“A la muerte quiero esperarla con el mismo temple de los bichos, en silencio”: Mujica

En la Bienal de Venecia dos filmes indagan en la figura del ex presidente uruguayo José Mujica, resulta pertinente entonces volver a su trayectoria

Ciudad de México (N22/Guadalupe Alonso Coratella).- Militante del Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros, y prisionero en varias ocasiones, José Mujica, sorprendió al mundo al ser electo presidente de la República de Uruguay en 2010. Austero y tenaz, logró importantes cambios en un país de tres millones de habitantes, hoy, el más igualitario de América Latina. Una vez concluido su mandato, en 2015, quien fuera profesor de piano y amante de la naturaleza, ha dedicado buena parte de su tiempo a viajar por distintas regiones para compartir con los jóvenes su visión del mundo. Hace unas semanas anunció su retiro de la política. Dejará su banca en el parlamento para tomarse una “licencia antes de morir”. Casi al mismo tiempo, en la Bienal de Venecia, se difundió la presentación dos filmes sobre este personaje: La noche de 12 años, del uruguayo Álvaro Brechner, y El Pepe, una vida suprema, del serbio Emir Kusturica, un documental sobre la vida del expresidente. Resulta interesante revisar la trayectoria de este personaje en el contexto de la transición mexicana, un hombre recio, de ideas firmes, elocuente y austero, que se ganó un lugar en la historia de Latinoamérica y el reconocimiento de prácticamente todos los presidentes del mundo. Para poner un ejemplo, fue José Mujica quien medió el encuentro de Barak Obama y Fidel Castro que habría culminado con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EEUU.

Su itinerario en la política comenzó cuando luego de una estancia de 13 años en la cárcel, reconstruye el Movimiento de Liberación Nacional. Al poco tiempo, es electo diputado en el Parlamento. Desde esta plataforma, comienza a hacer recorridos y actos callejeros en Montevideo, además de viajar por todos los rincones del país, para acercarse a la gente. En su discurso, repudió la venganza y el uso de las armas, en cambio,  abrazó la importancia del perdón. Luego sería senador y Ministro de Ganadería, puesto al que renunció para lanzarse como candidato del Frente Amplio. Para asombro del mundo entero, el Pepe, como lo apodan en su país, ganó los comicios con el 52% de los votos. Llegaba al poder un tupamaro, un anarco. La mañana siguiente de la elección, tomando mate en casa, le dijo a su esposa: “¡En qué lío nos hemos metido, vieja!” Al asumir el cargo, este hombre franco y dicharachero, rompió con los protocolos. Instaló la sede del gobierno electo en un vieja casa del partido; despachó desde su oficina de siempre, rodeado de su equipo de confianza. No causó extrañeza, aunque sí ciertas incomodidades, su negativa a que le tomaran medidas para hacerle la banda presidencial. No podía ser de otro modo para quien prefería vestir de mezclilla y sandalias antes que ponerse un traje. Nunca una corbata, ni cuando visitó la Casa Blanca o a Putin. Ni siquiera en la ceremonia cuando asumió la presidencia y su esposa, la senadora Lucía Topolansky, le tomó juramento. ¡Parece cuento de García Márquez!, diría después. Aquel 5 de marzo, en su discurso, le dio prioridad a la educación, convocó a todos los partidos a unirse para definir políticas de Estado, y se comprometió a llevar a cabo las reformas necesarias para terminar con los privilegios excesivos de los funcionarios públicos. Comenzó con el ejemplo, desde el primer día en la presidencia y hasta el último, donó el 70% de su sueldo para programas sociales. Él y Lucía no se mudaron de su chacra de Rincón del Cerro. No tocó la residencia presidencial, que le sirvió sólo para actos oficiales.

Fue cercano a Lula da Silva, a Dilma Rousseff, a Evo Morales, pero sobre todo a Hugo Chávez, de quien también fue crítico: “Le advertí desde el principio, cuando asumió la presidencia, que no iba a construir el socialismo. Y no construyó un carajo.” Lo mismo sobre el caso de Cuba: “Con lo que ha pasado en la historia, con lo que pasó con la burocracia soviética uno saca conclusiones. La dictadura del proletariado como que no; el proletariado termina no teniendo nada y la dictadura mucho y, además, da la impresión de que surge una nueva clase, que es la burocracia.” Para Mujica la vía hacia el socialismo debía alejarse de los fracasos del pasado, “eliminar las trancas ideológicas; nada de locuras.” Su principal fuente de conocimiento fue el sentido común y nunca pretendió grandes transformaciones ni cambiar el orden establecido. “No puedo sacrificar el bienestar de la gente por ideales.”  El Pepe, que en su juventud empeñó la vida por un ideal, sabía de lo que hablaba. “¡Flor vieja de romances!”, exclama, mientras dispone la memoria. “Nuestra generación soñaba con cambiar el mundo y pensamos que cambiando las relaciones de producción y distribución íbamos a tener un hombre nuevo, menos egoísta. Metimos toda nuestra juventud, dejamos el trabajo, fuimos perseguidos, vivimos años en la clandestinidad, pasamos por las cárceles, teníamos un espíritu de entrega fabuloso. Hoy sería impensable en este tipo de sociedad, pero justamente creo que nuestro análisis fue ingenuo en el sentido de que no le dimos importancia a la cultura. Pensamos que la historia era una respuesta relativamente mecánica a la producción y la distribución. Resumiría como dice una forma artística de mi país: “Si no cambias la cabeza no cambias nada.”

