El caso de México es único en el mundo, pues desde las primeras décadas del siglo XX tuvo una estandarización del mobiliario urbano infantil para espacios públicos con un discurso de equidad para los niños y niñas del país; fue con la llegada de los multifamiliares, cuando cambia un poco todo.» 


¿Cómo fue el proceso a principios del siglo XX? 

El Playground, concepto que viene de otros países, es un área de juegos infantiles en espacio público mantenido por el Estado. En el caso del porfiriato los casos son residuales, asociados a la idea de vida europea o estadounidense, al suburbio gringo con su zona de juegos, que nos vienen del noreste de EEUU. Lo que cambia es la visión de sociedad que con el auge del movimiento Moderno da rasgos distintivos en cada país. El arquitecto se vuelve un diseñador de la vida diaria: de las ciudades, de los edificios y del espacio público. 

El desarrollo urbano en México está potenciado por la visión posrevolucionaria: cuidar de los niños que estuvieron muy cercanos a la violencia y la orfandad. Así nacieron los desayunos escolares, los hospicios y las granjas. Con proyectos muy influenciados de ideas anarquistas como empoderar a los niños en congresos donde estuvieran ellos solos, autogestionados. Así entra esta idea moderna del espacio urbano público para los niños sorprendidos por un entorno hostil de crecimiento constante y peligroso. Es el cambio de idea de ciudad y del juego sano al aire libre.

En el caso del Playground, lo que encontré es que entre los años cincuenta y sesenta, al no haber diseñadores industriales, el movimiento de integración plástica impacta  a través de la figura del arquitecto, que diseña el espacio infantil y el mobiliario para el juego, espacio que utiliza para expresar también sus necesidades plásticas, reflejadas en lo escultórico.


¿Se reflejan en los playgrounds el cambio de las teorías pedagógicas?

Es un cruce muy bonito y raro, tienen que ver la integración plástica, el movimiento moderno y también todas estas teorías pedagógicas que inundan el país: Piaget, Montessori, etcétera. Permea en todas partes la idea de que el niño tiene que explorar y artistas como Mathias Goeritz, hacen obras no programáticas, completamente abstractas. Otros tienen a la resbaladilla, los animales de concreto, un trabajo más temático, cosas más escultóricas y personales. En el caso de Fabián Medina Ramos, son toda una maravilla sus juegos brutalistas, que tienen escondidos los juegos, sin color, completamente en bruto y que son una escultura que funciona a partir del juego. El niño se convierte en una capa plástica más, es el usuario que activa el objeto. Ejemplo de ello es el trabajo de Germán Cueto, quien crea una escultura monumental que tiene una función muy precisa, pero cuando los niños la echan a andar y la habitan, es otra cosa mayor. 

¿El discurso de la Escuela Mexicana de Pintura se ve reflejado en los playgrounds?

Tardaron en decantar las teorías de Vasconcelos, tardaron en manifestarse. En realidad, el punto de quiebre es 1947, con la introducción del modelo del multifamiliar. Y a partir de ahí viene una idea del “bien vivir” moderno: ventilación, locales abajo en el exterior, liberar la planta baja, vivienda vertical, infraestructura con alberca, plataforma de clavados, los juegos infantiles entran ahí y a partir de ese momento, se empiezan a replicar. Entonces se vuelve en una cosa necesaria y que todo mundo dará por cierto, el espacio protegido para niños se convierte en una constante. Eso permite que se exploren más posibilidades, a veces más, a veces menos libre, otras más orientadas al diseño industrial o hasta espiritual y cercanas a la investigación. 

¿Eso detona otra visión de espacio público para niños?

Se refleja en la iniciativa privada: centros comerciales y hoteles en donde el espacio es entendido como “público”. Los sindicatos también crean así sus espacios. Es muy interesante eso porque demuestra lo importante que era el Estado, la visión oficial que imponía un ritmo en todo. Desde el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Instituto Mexicano de Protección a la Infancia (INPI), fundado en 1961, se establecieron los playgrounds como una necesidad; tanto Plaza Satélite, las Tiendas De Todo o el Hotel Presidente Chapultepec seguían el ritmo, me parece que había una sintonía en todo el país.

Pero eso que cuentas son recuerdos que han quedado en el paraíso perdido de nuestra niñez.

Los niños son lo más fotogénico para un candidato a un puesto de elección popular. Si quieren quedar bien para la foto de medios, arreglan un parque con juegos infantiles, ¿quién te va a cuestionar que es algo malo? La niñez ha sido una bandera de preocupación legítima de los gobiernos a lo largo del siglo XX. Lo vemos desde los Congresos de los Niños Proletarios en 1935 (donde me parece que sí hubo la idea más legítima hasta ahora), hasta nuestros días donde destruyen un parque, un playground de ese paraíso perdido, para poner juegos nuevos supuestamente mejores. El gran problema es que esos juegos nuevos no benefician a los niños, pues son una zona de juegos prefabricada y marginalizada en un pequeño pedazo dentro de un parque. Lo que tenemos que buscar los ciudadanos, es que toda la ciudad sea amigable para la niñez, si es así, será amigable para cualquier tipo de ciudadano. 

