Gonzalo Aloras, una rara avis en la música argentina

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El rosarino recorre algunas ciudades del país promocionando Digital, su más reciente producción, y trabajando con nuevas bandas; este 4 de abril se presenta en El Imperial

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Imagen: Gonzalo Aloras, Berlín [prólogo], México 2018 / -tua (Toto Martínez + Uxbal Ramírez)

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Ciudad de México (N22/Ana León).- Se hace música en los lugares menos pensados. Allí, en un departamento, mientras afuera la vida sucede. Pero adentro la vida sucede también. La historia se va construyendo con fragmentos que pueden parecer nimios, una charla, por ejemplo. Así inicia este encuentro en un departamento de la Narvarte Poniente, con un músico que no sólo es uno de los creadores más sólidos de Argentina hoy en día, sino que es también un músico al que le importa la historia y que cuenta historias: Gonzalo Aloras. Y es que el rosarino, más allá de tener sólo respuestas, tiene anécdotas y es en este abanico anecdótico donde se insertan figuras como Luis Alberto Spinetta, Charly García, Litto Nebbia, Fito Páez y otros tantos músicos argentinos que lo han marcado y con los que ha crecido.

Aloras, que se encuentra en la Ciudad de México promocionando Digital (2017), su más reciente producción como solista, inició en 1994 con la agrupación Mortadela Rancia y luego formó parte de la banda de Fito Páez, entre 1999 y 2006, para después dar el salto como solista con Algo vuela (2004), al que le siguió Superhéroes (2009) y 12 (2012); ha sido discípulo de todos estas figuras que han marcado la historia de un país, musicalmente hablando. Pero es con esta producción con la que traza una nueva ruta creativa y nuevas búsquedas. Si bien no deja de mirar al pasado, apuesta por una nueva configuración en su propia genealogía, pues la canción nos dice, “es una de las fuerzas más grandes que conviven diariamente con nosotros”, y la música “no es algo complementario o algo de fondo, sino que produce los acontecimientos mismos.”

Es la producción, también, una de las razones, además de la promoción de Digital, por las que el músico argentino se encuentra en el país. El próximo 4 de abril, a las 21 horas, se presentará en El Imperial junto a una de estas bandas a las que está produciendo, Francisca y los exploradores. Antes de abandonar México y dirigirse a Chile, el 6 de abril estará en Guadalajara, en el Foro Independencia; y el 9, en el Teatro Alarife Martín Casillas, también en Guadalajara, habiendo pasado ya por Puebla y Querétaro.

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¿Qué buscas provocar con tu música en el que escucha?

Es difícil en el momento de estar haciendo una música pensar en cómo eso va a ser recibido. