Con este último relato en el que se reúnen Dostoievski, Kropotkin, Trotsky y Édith Piaf, cerramos esta serie de imágenes con las que los invitamos a pensar en Rusia más allá del futbol

 

Todas las imágenes © Huemanzin Rodríguez

Ciudad de México (N22/Huemanzin Rodríguez).- No es sencillo entrar con cámaras a uno de los monumentos militares que conmemoran la Revolución Rusa, durante dos meses Ana y Olga habían hecho la planeación del viaje y no se obtenía respuesta para abordar el buque de guerra Aurora. La penúltima noche en San Petersburgo, antes de volver a Moscú, llegó una llamada que nos aseguró el permiso.

El buque Aurora está anclado en la orilla del río Neva, debe su nombre a un barco de madera que participó en la malograda guerra ruso-japonesa que puso en evidencia la debilidad del joven Nicolás II, idea que se refuerza cuando al leer la correspondencia de su esposa, vemos cómo se queja con su familia sobre la debilidad del carácter del último Romanov. El Aurora de metal que visito fue construido hace más de cien años y participó en misiones en los mares de Asia y Australia y regresó con honores a San Petersburgo. La Revolución no ocurrió de un día para otro, el desgaste del poder zarista puede verse con mayor claridad desde mediados del siglo XIX. En esos años tomaron a muchos prisioneros políticos, y los que no fueron fusilados los mandaron a la prisión de Siberia, con su clima adverso y vientos helados. Eso le pasó a Dostoievski, le simularon una ejecución y después pasó un tiempo encarcelado, esas imágenes las cuenta en el libro Recuerdos en la casa de los muertos (1862). Las represiones del ejército zarista y de los cosacos quedaron plasmadas en pasajes de novelas como Doctor Zhivago (1957), de Boris Pasternak, y en la película homónima de David Lean, protagonizada por Omar Shariff en 1965.

A finales del siglo XIX, mientras el buque Aurora permanecía como una de las naves que resguardaban al Palacio de Invierno, hogar de los Romanov, en otra parte de la ciudad, la más antigua, se consolidaba una prisión para los intelectuales enemigos de la casa real en la Isla de los Conejos. Justo estuve ahí en la mañana antes de subir al Aurora.

La Isla de los Conejos, lugar donde nació San Petersburgo, fue un punto estratégico para Pedro I el Grande, durante su campaña contra la corona sueca. Salió victorioso y en el lugar hizo el fuerte de San Pedro y San Pablo que permanece hasta nuestros días. Ahí construyó también la catedral de San Pedro y San Pablo donde determinó deberían ser sepultados todos los zares a partir de su muerte. Después se construyó la ciudad por orden y orgullo de Pedro I, he leído que fue terrible para los obreros que participaron en la empresa, como era regular en este tipo de obras, muchos obreros anónimos murieron. Y es que el clima puede llegar a ser terrible por su humedad y los vientos del Mar Báltico. Es una de las ciudades más bellas que he visitado, no sólo por sus antiguos edificios suntuosos y palacetes en la orilla del Neva y sus canales, también porque es una ciudad habitada. Lo que pasa con esas ciudades patrimonio es que difícilmente la gente vive en ellas, son hermosas y maravillosas pero están habitadas por turistas, por restaurantes y negocios. Son una escenografía. San Petersburgo, no. La gente vive en los viejos edificios. Para mí resulta envidiable pero me dicen aquí que es la ciudad donde la gente se deprime más en toda Rusia. Pienso que debe de ser difícil vivir entre tanta belleza.

El fuerte de San Pedro y San Pablo es ahora un atractivo turístico que ofrece lindas postales de la ciudad desde la isla: el hielo quebrado, que como vidrio en añicos, se mueve lento sobre la superficie del agua que aún no se termina de congelar. Incluso vi a personas que desde la orilla de la entrada marina del fuerte pasaba la mañana pescando.

