De la transmisión Por Andrés del Arenal No obstante la magnitud de su legado, Alfonso Reyes es el gran discreto de las letras mexicanas. Con los años, su estampa de embajador de la virtud, polígrafo erudito y sonriente gordinflón ha ido desplazando a su literatura, que a día de hoy no descuella en la promoción académica ni parece llamar al entusiasmo del escritor en ciernes (repárese, por poner un caso, en la edad de los autores del Diccionario que convocó Letras Libres en diciembre de 2009). Recogidos en veintiséis tomos de Obras Completas minuciosamente cuidados pero apenas disponibles en librerías, o sea inalcanzables para leerse y compartirse, los párrafos de Reyes quedan, por lo demás, bastante lejos del lector curioso. Dentro y fuera de México no faltan devotos suyos que constituyen pequeñas sociedades secretas, para usar la idea de Borges sobre Schwob, aunque en un escritor de espíritu universalista como fue Reyes esto no deja de ser una ironía. Poco caló en la sociedad española, por ejemplo, la exposición que le dedicó el Instituto Cervantes de Madrid en 2007 si se piensa en el débil eco que causó dos años después su cincuentenario de muerte: con una sola publicación se recordó en la península a este pujante motor de la edad de plata que en el correr de su década madrileña (1914-1924) tradujo con esmero, revivió a Góngora, promovió un homenaje a Mallarmé que todavía se convoca y, como autor, dio a sellos españoles algunas de las mejores páginas de la lengua. Por partida doble, pues, es que hay que celebrar la aparición del libro que nos ocupa: que una editorial independiente se dé a la tarea de bucear en el ingente corpus y publique un libro de Reyes de forma exenta (la antología ha sido otro de sus destinos), y que esto ocurra en España. El nombre de Alfonso Reyes vuelve a estar en la mesa de novedades más allá del terruño, a merced de críticos y especialistas, pero sobre todo al alcance de nuevos lectores que podrán trazar, en el libre comercio de gustos, sus propias simpatías y diferencias con el regiomontano ilustre: el icono cede a la literatura viva. Aunque cabe preguntarse si este libro es de Reyes. Libros y libreros en la Antigüedad, advierte Juan Malpartida en el prólogo, "no es del todo una obra de Reyes sino una refundición partiendo del libro de Pinner The World of Books in Classical Antiquity (1948). Condensó y amplió dicho texto y lo publicó dentro de su Archivo (para uso privado y de los happy few) en 1955". Me detengo en extender esta nota para hacer un par de precisiones. Hacia 1955 hay que pensar en Reyes como el patriarca de la literatura mexicana; su biblioteca cuenta miles de ejemplares, y como nunca antes tiene tiempo para entregarse a sus quehaceres librescos. Entre ellos, se dedica a publicar el Archivo de Alfonso Reyes, una colección de seis series para consulta personal y agasaje de cercanos. Se trata de un capricho que Reyes se puede costear y como tal presenta licencias curiosas. En el caso de Libros y libreros en la Antigüedad -número seis de la serie D-, Reyes refiere que "el presente cuaderno procede principalmente de The World of Books in Classical Antiquity", imprime 150 ejemplares bajo su propia autoría (y cop, y luego los reparte entre amigos, archivos y bibliotecas; hechos que soslayan lo que en realidad es Libros y libreros: una traducción bastante fiel de Pinner con añadidos, más o menos considerables, de su cosecha. La cuestión se complica cuando Ernesto Mejía Sánchez, editor de las Obras Completas a la muerte de Reyes, decide incluir Libros y libreros en el tomo XX, dedicado a materia helénica. Si bien en la introducción al volumen sí afirma que el libro nace como una traducción, al poco precisa, para justificar la inclusión, que "no se puede hablar de traducción en sentido literal" ya que en el libro de Reyes "se mezclan de modo indiscernible lo propio y lo ajeno". Esta última frase es de Reyes, pero Mejía Sánchez la sustrae de la nota editorial a otro cuaderno de la serie D del Archivo, La jornada aquea. Más adelante, concluye de forma sorprendente que Libros y libreros es "un traslado condensado o reducido, pero también adicionado" de la fuente, un aserto que, como se ha visto, llega hasta la presente edición. Lo primero es falso; lo segundo debe matizarse. Contrario a lo sugerido por Mejía Sánchez, en Libros y libreros la mezcla entre lo propio y lo ajeno es de hecho discernible: The World of Books in Classical Antiquity consta de seis capítulos y 63 páginas; Reyes abre su versión con una frase propia de su estilo aforístico, más literaria y sugestiva que la del original: "El informar sobre lo obvio es superstición histórica o vicio de coleccionista entre los modernos. Los antiguos eran más sobrios", pero a partir de los siguientes párrafos se dedica a traducir página a página, sin condensar nada que se salga de los rigores de la traducción o de las libertades estilísticas; sólo hay una "reducción" destacable: en el cuarto capítulo transcribe erróneamente y pone palabras de Marcial en boca de Ovidio. En lo que respecta a la ampliación, además de dos extractos de libros suyos La crítica en la edad ateniense y Junta de sombras que cita con comillas, Reyes se da el lujo de ir salpicando el texto con datos eruditos. En el capítulo dos, por ejemplo, que el abuelo de los libros ilustrados pudo ser un tratado de Anaximandro el Milesio; en el tercero, que el padre Piaggi logró inventar un método para desenrollar el papiro; en el cuarto, que lo que Cicerón llama "mentira" viene a ser nuestra errata...; la mayor intervención está en el último capítulo, aumentado hasta en un tercio. En suma: glosas que enriquecen, actualizan e incluso hacen más campechana la obra de Pinner, pero glosas al fin y al cabo. No debería escandalizar que un autor consagrado, con más de ciento cincuenta libros escritos en su haber, incurra en licencias bibliográficas al final de su vida, y menos cuando éstas han servido para difundir hasta hoy un texto meritorio. Vale la pena detenerse en esto último; la labor helenística de Reyes, nos dicen los críticos, fue ante todo la de intermediario: partiendo de los grandes especialistas, sus libros buscaron acercar los temas de la Antigüedad al lector de a pie. Al llevar a cabo esta tarea, sobre conceptos como autoría u originalidad, Reyes dio relevancia al de transmisión: en el caudal de la tradición lo importante es compartir el conocimiento, ponerlo a disposición del goce y el juicio de las generaciones; a fin de cuentas, "escribir, editar, conservar y leer ?empieza Malpartida su prólogo? son cuatro procesos relacionados con una sola experiencia compleja: la de la transmisión de la cultura". Pero uno se pregunta si en el caso de Libros y libreros no ha sido la autoridad de Alfonso Reyes, más que otra cosa, lo que ha pesado a la hora de respetar como autor a alguien que en realidad tradujo (algo nada desdeñable si recordamos que para Borges las traducciones de Reyes llegan a "mejorar" a Mallarmé) y aderezó un texto ajeno, y si esto, perpetuado hasta hoy, no termina por truncar el espíritu mismo de la transmisión. Llama la atención que se optara por publicar este texto, habiendo incontables obras de Reyes que no presentan problemas similares. Echando un vistazo al catálogo de Fórcola, generoso en libros sobre libros, es válido pensar que quizá no se trataba tanto de editar a Reyes, como de editar ese texto: un viaje impagable por el mundo de los libros en la Antigüedad clásica, cuya grata lectura nos descubre que los usos de editores, escritores y libreros en Grecia y Roma eran más parecidos a los actuales de lo que podríamos suponer. No hay duda de que para quienes acuden a los libros por los asuntos y no por los autores este Libros y libreros en la Antigüedad "hará las delicias de todos los amantes de la lectura y del libro", según reza la publicidad. Ocurrirá, sin embargo, que quien se acerque a este libro buscando a Alfonso Reyes acabará llevándose más del que debería. *Alfonso Reyes, Libros y libreros en la Antigüedad, Fórcola Ediciones, Madrid, 2011, 75 pp. Colección: Ensayo.