Mujica es ateo, “un viejo libertario” que mira la historia con humildad. Dice no haberse sentido triunfador absoluto porque nunca se sintió perdedor absoluto. Para él, la historia es un devenir constante, “toda conquista”, afirma, “ha costado una derrota y las luchas continúan.” Lograr los cambios que se propuso durante su gobierno, tuvo su costo: la legalización de la marihuana, del aborto, el respeto a la diversidad y los derechos de las minorías, le restaron popularidad entre los círculos más conservadores. “Hay que pelear para que la gente viva feliz o lo más feliz que se pueda. Eso no es solo una cuestión material o de riqueza.”

En tres ocasiones visitó México, país que, dice, lo ha impresionado. “Primero, porque fue el lugar de recalada para los perseguidos de América Latina en tiempos difíciles; y, lo segundo tiene que ver con la identidad del pueblo mexicano que buscando su horizonte económico ha emigrado mucho a Estados Unidos, pero con el paso de los años, mantiene su fuerte tono, su personalidad, su cultura. El mexicano no reniega de su historia, tampoco la olvida, y eso es una peculiaridad de México que habla muy fuerte. En el resto de la cuestión, es un país sometido a la tragedia del narcotráfico. Está pagando el costo, la lana queda del otro lado de la frontera y aquí, las víctimas y los muertos.”

Sentado a sus anchas, con los ojos chispeantes y la piel surcada por el mapa de esa vida suprema, el Pepe viaja en el tiempo, recuerda al lector empedernido que fue en su juventud y cómo, en los años de cárcel, esas lecturas fueron claves para reelaborar su visión del mundo. “Estuve siete u ocho años sin leer nada, no me dejaban. Lo que me salvó fueron los libros que había leído de joven. Cuando tenía 17, 18 años leía de seis a siete horas por día, disciplinadamente, y eso me dio un cierto plafón cultural años después cuando intenté cambiar el mundo y fui preso. En medio de la soledad, la remembranza de mi viejo leer y de las cosas que sabía, me permitió reconstruir, tal vez intelectualmente, mi forma de pensar y de ver el mundo. Una cosa es cuando uno recibe la sensación de lo que lee, el conocimiento, y muy otra es cuando al paso de los años y las perspectivas de la vida lo recuerda, lo reelabora, lo reconstruye, entonces eso adquiere otro grado de intimidad y de importancia. Los años de soledad me cambiaron la perspectiva de muchas cosas. Mi personalidad no habría sido la que fue si no hubiera pasado por eso, cosa curiosa, ¿verdad? Me parece que el hombre aprende más de los fracasos que de los triunfos.”

Mujica dice que está vivo de casualidad. La muerte ha sido una presencia constante en su vida. “La muerte es un vieja raposa que siempre logra su objetivo y anda en la vuelta. Anduvo tres o cuatro veces alrededor de mi vida. Tengo varios plomitos encima y cosas por el estilo, pero no quiso llevarme. Cuando venga, quisiera esperarla con el mismo temple de los bichos del monte, en silencio. Y no tengo ningún apuro, me están cayendo todos los achaques de la vejez, pero si por mí fuera, si puedo vivir, doscientos años viviría. Le tengo amor a la vida, sin embellecerla. El milagro más grande que tiene cada uno de nosotros es el milagro de estar vivo. Lástima que seamos tan tontos que no nos damos cuenta y a veces perforamos la vida.

Hoy está en su chacra, al lado de Lucía, como siempre, cultivando flores, y quiere morir en paz, sin apuros. ¿Cómo le gustaría ser recordado? “Como una brizna de hierba.”

Fuentes:

  • Una oveja negra al poder, Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz. Debate, 2016.
  • Entrevista realizada por Guadalupe Alonso en la Biblioteca José Vasconcelos, Octubre, 2016.