“Limbos rojizos”

La nostalgia por el socialismo, porque el pasado fue mejor convive con un goce del libre mercado y el abrazo a la economía neoliberal; “una Rusia con polos imbricados” es lo que retrata el investigador Rainer Matos en su más reciente libro

Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- Glásnot (Гласность: Transparencia) y Perestroika (перестройка: Reestructuración) son palabras rusas que llegaron al vocabulario del mundo a finales de los años ochenta del siglo XX y aunque no todos conozcan sus significados de inmediato, pueden asociarlas al fin del comunismo soviético. Después de eso, ¿cómo abrazar el libre mercado cuando por siglos se ha creído en los líderes de mano dura? El investigador Rainer Matos Franco, autor de Historia mínima de Rusia (Colmex, 2017), entrega este mes su más reciente libro: Limbos rojizos. La nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista.

-En 1991 todo se desmiembra, de repente están 15 Estados nuevos que nunca habían sido Estados como tales, excepto las repúblicas bálticas. Esos Estados que surgen de la nada y tienen que forjar una identidad nueva a partir de bases, algunas muy endebles como las repúblicas en Asia central, algunas con un poco más de tradición como las que encontramos en Ucrania, Rusia y los países del Cáucaso. Pero lo que pasa en Rusia y en el subcontinente euroasiático en los años noventa, son crisis económicas y políticas tremendas. Basta recordar a Boris Yeltsin, el primer presidente de la Federación Rusa, a quien en 1993 se le atrincheran lo parlamentarios porque no están de acuerdo con sus reformas, algunos quieren regresar a la URSS otros quieren reformas más profundas, y de repente en Rusia hay crisis en todos los ámbitos. En este nuevo libro hablo de muchas crisis, de ese discurso de la gente que en los años 90 sabía que todo era crisis. Lo resumo en un chiste local que cito en el libro:

En Siberia un niño le pregunta a su mamá:

– Mamá, ¿qué usábamos antes que velas para que hubiera luz en la casa?

Y la madre le responde:

– Electricidad.

No es cosa menor, es cierto en muchos sentidos. Había gente que antes en el socialismo (con todos sus bemoles, con todos sus problemas, con la represión que hubo y que está documentada) no se moría de hambre, y después con las crisis de 1991 hay gente que sí se muere de hambre. Los habitantes del bloque soviético no conocían la indigencia, ni la hiper-inflación y tenía un sueldo seguro, porque el Estado socialista era el que se iba a hacer cargo de organizar las economías. A esa gente, de pronto se le dice que los sueldos no van a llegar, que van a tener que esperar, que van a tener que pedir un crédito. Eso empieza a pasar en muchas regiones de Rusia. Por otro lado, el nuevo presidente Yeltsin les parece errático, se sabía que bebía mucho, que estaba enfermo, nadie sabía a bien qué es lo que iba a pasar. Y no es de extrañar que el Partido Comunista, fuera el más votado en Rusia en los años noventa, porque la gente quiere regresar a cierta certeza que ya no tiene.

Pero en el año 1999, Yeltsin, que era un político bastante sagaz y perspicaz, se decide por la figura de Vladimir Putin que era el personaje más efectivo de su gabinete, era el director de la FSB (que antes era la KGB). Como Yeltsin ya no se puede reelegir en el año 2000, sabe que Putin le va a responder, lo deja en el poder primero como presidente interino y después gana la elección sin ningún problema porque tiene una retórica distinta a la de Yeltsin, así lo dice en sus primeros discursos: “Vamos a recuperar a Rusia, vamos a regresar a lo bueno de Rusia, a lo bueno que dejó el socialismo. Pero también no vamos a regresar de lleno a eso, sino vamos a incorporar lo bueno que tenemos en estos diez años de transición de una economía de mercado y de una democracia.”

En ese sentido la Rusia de los años noventa era un poco más democrática. También Putin le empieza a quitar a los comunistas, que eran los grandes opositores, parte importante de su discurso y gana una popularidad impresionante. Un hecho fundamental para ello fue cuando en 1999 viene una invasión de islamistas fundamentales en Daguestán, la retórica de Putin es la de acabar con ellos, toma un avión y se va él solo al Cáucaso, habla con los generales y en efecto, disuelve el problema. Así empieza a generar la imagen de alguien que puede resolver cosas y que puede devolverle a Rusia la dignidad que se les fue.