La máquina de dudas, laboratorio de respuestas Por Marcos Daniel Aguilar Fue en la pasada década cuando leí por vez primera el ensayo que el olvidado periodista José Alvarado escribió sobre su afición por observar las escaleras. Ese relato despertó en mí una curiosidad y alegría infantil, una visión de fotógrafo para observar los objetos que la mayoría de las personas dejan de largo dentro de la cotidianidad; entonces comprendí que una puerta, un librero o un canario encerrado podían ser temas de exploración para el desarrollo de un ensayo literario. Con el tiempo también encontré el ensayo breve que Julio Torri escribió sobre el ensayo corto y entonces no cabía duda, este género es ese texto real o de ficción, o un poco de ambos, en donde a título personal, tomando en cuenta citas bibliográficas o no, cualquier autor se puede internar o rodear cualquier objeto, sujeto o cosa para describirlo, o simplemente para arrojar una opinión sobre él. Michael de Montaigne, considerado el padre del ensayo moderno, escribió sus experiencias ante la vida, citando o dejando de citar a sus autores favoritos, y parece que esta inventiva, este aliento por obtener preguntas y explicaciones viajó por los mares hasta instalarse en Inglaterra, en donde, como lo dijeron Adolfo Bioy Casares y Alfonso Reyes en diversos documentos, el ensayo cobró fuerza y obtuvo madurez dentro de un campo que ahora trata de desaparecerlo: el periodismo escrito. Por ello, no es descabellado afirmar que el ensayo literario es el abuelo del actual artículo de opinión que se puede leer aún en la prensa. Exponentes ingleses como el Dr. Johnson, Jonathan Swift, Daniel Dofoe, Richard Steel, Joseph Adisson, De Quincey, entre otros más, imprimieron sus ideas sobre la sociedad en diversos medios de comunicación. En estos ensayos, los ingleses trataron temas que iban de la política a la moral, de la filosofía a la literatura, de la religión a la economía, la estética. Con forme la prensa se popularizó en el viejo continente, y en los Estados Unidos de América, estos escritos que eran extensos y sesudos, fueron cobrando ligereza y amenidad, lo que provocó que sus autores también cuidaran de mejor forma el estilo de su escritura. El mismo Bioy Casares y sobre todo Reyes aseguraron que el género vivió una etapa de intensa creatividad en los periódicos. La industrialización de la prensa provocó que en los medios impresos surgieran otros géneros más inmediatos y breves, como lo fue la nota informativa, y que el ensayo, que para finales del siglo XIX ya se asemejaba al artículo periodístico actual, fuera cediendo páginas a la fuerza cada vez más poderosa de la nota telegráfica. En esta época alzan la mano escritores y periodistas como Stevenson, Chesterton, Hirary Belloc, H.G. Wells. Entonces, artículo de opinión y ensayo son esos primos hermanos cuya diferencia se abrió en el siglo XX y los instaló en diversos soportes: el primero en los diarios o semanarios y el segundo en libros o revistas casi especializadas. Desde la centuria pasada y en las primeras décadas de ésta, el ensayo gozó y sigue gozando, u agonizando en estos tiempos, de una amplitud de formas y fondos. Los hay amenos, libres, muy descriptivos, juguetones y fantasiosos, los hay críticos, analíticos, rígidos, severos. Hay ensayos de investigación, académicos pues, y otros de divagación. Unos ofrecen respuestas y otros sólo dejan abiertas las preguntas; unos afirman, otros crean dudas. Hay ensayos brevísimos, y otros que son "tratados" de cientos de fojas. El filólogo José Luis Martínez escribió alguna vez que la tradición ensayística europea, que tiene una madurez histórica, no trata los temas de identidad social, sino