Postales de Rusia: Andrei Ermakov y el Teatro Mariinsky

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Iniciamos esta serie con la que buscamos recuperar diferentes historias que nos llevan por rasgos destacados de la cultura de este país más allá del futbol

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Andrei Ermakov / Imágenes © Huemanzin Rodríguez

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Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- Andrei Ermakov es un hombre apuesto, esbelto y fornido: es bailarín solista del Teatro Mariinsky, de San Petersburgo, es la estrella del teatro. Amable, saludó al llegar y dijo: –Mi tiempo es limitado porque tengo que hacer calentamientos antes de la función, pero podemos conversar mientras me maquillo. Yo estaba afuera esperándolo. Me coloqué a un costado suyo y saqué mi cámara, le hablaba a través de su imagen en el espejo mientras mantenía el lente en su perfil.

El teatro es muy bello y entre el verde turquesa y el dorado de sus decorados se respira historia. Aquí, en 1914, un pequeño de nueve años comenzó su entrenamiento como bailarín, su nombre: George Balanchine, quien años más tarde crearía un puente entre el ballet y la danza moderna. Ese mismo 1914 sucedió la última presentación en Rusia de la afamada bailarina Anna Pavlova, quien cuatro años antes había dejado el Teatro Mariinsky para recorrer el mundo con su propia compañía cautivando con su versión de El lago de los cisnes. A Pavlova le ocurrió algo similar que a Balanchine: en 1889, cuando tenía ocho años, su madre le dio como regalo una entrada al Teatro Mariinsky, ahí vio La bella durmiente. Esa noche cambió su vida, decidió ser bailarina; le rogó a su madre estudiar ahí. En 1891, cuando tenía diez años, el coreógrafo Marius Petipa observó sus movimientos y la seleccionó en la audición, así nació una de las leyendas del ballet.

Se puede decir que todas estas figuras ya nos han abierto el camino, sólo intentas hacerlo a tu manera en las tradiciones ya establecidas. Siempre es muy complicado e implica mucha responsabilidad actuar en el escenario del Teatro Mariinski”, dijo  Ermakov mientras las capas de grises sobre su rostro desvelavan al Cisne Negro.

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El coreógrafo que seleccionó a Pavlova nació en 1818 en Marsella, Francia. Después de una fructífera carrera como bailarín llegó, en 1847, al ballet del Teatro Mariinsky donde trabajó durante sesenta años. Para el Mariinsky creó 55 ballets en exclusiva, 21 en colaboración y 37 para diversas óperas. En 1858 fue nombrado maestro de baile del Ballet Imperial ruso y de entre las coreografías de su autoría que aún forman parte del repertorio de las compañías del mundo están Raymonda, Las Cuatro Estaciones, Astucias de amor, Don Quijote, Paquita; y con partituras de Tchaikovsky, El lago de los cisnes, El Cascanueces y La bella durmiente, la misma coreografía que enamoró del ballet a la pequeña Anna Pavlova.

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Marius Petipa murió en 1910 en Ucrania, pero sus restos fueron llevados a San Petersburgo y descansan hasta hoy, en el panteón de los grandes artistas, muy cerca de la tumba de Tchaikovsky.

“El público ruso es muy exigente, en primer lugar, desde muy pequeños uno mira a los maestros de la escena para poder tomar algo de su destreza. 

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Ya cuando uno está en el teatro más o menos entiendes qué es lo que puedes bailar en el Mariinsky, qué papeles te quedarán mejor, y hacia dónde dirigir tus ambiciones”, dice Ermakov mientras coloca una prótesis sobre el tabique de su nariz.

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La historia del Teatro Mariinsky (Мариинский театр) se remonta a su fundación en 1783 por orden de la zarina Catalina II de Rusia, sobre los que fueron los restos de un circo consumido por el fuego. El edificio que hoy conocemos es obra de Alberto Cavos quien lo erigió entre 1859 y 1860, inspirado en la Ópera de Dresde. Fue estrenado con la obra Una vida por el zar (1836-1844) considerada la primera gran ópera rusa, escrita por de Mijaíl Glinka. Desde entonces ha sido el centro y origen del arte de San Petersburgo. Eso lo sabe su público, en su mayoría rusos que aman sus artes y están muy orgullosos de ellas, cuando asisten a una función ya sea de música, ópera, teatro o danza van formales como a un rito iniciático. Los boletos para  un espectáculo decimonónico como El lago de los cisnes deben comprarse con meses de anticipación. Ha sido una suerte venir como periodista, pues no sólo he tenido acceso al camerino sino también al escenario antes de comenzar la coreografía y después veré la obra justo en el centro de la butaquería.

“La danza rusa siempre ha sido famosa por su alma y por sus complicados elementos técnicos para bailar donde sólo puedes agregar tu estado de ánimo interior, pues los movimientos deben ejecutarse como ya están puestos, no se aceptan cambios. Y bajo este concepto clásico creo que Rusia, si no es líder, es uno de los primeros países del mundo.”

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Salgo del camerino y me llevan entre oscuros pasillos con pedazos de escenografía. Esta noche es de repertorio pero el teatro tiene varios conciertos y óperas en su programación. Al llegar al escenario uno se enamora de esa escenografía grandiosa, como pocas veces podemos ver en México –siempre tenemos espectáculos minimalistas por discurso como presupuestos castigados. En las piernas del teatro las bailarinas hacen entrenamientos y puntas. Una pantalla les muestra qué ocurre del otro lado del telón y pueden ver cómo se llena el teatro a través de una cámara oculta en el proscenio. Al fondo, se ve un mecanismo que mueve a cisnes que se reflejan sobre el lago de la escenografía. –En cinco minutos comienza la función, me dice mi rubia guía, la bella Natasha del departamento de Difusión del teatro. Se siente el peso de la tradición al recorrer los entretelones del foro y los pasillos interminables; al mirar los reflejos infinitos de los cuartos de maquillaje y caminar entre las capas de trebejos lejos de la vista de los espectadores. Se respira carácter, estética, rigor y elegancia. Se sienten las presencias de Pavlova, Nureyev o Baryshnikov.

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Al otro lado del telón azul de terciopelo, entre el público que espera El lago de los cisnes de Tchaikovsky y Petipa, un sentimiento helado recorre el cuerpo al pensar que los ojos de una niña o un niño dejarán de ser los mismos cuando descubran que el Cisne Negro es la contraparte del Cisne Blanco. Esta noche, una vez más, alguien volvió a nacer.

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