Eso lo escuché en Rusia con la gente de a pie, gente que decía que Putin le iba a devolver el lugar que Rusia había ocupado en la historia. Pero esa visión no es algo que se repitiera en los círculos intelectuales de Rusia, donde me pareció ver que Putin no tiene la misma popularidad. Al recordar esto, vienen a mí mente otras imágenes de Rusia, donde los monumentos de sus artistas y héroes siempre tienen rosas rojas, les rinden respeto lo mismo a Dostoievski, Tchaikovski o Petipa, que a Yuri Gagarin. Eso también lo vi a un costado del Kremlin, frente a la Plaza Roja, donde están sepultados los líderes soviéticos, junto al mausoleo de Lenin donde está la tumba de Joseph Stalin vi la mayor cantidad de flores en torno a la memoria de alguien. Parados ahí, vi a viejos señores con sus gruesos abrigos soviéticos. Enfrente, al otro lado de la Plaza Roja está el GUM, el centro comercial más costoso de Europa donde los jóvenes rusos se reúnen y consumen como ocurre en cualquier parte del orbe. Pero la gente del campo ruso, como la mayoría que habita el campo en el mundo, no se ha visto beneficiada del libre mercado, y aunque las nuevas generaciones no vivieron los años soviéticos, tiene una idea romantizada de ese período. En esta imagen encuentro tus limbos rojizos.

En efecto, la efigie de Stalin en la Plaza Roja, siempre ha sido la tumba con más flores, sobre todo el 5 de marzo cuando es el aniversario luctuoso de Stalin. Siempre ha tenido más flores que todos los líderes que están ahí como Brézhnev, etcétera. Enfrente está el GUM, que es el centro comercial más caro de Europa. Del otro lado tiene a la catedral de San Basilio, el centro ruso más evidente de la religión ortodoxa. Rusia es un poco todo eso.  Al mismo tiempo, las clases medias están muy extendidas porque no hay un división tajante como la hay en México o en otros países, y en general sí apoya a Putin y a cierta mano dura, como se le ha llamado a la cultura política rusa desde hace muchos siglos. Stalin es la mano dura por excelencia y representa eso. Evidentemente la gente que vivió la represión no va a dejarle flores a Stalin quien reprimió a miembros de su familia en los años treinta, y a otros los mandó a los campos de concentración. Algunos rusos creen que Stalin había sido un mal necesario. En el libro yo no tomo partido por nadie, sí documento estos cambios en la sociedad rusa tras la caída de un sistema de gobierno.

En el proceso político el discurso del nuevo régimen les decía: No tienen nada, ahora van a tener todo, ya no hay una dictadura encima que te asignaba a un campo socioeconómico específico. Ahora tenemos que producir setenta tanques al mes aunque nunca se usen y se queden ahí. No extraña que haya gente que le deposite flores a Stalin, no por represor sino porque significaba certidumbre, porque en aquel pasado el futuro era promisorio. Y en el presente, el futuro ya no es promisorio, entonces volteas al pasado. Y es un pasado glorioso que los rusos recuerdan aún hoy porque Stalin es quien vence en la II Guerra Mundial, y Rusia es quien pone 25 millones de muertos, es algo que significa mucho para ellos. Casi todos los rusos tienen a un familiar que o falleció en la guerra o es veterano, todavía hay veteranos de más de noventa años que se reúnen cada 9 de mayo en la Plaza Roja, durante el gran desfile.

Y en efecto, a la mejor en estas zonas urbanas como siempre ocurre, esta retórica tiene un tufo a antiguo régimen. Las élites intelectuales no lo ven muy bien como tampoco la gente que hace dinero fácil, ese pasado no les dice nada. Y, evidentemente, el Partido Comunista en donde más votos logra –sigue siendo la principal fuerza de oposición en Rusia-, está en zonas menos urbanas.

Una anécdota: en la campaña de 1996, el candidato del partido comunista (que sigue siéndolo hasta hoy), para competir contra Yeltsin se tuvo que ir a meter a un antro en Moscú, a cinco años de que el socialismo se había acabado en Rusia, bailaba en un antro con jóvenes para ganar votos.

No es un caso limitado a Rusia, pero en otros países de Europa, también en el campo es donde los partidos conservadores tienen mayor presencia. En tu libro no sólo hablas de Rusia, también de los países que vivieron el comunismo.

Hablo de Rusia en la segunda mitad pero en la primera mitad hablo de muchos otros lugares, Alemania incluida. Me meto a ver la literatura que hay de los antropólogos, de los sociólogos que hacen encuestas, que van a hablar con la gente, que hacen etnografías en Polonia, donde la gente les dicen: -¡Claro que estábamos mejor antes, pero ahora no se puede decir! Y tenemos que votar por una pléyade de partidos que no nos dicen nada.

Evidentemente esto no es generalizado, es una parte de la sociedad que lo ve así, que lo siente y resiente de esa forma. Son ideas que no sólo puedes escuchar en el campo, también en diversas ciudades porque la gente le tiene resentimiento a Moscú.

En Rusia hay una tolerancia compartida en la que tú puedes decir sin ningún problema, sin ninguna represalia, que antes se vivía mejor en el socialismo, como también puedes decir que se vive mejor ahora, sin ningún problema. Los que tiene problema son lo que dicen que se viviría mejor de otra forma.