que se arrojan a hurgar con palabras temas como la vida intimista y cotidiana, la filosofía, la moral y las bellas artes, mientras que los escritores de las naciones hispanoamericanas se debaten en comprender su pasado, su presente y futuro colectivo, por lo que la mayoría de sus ensayos se arrojan hacia los temas culturales, políticos e históricos: la identidad. Sobre esta tendencia, el año pasado Almadía editó La otra raza cósmica, una recopilación de tres ensayos que el intelectual y político José Vasconcelos dictó en 1926, a manera de conferencias, en la Universidad de Chicago. A sólo un año de distancia de su ensayo filosófico La raza cósmica, Vasconcelos escribió en inglés algunas prolongaciones a este texto que recientemente Heriberto Yépez tradujo. A diferencia de La raza cósmica, ensayo en el que Vasconcelos emprende una disertación sobre el devenir del hombre, la cual raya los bordes de la ficción, en estos tres discursos el escritor mexicano trata de manera mesurada, con rigurosidad académica la historia de América Latina y la compara con el desarrollo de los Estados Unidos. Vasconcelos va plantando argumentos certeros sobre la grandeza de las colonias españolas y explica cómo fue que ese sistema político, económico y cultural fue perdiendo majestuosidad en tanto que los anglosajones se adecuaban al mundo moderno que pronto dominarían. De manera clara, precisa, sin la emotividad de la primera raza cósmica, el ateneísta hace alarde de sus profundos estudios multidisciplinarios y los reúne en tres pequeños documentos en donde analiza a las sociedades de todo el continente americano. Sin llegar estos ensayos a ser propiamente literarios, el que fuera candidato a la presidencia en 1929 plantea su teoría sobre el advenimiento de una nueva etapa de la civilización, en que el hombre, sea indígena, negro, mestizo, criollo o anglosajón, llegará a reunirse con sus vecinos para formar una nueva cultura americana y universal regida por la pluralidad, la democracia, la estética y la paz. La otra raza cósmica es un raro ejemplo de la ensayística de Vasconcelos, pues llega a ser impersonal, sin el toque anecdótico que caracterizan sus trabajos. Son textos un tanto fríos que sacan a luz a un estudioso que antes no se conocía, y que a pesar de eso no deja de ser emprendedor, por lo que vale la pena voltear a ver a este personaje cuya senil etapa opacó la inercia luminosa de sus años de juventud. En un caso parecido de ensayo crítico y riguroso, pero sobre un personaje que continuó y rompió con la tradición de pensamiento impulsada por Vasconcelos, se encuentra el libro Las guerras culturales de Octavio Paz de Armando González Torres. A 20 años de que el mexicano recibiera el Nobel de literatura podría ser importante echarle una hojeada a este estudio sobre uno de los poetas más importantes que ha tenido América y el mundo. Aunque es un libro editado en 2002 por ediciones Colibrí, este ensayo crítico literario es una herramienta valiosa, no sólo para conocer la evolución poética de Paz, sino para entender la trascendencia de la tradición intelectual en los países latinoamericanos. Con una prosa clara y analítica, González Torres inserta sin miramientos la figura de Paz en la línea literaria que en el siglo XX comenzaron autores como Antonio Caso, Alfonso Reyes, el autor del Ulises criollo, Daniel Cosío Villegas, Samuel Ramos, Xavier Villaurrutia, entre otros más que vivieron y crecieron las causas y consecuencias de la Revolución Mexicana. El autor de este libro describe las corrientes artísticas e ideológicas con las que se formó el poeta y descifra, con base en otros estudios y lecturas, cómo fue que Octavio Paz se consolidó como el guía poético e ideológico que con su escritura fue capaz de influir y modificar la idea que el mundo y los mismos mexicanos tenían sobre México. Armando González Torres realiza un estudio minucioso sobre su formación poética y