Justicia en humo rosa y gris

Algo está muy mal si en el orden de prioridad está atender la pérdida de un objeto y no la de una vida. Algo está muy mal si las acciones con las que se quiere combatir la violencia, son más violencia

Ciudad de México (N22/Ana León).- Algo está muy mal si en el orden de prioridad está atender la pérdida de un objeto y no de una vida. Algo está muy mal si las acciones con las que se quiere combatir la violencia, son más violencia. Algo está muy mal si se tiene que explicar que lo que se califica como “provocación”, es un llamado desesperado en contra del terror impuesto por la violencia de género y por la impunidad. No, no creo que el camino sea la destrucción, pero tampoco creo que sea la tolerancia al rotundo fracaso de la autoridad institucional, al rotundo fracaso de nuestra sociedad. Y cierro esta paráfrasis a un texto de Leila Guerriero citándola textualmente: «Pero hay algo que está muy mal mucho antes de llegar a la violencia desaforada, la discriminación y la desigualdad, y que empieza por un mundo dividido –por mujeres y por hombres– en celeste y en rosa.»

La tarde de ayer cientos de mujeres se concentraron en la Glorieta de los Insurgentes. “Justicia” y “Somos malas, podemos ser peores”, podrían ser las frases que marcaron los dos momentos de esta concentración devenida movilización. Primero el encuentro, el grito a todo pulmón, la exigencia de, como se leyó in situ, el esclarecimientos de abusos por parte del sistema judicial; las exigencias de cárcel para violentadores sexuales y de decretar la Alerta de Violencia de Género para la Ciudad de México y toda la República Mexicana; la exigencia de acciones de reparación para las víctimas, así como que fuerzas militares no se encuentren a cargo de la seguridad pública. 


Enfrente de la Secretaría de Seguridad Pública, el planteamiento fue contundente: que ser mujer no sea ya una condición de riesgo en nuestro país. Que no sean las mismas autoridades, bajo cuyo cuidado debería estar nuestra seguridad, cómplices de la violencia, cómplices de la indiferencia, cómplices de la impunidad. 


Platico con Ytzel y con Mariana, mujeres activistas que se han sumado a esta concentración sin banderas y que son también parte de su organización bajo el hashtag #NoMeCiudanMeViolan. La breve charla sucede a unas calles de la Glorieta de los Insurgentes, previo a la concentración. Allí ellas, con el rostro a medio cubrir, me cuentan que este encuentro tiene como objetivo «la visibilización de todas las fallas del proceso de justicia penal en la Ciudad de México y el exigir la alerta de género en la misma, y que se esclarezcan todos los procesos que se están llevando a cabo, por lo menos ahorita, Azcapotzalco, el de la colonia Tabacalera y el del Museo Archivo de la Fotografía.»

Me explican también sobre la carta de peticiones que quieren hacer llegar a la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, y a la procuradora de la ciudad, Ernestina Godoy, a la Policía y a la secretaria del Instituto Nacional de las Mujeres, para que sepan cuál es la exigencia. Carta que se difundió en redes sociales y que se puede leer aquí:

En esos momentos previos y teniendo como referencia lo sucedido días antes en las instalaciones de la Procuraduría, les pregunto, ¿cómo combatir este discurso de violencia? Y es Ytzel la que me responde: «creo que deberíamos empezar a replantearnos cómo entendemos el concepto de violencia, si nos importan más, por ejemplo, que el procurador esté lleno de brillantina o que se rompan puertas, o que se nos esté violentando desde nuestros cuerpos. Y reafirmar que justo no es violencia sino que son representaciones que vienen desde la rabia y desde el enojo, justo por estas fallas en el sistema penal y por toda la violencia patriarcal.» 

«Y también decir que tenemos derecho a esa rabia», dice Mariana, «porque nos están matando y nos están violando. Las personas que deberían velar por nuestra seguridad y nuestro bienestar son justo las que nos están violentando, y estos casos son la máxima expresión de eso. Y más que combatir ese discurso de odio que viene de una misoginia y de un no entendimiento por los derechos de las mujeres, es invitar a otras mujeres a que se sumen a este tipo de acciones.»


Se grita, se exige, se brinca, y humo en violeta, rosa y verde, se esparce sobre nuestras cabezas. Luego de la lectura, de gritos, de susurros, se decide que la concentración salga de la glorieta y se despliegue hacia Insurgentes. Se camina un tramo de esta avenida. Una unidad de Metrobús es marcada con un puño en rosa; hasta ahí todo va tranquilo. La circulación se detiene. Se hacen pintas. Vuela la brillantina rosa. 


El ánimo cambia. Se escuchan el ruido de los palos contra los cristales de una de las dos paradas del metrobús. Algunas manifestantes corren para alejarse de los destrozos y otras se acercan para grabar. Activistas de negro y con el rostro cubierto, otras no, rompen, pintan y gritan. En el lugar son provocadas por un sujeto que del otro lado de la estación las insulta, las confrontan, las anima a subir y encararlo. Una lo hace; las otras la detienen. Otros más las confrontan también. 


Luego, el camino hacia la otra parada, la que queda enfrente de la Secretaría. El humo deja de ser de colores. Los cristales caen, hay gritos, palazos contra el inmueble. La rabia y el hartazgo lo ocupan todo. Y observamos. Y mi compañera fotógrafa y yo nos preguntamos: ¿es esto necesario? Y en silencio, unas horas después, camino a casa, me pregunto si hay algo que no estoy entendiendo al hacerme esa primera pregunta. 

La indignación por lo destruido inunda las redes sociales, pero indigna más que sea eso y que no sean los asesinatos los que detonen el escándalo; y que no se reflexione sobre el origen de esa rabia. 

«La violencia viene de parte del Estado», me dijo Mariana, «ésas son las provocaciones, que nos violen, que nos maten, que no nos cuiden […]. Es reflexionar si es que queremos seguir viviendo en un país y una ciudad donde eso es posible y donde el gobierno tiene esas narrativas.» 

Es una doble moral, y mientras se mantenga esta doble moral no habrá menos mujeres muertas, ni menos violadores sin castigo. No habrá un cambio de discurso donde no se hable ya no en términos de hombres y mujeres, sino de personas, de seres humanos. 

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9 de cada 10 violadores salen impunes 

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Todas las imágenes: © Ireli Vázquez