Esa Rusia que vive con polos imbricados, está fomentada desde arriba, desde el gobierno. Putin es muy inteligente, un día te dice: –Celebremos a Yuri Gagarin que fue el primer hombre en el espacio, eso nos dejó el socialismo. Y al día siguiente está con gente de la Asociación Memorial que se dedica a revisar los crímenes del estalinismo y les dice: –¡Estos crímenes son terribles, Stalin es terrible! Y les permite libre acceso a los archivos de la KGB. Él juega con ese doble discurso, pero en realidad estas dos cosas ocurren en Rusia al mismo tiempo.

Y tienes estos otros países como Bielorrusia en donde todavía se vive como en la URSS, con Alexander Lukashenko desde 1995, porque la gente así lo quiso y lo votó. Porque Bielorrusia ganó su independencia sin quererla y nadie sabe qué hacer bien a bien. Y en la primera campaña presidencial los candidatos hablan de las virtudes del libre mercado y el que recibe los votos es quien defendía las estructuras del socialismo, el que más apela a la reestructuración del viejo régimen y gana de calle, y Lukashenko sigue ahí gobernando. Sí hay una economía abierta de mercado pero la estructura está como antes, en Bielorrusia el Estado se hace cargo de todo. Sí hay disidencia, sí ha habido represión con Lukashenko pero en general la gente cree en el viejo régimen.

¿Qué significa para el presente este libro?

Son dos cosas distintas y eso es lo que deseo plasmar en cada capítulo: por un lado la nostalgia desde arriba, desde el régimen, lo que hace un partido comunista para sobrevivir en un modelo económico neoliberal; y por otro, desde abajo, la gente, las entrevistas que cito, su opinión y la encuesta que he hecho.

Pero hay otro tipo de nostalgias, que son tan reales y palpables que personajes que no son nostálgicos usan la nostalgia del comunismo para fines políticos, es el caso de Putin. Lo usó muy claramente en Ucrania el Partido de Regiones con Víktor Yanukóvich, que ya no existe, fue destronado en 2014; y el heredero de este partido que hoy se llama Bloque Opositor, tiene a su electorado en las zonas pro rusas donde ahora hay conflicto. Ahí es donde ves más claramente lo que te digo, en esas zonas cuando se hacen censos la gente no se asume ni ucraniana ni rusa, se asume como soviética.

Eso pasa mucho también en lo que fue Yugoslavia, sobre todo en Bosnia, donde hubo más conflicto y es donde hay más etnias, la gente se dice algunos bosnios, o sea musulmanes; algunos croatas o sea católicos; algunos serbios, o sea ortodoxos. Pero otros dicen: Yo soy yugoslavo. Porque para la gente, Yugoslavia significaba algo, algo transnacional por lo que no se peleaban por una religión o etnia. Eso pasa en Ucrania, en las regiones de Donetsk y Lugansk, donde tienen conflicto desde 2014, yo sostengo que la gente de esas regiones apela a una identidad transnacional y Rusia les garantiza eso. Ucrania no, porque su gobierno actual tiene un discurso bastante nacionalista, muy feroz en el cual la gente que habla ruso no cuenta, solo cuentan los que hablan ucraniano; por el contrario en Rusia tú puede hablar el idioma que quieras y está garantizado en la constitución, en las repúblicas autónomas, etcétera, y esto no es hablar bien ni de unos ni de otros, simplemente te muestra que así ha sido la construcción social y económica, desde arriba y desde abajo. Y esa confluencia es lo que intento plasmar en Limbos rojizos.

Hace 200 años nació Karl Marx, hace 151 años fue publicado El Capital, hace 26 años que nos han dicho que todo eso era falso. ¿Por qué te interesa este tema?

Este fue el tema de mi tesis de licenciatura, que ahora es un libro modificado y actualizado, y me nació porque desde joven me interesé en Rusia y de pronto, en la década pasada antes de la crisis de 2008, se nos decía que el libre mercado era lo mejor, que la democracia de occidente es lo mejor y vemos que el partido más votado después del partido de Putin, era el comunista. ¿Cómo es posible esto? Desde el 2003 es la primera oposición. El trasfondo es el Fin de la Historia, de Francis Fukuyama. ¡Eso nos lo han dicho desde principios de los noventa y mira cuántas cosas han pasado desde entonces! Tienes a Lukashenko, tienes a Putin, decían que el libre mercado venía para quedarse y mira los proteccionismos; tienes a una China revisionista; tienes a Trump en el mismo lugar donde surgió el Fin de la Historia. Hay que desmitificar ese Fin de la Historia, es muy egoísta, muy occidentalista tratar de intentar implementar sus valores y sus creencias en países en donde los políticos  nunca han estado o vivido, en donde nunca han platicado con nadie.

Yo a lo que invito con el libro es a abrirse a otras visiones de la vida, a ir a los lugares y conocer a las personas porque si no estás ahí y no conoces a la gente es difícil emitir un juicio u opinión sobre otras realidades que, por no ser entendidas o conocidas no significa que sean malas o no existan. Invito a desmitificar.