sobre su intervención en la vida cívica y política a través de la individualidad de la poesía y sus ensayos: El Arco y la lira y El laberinto de la soledad son ejemplo de esto. Además, en Las guerras culturales de Octavio Paz hay inscrita una especie de manual sobre autores, políticas culturales y educativas, objetivos e ideologías que los escritores mexicanos desarrollaron en el siglo anterior. Por fortuna la forma del ensayo es flexible y se ajusta a la medida de cada escritor, y si González Torres escogió el ensayo con figura crítica, Marco Lagunas eligió una mezcla entre humorismo y seriedad descriptiva para plasmar los ensayos que conforman el libro Centro de gravedad, tomo ganador del premio nacional de ensayo José Vasconcelos (y aquí otra vez Vasconcelos) 2010. Se trata de una serie cuya columna es aquella locura o necesidad imperiosa del escritor por desplegar su imaginación para construir ideas. Lagunas toma como punto de partida el tema de la gravedad y la levedad del ser bajo la premisa de que Cyrano de Bergerac, en su literatura, planteó antes que Isaac Newton la existencia de esta fuerza que actúa sobre los cuerpos del Universo. El joven ensayista confronta la ley de gravedad vista desde la ciencia con Newton y desde la perspectiva fantasiosa de Bergerac. La primera es fría y lógica, mientras que la idea desarrollada desde las letras por Cyrano invita al lector a soñar con que esa fuerza puede actuar de forma diferente en otros astros y así poder emprender el vuelo. Marco Lagunas, sin afirmaciones tajantes como lo aprendiera del propio Montaigne, traslada esta fuerza gravitatoria y la enfrenta al mundo literario en donde cientos de escritores la han roto una y otra vez con la imaginación, para que los protagonistas de cuentos, novelas, obras de teatro y poemas puedan quebrar la razón y liberarse para caer, para volar, para saltar o para describir simplemente el vértigo que produce la caída o el impulso. En estos ensayos escritos con inventiva y con sentido examinador, el autor, sin afirmarlo, llega a la conclusión de que la imaginación humana, a través de la literatura, ha roto y romperá todas las fuerzas de la razón. Asimismo existen en Centro de gravedad ensayos que critican el prejuicio impuesto sobre la poesía y la vida de Bertolt Brencht, sobre la necesidad de Günter Grass a escribir "historias de mentiras" desde la sinceridad y perspectiva de un pequeño, o simplemente sobre el proceso creativo de los cineastas alemanes, quienes han creado esos "tiempos muertos" en las películas, esas secuencias lentas que permiten la reflexión y el ensueño al espectador. Ensayos escritos con un tono sarcástico, con buena argumentación, documentación y con creatividad, hecho que se agradece para incitar a la lectura de estos autores. Esta imaginación y descripción de tono personal que utiliza Lagunas y que estuvo siempre presente desde el nacimiento del ensayo moderno, cuando por ejemplo, en alguno de sus textos, Mointaigne redactó su reacción ante el miedo, cuando en ocasiones, ante alguna situación peligrosa, podía quedarse parado o echarse a correr. A él le parecía curioso que ocurrieran ambas reacciones, y para el lector es también curioso cómo un escritor, que conocía de pies a cabeza a los autores clásicos, podía haber escrito algo sobre un sentimiento común y corriente como lo es el "miedo". Éste es el ensayo literario puro, donde no importa tanto el tema a tratar y en cambio sí la forma en que se trata. Sobre este tipo de escritos a finales del 2010 apareció un vivo ejemplo bajo la pluma del escritor estadounidense Phillip Lopate: Retrato de mi cuerpo, de ediciones Tumbona, es una recopilación de ensayos que Lopate publicó, en su mayoría, en periódicos y revistas y que de manera sencilla y divertida, el autor transforma temas que podrían ser banales en verdaderas historias llenas de fantasía. Aunque no dejan de ser ensayos, Phillip relata, como si