El mobiliario urbano de hoy tiene una ergonomía basada en las características de un hombre adulto europeo. Esto pasa porque la niñez no importa, porque no emite un voto ni produce dinero, solo importa lo que sí es explotable. 


¿Necrocapitalismo? 

No tanto, la niñez es transitoria, importamos cuando logramos la mayoría de edad. Si en el pasado hubo grandes esfuerzos, y el mejor ejemplo es el INPI que rescató parques e hizo guarderías en un alcance nacional, hoy tenemos que preguntarnos si a los gobernantes les importa la infancia. ¡Qué bueno que arreglen avenidas tan importantes como Presidente Mazarik! Pero, ¿lo novedoso es poner estacionamientos para bicicletas? ¿Qué pasa con los niños? ¿Qué pasa con la gente con capacidades diferentes? ¿Qué pasa con los débiles visuales?

De hecho es más fácil encontrar en estas adecuaciones a parques públicos, más espacios pensados para perros y bicicletas que para niños. 

Exacto. Me parece que debemos retomar el trabajo de los teóricos, diseñadores, artistas y arquitectos que pasaron tanto tiempo en la creación de estos espacios para juegos, esto lo digo retomando el optimismo del siglo XX. Del otro lado, la pregunta es: ¿tiene remedio algo como la Ciudad de México? ¿Una urbe tan vasta con el lastre de decisiones administrativas que ha tenido al menos los últimos veinte años, cuando ha tenido un gobierno propio? No lo sé. Como historiador estudio lo que ya ha pasado. 

Si nos vamos a distintas épocas del siglo XX y analizamos lo que cada una hizo con la niñez, veremos cómo crece, disminuye y se utiliza, veremos cuán verdaderamente importante ha sido la niñez para los políticos.

¿En qué momento, te parece, fue el límite del desarrollo de los playgrounds?

La llegada del neoliberalismo. Eso impacta en todo, en el caso específico del playground, a partir de ese momento se detiene la construcción de los espacios públicos y en ocasiones, se destruyen. Y luego ocurre lo que historiadores de Estados Unidos llaman “La McDonaldización de los playgrounds”: se vuelven de plástico, demasiado seguros, prefabricados e iguales. Tiene que ver con la muerte de un niño en Manhattan a principios de los años ochenta en un playground de concreto, la familia demandó y ganó. Todo mundo enloqueció y se destruyeron playgrounds históricos, patrimonio artístico con arraigo en la sociedad. Desde entonces gradualmente todo se vuelve plástico. 

Pasados los años, ahora se reflexiona mucho sobre el tema. Se reflexiona sobre la importancia del riesgo como parte necesaria del proceso educativo, se reflexiona sobre la necesidad de un mobiliario urbano público para niños diferente uno de otro, que motive la evolución del juego, si los juegos son iguales o todos se resuelven de la misma manera, el niño ya no juega, su diversión está condicionada. 

Ahora “habilitan” como playground espacios urbanos que no le sirven a nadie o inventan un espacio de juegos en pocos metros cuadrados en lo que parece el cumplimiento de una cuota como en bajo puentes, camellones, debajo de torres de alta tensión, espacios residuales que tienen que ver con la mala o nula planeación y el no control del crecimiento de la ciudad. De hecho, en las cartas de la Ciudad de México no existe la tipología de “área infantil” o “área de juegos”. Lo que termina por pasar es que el delegado, alcalde o lo que sea, llama al proveedor de estos playgrounds de plástico y le propone una medida en metros cuadrados, a lo que el proveedor responde, por decirte algo: Alcanza para el módulo C23, o el C24… No hay un arquitecto de paisaje, no hay arquitecto, no hay urbanista, mucho menos un jardinero. Así lo mandan, los trabajadores lo ponen, echan grava o piedra tezontle alrededor y se acabó. A nadie le importa si hay luz, es peligroso o si las vialidades no arrinconan al playground

Es un contraste brutal con lo que vimos en el siglo XX, en donde personas como Mario Pani, Luis Barragán, Mathias Goeritz, Germán Cueto, Teodoro González de León, Gonzalo Fonseca, Fernando González Gortázar construyeron playgrounds. Ahora el distribuidor de juegos fabricados en China, es el que “diseña” los juegos infantiles en los espacios urbanos residuales. Y eso lo podemos rastrear desde que el neoliberalismo entró como política de Estado.

Imagen de portada: Parque Morelos, Guadalajara

Imágenes en cuerpo de texto: cortesía de Aldo Solano