En el siglo XIX, el fuerte se convirtió en la Prisión de Trubestskoy, donde llegaban los intelectuales que amenazaron con sus palabras e ideas el orden divino. Algunos de los famosos encarcelados fueron el escritor y pensador Máximo Gorki o el famoso prisionero número 63, León Trotski. Pero hay otro que me llama mucho la atención porque de alguna manera me sitúa en todas estas historias, se trata del noble Piotr Alekséyevich Kropotkin (Пётр Алексеевич Кропоткин, Moscú, 9 de diciembre de 1842-Dmítrov, 8 de febrero de 1921), quien fue geógrafo, naturalista y pensador político ruso. Por su origen, fue recomendado por el Zar Nicolás I para que desde muy niño entrara a la academia militar y con su intelecto tuvo un ascenso importantísimo. Su educación tuvo casi el mismo nivel que la que recibían los estadistas de entonces. Inspirado en la obra que Alexander von Humboldt, exploró Siberia, Manchuria, la tundra y los glaciares de Suecia y Finlandia. Pero algo pasó cuando visitó la prisión de Siberia, la misma donde había estado antes Dostoievski, hubo una represión sangrienta contra prisioneros polacos. El noble había conocido el mundo real, no el pequeño y subjetivo círculo del que no salía la aristocracia. Las cosas se tornaron distintas en su cabeza y con el paso de los años desarrolló otra visión del mundo: hoy es considerado uno de los principales teóricos del movimiento anarquista, dentro del cual fue uno de los fundadores de la escuela del anarcocomunismo, y desarrolló la teoría del apoyo mutuo; es autor del libro Memorias de un revolucionario.

Kropotkin se volvió peligroso y lo metieron a Trubestskoy, fue el prisionero número 39. Pero no estuvo demasiado tiempo ahí, una noche se quejó amargo de fuertes dolores y lo trasladaron a la enfermería, en ese momento decidió su fuga como si fuera una película, entre la ropa sucia salió de la isla en un coche tirado por caballos. Ya en San Petersburgo, Piotr Alekséyevich Kropotkin se refugió momentáneamente en una casa donde se cambió de ropa, fue llevado a una barbería para retirarle la copiosa barba y portó un uniforme militar. Con sus allegados hizo tranquilamente un recorrido por la ciudad, mientras era buscado con desesperación Kropotkin cenaba a la vista de todo el mundo en un restaurante de moda. Calmada la búsqueda se ocultó en un pueblito a las afueras. Después vestido de oficial militar, Kropotkin se dirigió hacia el pequeño puerto de Vaasa, en el golfo de Botnia, embarcando rumbo a Suecia y continuando hacia Noruega. Desde allí tomó un buque británico hacia el puerto de Hull, Inglaterra.

Sus ideas se encontraron con otros grupos anarquistas de Europa, en París fue muy importante, para Emile Henry, por ejemplo, un joven anarquista que el 12 de febrero de 1894 detonó la primera bomba anarquista en Francia, fue en la Villa Faucheur, en el entonces pobre barrio de Belleville, que hoy se ha convertido en un espacio con agradables restaurantes, bares y cafés de vibrante cultura. Veintiún años después de esa bomba, en el mismo barrio a unos pasos de donde detonó, nació en la calle una niña que después se volvería todo un símbolo para la cultura popular de la posguerra: Édith Piaf.

Después de ese recorrido por Trubestskoy es que visité el Aurora, entré a sus calderas, caminé por la proa, entré a los camarotes de los soldados. –El barco está en perfectas condiciones y, si es necesario, está listo para volver a atacar como en 1917, me dijo el militar que nos guiaba por las entrañas del Aurora, y es que el buque-escuela y museo fue un barco emérito por sus logros tanto para el zar como para los bolcheviques. Desde aquí fueron atacados los puentes de San Petersburgo el 25 de octubre de 1917, cuando la fortaleza fue tomada por los revolucionarios y comenzó la batalla contra el Palacio de Invierno, residencia de Nicolás II. El Aurora disparó contra ese palacio y cambió la historia de la humanidad. En silencio y atento continúa vigilante en el río Neva, con un solo recuerdo del pasado, una bandera en su proa que recuerda su origen en las fuerzas navales zaristas.