fuera una crónica, situaciones que le han ocurrido y las entrelaza con sus lecturas, sus autores preferidos, con anécdotas de sus amigos, con referencias cinematográficas. Así Lopate advierte, como lo hizo también Montaigne, que él no convencerá a nadie, pues sólo explicará sus aficiones y sentimientos en torno a su cuerpo, a su pasión por rascarse y sacarse la pelusa del ombligo o el cerumen del oído, a describir su larga nariz o a descubrir la parte más humana de su maestro y amigo Donald Barthelme. Escribe sobre su afición al cine y sobre su gusto inconciente por callar a los que hablan en las salas cinematográficas, sobre su encuentro casi místico y poético al observar largas secuencias en una película, sobre la desconfianza que le producen los desconocidos o sobre la incomodidad del término "Holocausto", tomando en cuenta que él también es judío. Este ensayista convierte lo inenarrable en una historia cautivadora y amena, en donde la inteligencia provoca que la realidad parezca ficción o viceversa. Estos ensayos, que también son artículos periodísticos, que también son crónicas y estudios, tienen todo el potencial de crear dudas o nuevos mundos visibles y sensibles dentro de una realidad que algunos se esfuerzan porque sea estática. Son estos ensayos laboratorios de la imaginación y la inteligencia, donde todo es susceptible al debate, donde no hay verdades absolutas, donde triunfa la libertad, la imaginación y el diálogo. *José Vasconcelos, La otra raza cósmica, México, Almadía, 2010 145 pp. *Armando González Torres, Las guerras culturales de Octavio Paz, México, Colibrí, 2002, 167 pp. *Marco Lagunas, Centro de gravedad, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010, 126pp. *Phillip Lopate, Retrato de mi cuerpo, México, Tumbona ediciones, 2010, 410 pp.
Puentes de palabras suicidas Por Marcos Daniel Aguilar El ensayo es uno de los géneros literarios con mayor amplitud tanto en su estructura como en contenido, casi de cualquier tema se puede mantener un diálogo o monólogo escrito que puede desarrollarse por diversos causes y concluir en una boca o en varias bocas de río. Jorge Luis Borges, por ejemplo, supo de buena manera la capacidad del género y lo condujo por diversas rutas, algunas veces por caminos de los más extraños y novedosos, al construir textos ensayísticos a la manera de un relato, cuento o fábula. El ensayo literario, lejos de lo que podría pensarse, tiene entre sus objetivos crear dudas y preguntas acerca de un tema, pues no tiene la obligación de llegar a una conclusión que sea la verdad absoluta. Entonces, este escrito nace de una o varias preguntas para desarrollar toda una idea y así poder concluir y dejar abiertas una o varias interrogantes diferentes a las planteadas desde el comienzo. Este hervidero de signos de interrogación se refleja de manera clara en el más reciente libro del escritor mexicano Pablo Raphael, Agenda del suicidio, editado por Tumbona. Los once textos que pueden ser considerados cuentos pues narran una historia en donde siempre se esconde una epifanía, una explicación fantástica o real que se devela y sorprende al lector hasta la parte final; sin embargo, también pueden ser considerados ensayos, ya que los argumentos abordan la vida de diversos personajes que realmente existieron y cuyas muertes fueron provocadas por su propio designio. En Agenda del suicidio, el autor reflexiona y describe, en una breve imagen de prosa poética, cómo es que se hubiera apreciado el cuerpo inerte de Virginia Woolf circulando por aquel río caudaloso lleno de piedras que finalmente -imagina el autor ante la inexistencia de datos al respecto- le partirá el cráneo a aquel blanco cuerpo sin vida. Otro de sus textos, "El error de la Liga Witte", Pablo Raphael enlaza dos hechos históricos y literarios y construye un relato que concluirá en el advenimiento de un tercer hecho histórico mundial; todo parte con la lectura del famoso