“El olvido está lleno de memoria”

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¿Qué conecta a países tan disímiles como Noruega y México?, ¿qué comparten?, ¿cómo romper los estereotipos respecto a ambos países? Esta muestra, en la Galería Marso, mapea algunos puntos de encuentro [humano] 

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Imágenes: © Huemanzin Rodríguez

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Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- Un muro en negro, una escultura hecha con la lengua, textiles como partes de cuerpos colgando del techo y capas de pintura que crean una cartografía. Son algunas de las obras que integran la muestra colectiva El olvido está lleno de memoria que está en la Galería Marso, en la colonia Juárez. Resultado de la colaboración de la también fundación y el Akershus Kunstsenter, de Noruega.

“La colaboración nació por la invitación de Sofía Mariscal, la directora de Marso. La cultura mexicana está muy presente en Noruega, de manera especial a través de la comida y por las bebidas. Se sabe de la historia de México y del arte mexicano de Diego y Frida, pero se desconoce la escena contemporánea. Por eso es que nosotras estábamos muy entusiasmadas en presentar esta exposición aquí y tener contacto con los artistas mexicanos”, dice Rikke Komissar, directora del centro cultural noruego y cocuradora, junto con Mónica Holmen, de la exposición.

“Queríamos retar nuestros propios estereotipos en torno a México. Y discutimos juntas cómo mostrar el arte noruego. Porque no podemos decir qué es típicamente el arte noruego o mexicano, no podemos decir eso o simplificar. Así que optamos por la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de artistas contemporáneos tienen presencia ahora mismo en Noruega? Y encontramos que la materialidad es algo que tenemos en común con México, y también las memorias, las memorias colectivas y memorias individuales. La historia cultural es bien sabida y cuando vas a otro país puedes conocer su historia a través de su arte, pero ¿qué tipo de historia es la que tenemos ahora? Eso es lo que queremos descubrir.”

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Mónica me dice que los artistas que han seleccionado, el noruego-mexicano Javier Barrios, Hanne Friis, Camilla Skibrek y Anders Sletvold Moe, tienen una presencia significativa en el panorama actual del arte en su país.  

Al entrar a la galería, en la habitación de la derecha, cuelgan en ganchos desde el techo tres obras, la primera impresión es la de ver trozos de algún ser vivo, pareciera una res o un cerdo, pero las formas son diferentes. Los colores van desde un beige hasta el rojo intenso, casi guinda. Ya de cerca se nota que es arte textil. La autora es Hanna Friis, quien por primera vez trabaja con grana cochinilla.

“No fueron hechas en una fábrica, es una forma muy escultórica yo he cosido a mano con una pequeña aguja y he hecho estas formas orgánicas, como puedes ver. Es una combinación de lo artificial como de lo natural, pueden parecer estructuras internas del cuerpo o algo de la naturaleza. Así es que es una combinación, de hecho son al mismo tiempo bellas y repelentes. Han sido teñidas con el pigmento mexicano de la cochinilla, y el pigmento de piñas noruegas, que hice yo misma a mano. Así que es una combinación de lo mexicano y lo noruego. Las partes café o de tonos piel son de la piña noruega. Y lo típicamente intenso es la cochinilla, que es muy bien conocida por ello.”

Hanna Friis trabaja por primera vez con la grana cochinilla, fue por invitación de la galería, aunque ella siempre ha buscado experimentar con pigmentos naturales. Las formas que busca lograr están entre lo vivo y lo muerto, es una especie de memento mori.

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“He estado trabajando con este tema, la combinación de lo vivo y lo muerto. Y esta estructura tiene una técnica especial. Que me remite a un proceso interior. No está muerto pero sí está vivo y, al mismo tiempo, nos recuerda que un día todos estaremos muertos”, dice Friis.

En la habitación contigua hay una escultura en madera, es una rama de árbol cortado como una “Y”, en el centro se ve un tallado suave, casi erótico, una marca de profundidad sutil. La obra se llama Licking My Way Through Wood (Lamiendo mi camino a través de la madera) de la joven artista Camilla Skibrek. “Básicamente he lamido esta madera durante seis meses por cuatro horas cada día”, me dice con una sonrisa. Ella viene de un pueblo a dos horas en auto al oeste de Oslo, es una zona industrial. Viene de una familia donde sus padres, tíos y abuelos han trabajado en las fábricas del lugar, pero ella hace un trabajo completamente diferente al de su familia; sin embargo, un día se preguntó si podía establecer las mismas dinámicas del trabajo obrero en la creación de una obra de arte.

