El movimiento no sólo es el 2 de octubre, el arco narrativo se extiende del 26 de julio del 68 al 10 de junio del 71, dice en entrevista el escritor y periodista Fabrizio Mejía Madrid

Foto: El Universal 

Ciudad de México (N22/César H. Meléndez).- El 26 de julio de 1968 miles de estudiantes participaron en dos manifestaciones multitudinarias con permiso del Departamento del Distrito Federal: por un lado, la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos del IPN marchó en protesta por la represión policiaca a la Vocacional 5 sucedida tres días atrás;  por el otro, la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos tomó las calles para conmemorar el décimo quinto aniversario del asalto al Cuartel Moncada, origen de la Revolución Cubana. A las 7:30 de la noche, cuando ya se había disuelto la manifestación politécnica en el antiguo Casco de Santo Tomás, un grupo no menor de cinco mil estudiantes emprendió camino rumbo al Zócalo. Ninguna manifestación había llegado hasta ese punto. En el hemiciclo a Juárez coincidieron con la marcha en memoria de la Revolución Cubana, pero fueron emboscados y reprimidos por granaderos cuando intentaron llegar a la Plaza de la Constitución. El enfrentamiento entre policías y estudiantes estalló convirtiendo al centro de la ciudad en un verdadero campo de batalla sobre el que llovieron piedras.  San Juan de Letrán, Madero y 5 de Mayo se convirtieron en sucursales del infierno. Rondando las ocho de la noche, la furia policiaca se vertió sobre los estudiantes de las prepas 2 y 3. Los estudiantes se refugiaron en San Ildefonso hasta el famoso bazucazo del 30 de julio. Los especialistas coinciden en que ese día inició el Movimiento Estudiantil de 1968.

“Es muy lamentable que la masacre del 2 de octubre simbolice el movimiento completo, digamos, del 26 de julio al 2 de octubre. En realidad el arco narrativo del movimiento es del 26 de julio al 10 de junio del 71”, precisa el periodista y escritor, Fabrizio Mejía Madrid.

De acuerdo con Carlos Monsiváis, a los preparatorianos que enfrentan a la policía no los impulsa el mayo francés o las repercusiones de la doctrina marxista. Estas contiendas surgen de la decisión simultánea del no dejarse: es la furia de quienes renuncian a la paciencia histórica ante la represión.

“Tú tienes un presidente, Díaz Ordaz, que en su campaña presidencial —porque existía campaña presidencial, así como existían elecciones, que no eran ningún mecanismo de representación sino simplemente eran plebiscito de lo que ya estaba decidido— exhibe un cartel de él besándole la mano a su padre. Y el lema era «APRENDER A OBEDECER». Entonces, ésa es esa generación. La generación que se revela contra esta idea del Estado-papá, de ‘lo importante es obedecer’, lo importante es que las cosas no se muevan.’ Es una generación que cree en la construcción colectiva de la autoridad y de la representación. Cree en la soberanía popular, no en el papá presidente.”

De esta manera da inicio la primera etapa o fase del Movimiento Estudiantil, comprendida del 26 de julio al 1 de septiembre, cuando Gustavo Díaz Ordaz  rindió su cuarto Informe de gobierno y amenazó a los estudiantes advirtiendo: “Todo tiene un límite”. Fabrizio Mejía Madrid no tiene duda de que el movimiento fue una victoria para la apertura democrática.

“Es la primera vez que se expresa la clase media, los hijos de los trabajadores, que era el Politécnico Nacional, y los hijos de la clase media alta, que era la Universidad Nacional. Se expresan a favor de la participación democrática. Que es una democracia directa, en realidad, y que se expresará en distintas maneras durante cincuenta años: en el terremoto del 85, en el del 19 de septiembre del año pasado, en muchos otros momentos. Lo que ahora recuperamos es el goce y la participación, de lo horizontal. Porque, finalmente, el movimiento no se decidía ni en una burocracia de partido, ninguna cosa estructurada,  sino en los comités de lucha que era quien se presentaba.”

En los días posteriores al 26 de julio se erigen en fuerzas del movimiento: la convicción del rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, quien declara luto universitario, y el espíritu antiautoritario que estalla por doquier encauzado en lo posible por el Consejo Nacional de Huelga.