Protocolo de Sión, aquel panfleto antisemita que se popularizó en los primeros años del siglo XX en el cual se afirmó -hecho que jamás pudo ser comprobado- que durante esos años hubo una reunión de líderes judíos en donde acordaron controlar el poder político y económico en muchas naciones del orbe. Este Protocolo es relacionado con la publicación del libro Sexo y carácter (1903), del joven filósofo austriaco Otto Weininger, de ascendencia judía, el cual fue considerado por muchos como un texto contra el pueblo hebreo. Aquí es donde el instinto de ensayista y narrador de Pablo Raphael entra en acción, pues une estos dos hechos, que sucedieron con menos de un año de distancia para construir a una sociedad secreta, conformada por judíos, cuya misión será la eliminación de todo aquel personaje que comprara el Protocolo de Sión o que tuviera algunas actitudes "antisemitas". El escritor entonces crea la Liga Witte que entre sus objetivos no estaba asesinar, sino involucrase en la vida y provocar el suicidio de estos hombres; así, el protagonista del relato tiene como misión seducir y "suicidar" a Otto Weininger; para esto logró que Sigmunf Freud leyera su libro, el cual fue severamente criticado por el padre de psicoanálisis. Ante la desesperanza en el relato y ante no se sabe qué causa en la vida real, Weininger se suicidó el cuatro de octubre de 1903. ¿Pero dónde erradica ese error de la Liga Witte?, en que de manera ficticia, el protagonista de la historia abandonó la Liga dejando a la borda su última misión: provocar el suicidio de un joven austriaco de nombre Adolf Hitler. Pablo Rapahel se inmiscuye en las biografías de personajes que le entusiasman, admira o que simplemente le llaman la atención por su forma de morir. Así también hurgó en la vida y suicidio de Yukio Mishima, Stefan Zweig, en la vida de Sylvia Plath y su esposo Ted Hughes, muy probablemente Ernest Hemingway, entre otros más. El escritor de esta Agenda del suicidio coloca a sus actores en diversas partes del mundo y no le importa traer a México el recuerdo de Sylvia Plath, por ejemplo, pues generalmente construye los relatos de forma que no parezcan forzados o al borde del lugar común. Es una entretenida y lúdica manera de construir con palabras diversos puentes que ayudan a cruzar enormes o cortas lagunas que va arrojando la historia de la cultura universal. Pablo Raphael, Agenda del suicidio, México, Tumbona ediciones, 2010, 128 pp.
Lecturas juveniles El fenómeno editorial que provocó Harry Potter ha extendido cada vez más la industria de los best sellers para adolescentes. La saga de Crepúsculo es un ejemplo de cómo se ha asentado de mejor forma este mercado dedicado a los noveles lectores, quienes están dispuestos a absorber historias de amor, mezcladas con algo de fantasía, sin tramas complejas pues. Esto podría ser una desventaja, porque el ideal sería que con mayor frecuencia existiera un público exigente de buenas propuestas literarias; pero tomando en cuenta que en un país como México se lee poco, este tipo de libros son de mucha ayuda para incentivar este ocio que motiva a la creatividad y a la reflexión. Recientemente la editorial Random House Mondadori publicó la primera parte de la saga de novelas sobre una familia que posee en sus genes la extraña capacidad de viajar en el tiempo. Rubí es la primera de las historias en donde se explica, brevemente, por qué sólo las mujeres de la familia Sheperd, quienes viven en Reino Unido, tienen este misterioso don. La protagonista es la menor de la estirpe, Gwendolyn, quien de un momento a otro salta por diversas épocas para enfrentarse a una serie de retos y aventuras, entre ellas un encuentro amoroso. Rubí es un libro de la serie de novelas escritas por la autora alemana Kerstin Gier, quien posee una narrativa ligera y accesible. Por la temática "de corazón" y por la edad del personaje principal, esta es una aventura literaria para un público preferentemente femenino (esto no es exclusivo) y adolescente. Radom House Mondadori México edita estos libros bajo el sello Montena, en una colección titulada "Ellas". Son buenos textos como ejercicios de iniciación a la lectura para que de ahí el joven pueda brincar a tramas más elaboradas y enriquecedoras. (MDA). Kerstin Gier, Rubí, México, Montena-Radom House Mondadori, 2011, 360pp. [Colección Ellas].