“Así que yo intenté establecer las mismas premisas para mi día de trabajo en el estudio así que establecí pasar unas horas en una actividad repetitiva como un crecimiento personal. Y tampoco no hubo documentación, pudo haber funcionado como un performance pero yo quería hacer una escultura. Y no hice ningún tipo de documentación del proceso porque deseo crear mi propia mitología y deseo que la gente se imagine el proceso”, comenta. El paso del tiempo y el impacto humano en la naturaleza, representada por el trozo de madera, es uno de los intereses de la artista. De ella también hay un par de fotografías que buscan capturar la interacción humana con su contexto para indagar en los vínculos.

En otra de las habitaciones de la Galería Marso, Monica Holmen, cocuradora y colega Komissar en Akershus Kunstsenter, me muestra la obra de Javier Barrios, quien no pudo estar presente el día de mi visita. Me encuentro frente a un muro pintado en tonos de grises y detalles en blanco. Parte de la gama de grises está sobre una película de poliéster.

“Javier trabaja con la complejidad, con la naturaleza, con la naturaleza humana y del mundo. Establece conexiones a través de los límites y las fronteras. Pero también observa esa necesidad humana de controlar la naturaleza y categorizarla para poder entenderla, eso se refleja en el caos en la pintura, pues al final la naturaleza es incontrolable”, comenta Holmen.

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Esta instalación in situ con pinturas, objetos y dibujos fuera de control, utiliza un poliéster translúcido con capas de pintura adelgazadas con aguarrás, subraya ese mundo complejo, difícil de entender e imposible  de controlar.

En la habitación más amplia hay una obra que se ha convertido involuntariamente en una memoria arquitectónica, es el mural de Anders Sletvold Moe. Lo ha titulado Intarsia imperceptible, es un mural para sitio específico que buscaba generar un diálogo con el piso que tenía ese cuarto de la galería, por eso la palabra intarsia, como se conoce a la técnica de patrones entretejidos. Anders solicitó le enviaran por correo imágenes del espacio donde crearía la obra y decidió inspirarse en el piso que, tras los terremotos de 2017 quedaron dañados y hubo que reemplazarlos. Ahora solo queda el recuerdo. El artista, que viene de Trondheim, una de las ciudades más importantes de Noruega; el color negro ha ocupado su producción artística desde 2013.

“Hay una conexión entre la arquitectura del espacio y la pintura. Está pintado directamente en el muro y me tomó cinco días hacer esta pieza. Son 50 diferentes tipos de negro, algunos de los negros van más hacia el café y de ahí al azul. Para mí es bueno trabajar con las limitaciones de un solo color. Es importante para mí no sólo el color, la gama monocromática, también es importante para mí la aplicación del negro. Me interesa el color que está a un lado, el sentido de la marca de la brocha junto a la aplicación en rodillo. En diferentes sentidos que permite el reflejo de la luz en partes específicas y controlados, es la textura de la pintura”.

Anders admira la presencia del negro en la historia del arte, de manera particular en la escuela minimalista estadounidense en las décadas de los cincuenta y los sesenta, como en la obra de Pierre Soulage. El mural es una especie de homenajea a ellos.

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Pero el mural con la luz natural que hay en México se comporta de una manera muy diferente a como Anders lo diseñó en su taller en Trondheim, conforme el día transcurre la paleta monocromática se ve diferente: “Por supuesto que para mí lo más importante es la transformación de la luz del día que entra por el ventanal, la pintura se transforma. Aunque he trabajado con el negro, los colores que he mirado aquí me han atrapado. Yo colecciono pinturas en negro a donde quiera que vaya en el mundo. Tengo como una librería, quizá 150 tubos de pintura negra”.

En su conjunto, las obras de los artistas reunidos en El olvido está lleno de memoria hay cierto silencio y frialdad que bien podría ubicarse inmediatamente como el alma nórdica, pero eso sería seguir estereotipos y lo que buscan las curadoras son los vasos comunicantes entre dos países, aparentemente lejanos. Mónica Holmen me dice al respecto: “esta colectiva es de los artistas que ya han presentado exposiciones individuales en nuestro Centro de Arte y por supuesto, son artistas que nosotras realmente encontramos con una presencia significativa en la escena contemporánea noruega, sí forman parte de la actualidad. Pero al final tanto en Noruega como en México nos preocupamos por lo mismo, pues al final somos seres humanos, nos preocupa la familia y vamos al trabajo”. Rikke Komissar apuesta por una cercanía más profunda: creo que tenemos mucho más en común de lo que nosotros mismos creemos. Con esta exposición queremos decir algo sobre lo que tenemos en común, en un sentido más filosófico.”

El olvido está lleno de memorias (The Forgetfulness is Full of Memories) puede visitarse en la Galería Marso hasta el 20 de agosto.

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