Ideas, libertad y escritura Por Marcos Daniel Aguilar Antes que la crónica, el ensayo es el género de escritura más antiguo que permitió la comunicación directa entre el escritor y sus lectores en era moderna. Después de ser practicado de una manera personalísima y parcial por Michael de Montaigne (1533-1592), este género pasó a Inglaterra en donde los escritores lo adoptaron para llevarlo a los periódicos y consolidarlo como una plaza pública en donde las ideas, en relación con todos los temas, se dispersaron y se debatieron en la periodicidad de los primeros diarios occidentales. Es por ello que el ensayo es un texto libre e híbrido en donde todas las formas narrativas y temáticas caben en él. Lo hay pretencioso, erudito e imparcial, pero lo hay ameno, elocuente y divertido. Montaigne, por ejemplo, desarrolló estos escritos sobre los objetos y situaciones que ocurrieron en su vida, yendo aquí y allá, divirtiéndose y burlándose de él mismo. Ahí lo más importante no era el tema del que escribía sino cómo lo hacía: hablando de tú a tú a sus lectores para llevar la lectura a una comunión. Siguiendo estos pasos, así como lo han hecho cientos de escritores desde hace 500 años, el estadounidense Phillip Lopate (1943) reunió varios de sus ensayos en el libro Retrato de mi cuerpo (Portrait of my body), que la editorial mexicana Tumbona traduce y edita en este 2010. Los ensayos de Lopate van de la crónica de un paseo diario por Europa a la polémica conceptual, teórica, histórica y empírica, del término Holocausto. A la manera del "francés señor de la montaña", este escritor no trata de convencer a alguien, sólo entenderse así mismo. En la experimentación de la prosa y de pensamiento analiza, por ejemplo, qué partes de su cuerpo le agradan o desagradan; ahí describe situaciones que la gente no se atreve a decir, como el placer de rascarse el ombligo y sacarse la pelusa y olerla o utilizar los hisopos, una y otra vez, para limpiar sus oídos. En un estilo parecido al que utilizaron los ensayistas ingleses del siglo XVIII, como Steel y Adisson, este estadounidense narra su experiencia cotidiana en una sala de cine y manifiesta su técnica para callar a los parlanchines dentro de las salas de exhibición; o como buen crítico cinematográfico, descifra las escenas que lo llevan al éxtasis espiritual al ver determinados filmes. Lopate, sin caer en el ensayo académico y riguroso, va paso a paso a descubrir la esencia, el carácter, la escuela e historia literaria de uno de sus maestros, el escritor Donald Barthelme; ensayo en el que de paso deja enseñanzas para aquellos que desean comenzar en el mundo de la narrativa. Y de estos instantes de lucidez en el que manifiesta su conocimiento del oficio, salta a desarrollar textos acerca de la vida en familia y sus emociones. En este libro ameno, divertido y bien pensado el autor da una muestra de lo que es el ensayo estrictamente literario, en donde lo importante es la forma en cómo tratar los temas más que los temas en sí, en donde lo trascendente es cómo conducir al lector entre situaciones, sensibilidades, preguntas y personajes. Lopate logra que el lector entienda lo que es un ensayo en la literatura, incluso en el periodismo; esa divagación estética tan llena de preguntas, tan vasta de descripciones y en donde las respuestas pueden ser imprescindibles en medio de un argumento impecable. Phillip Lopate, Retrato de mi cuerpo, México, Tumbona ediciones, 2010, 410 pp.
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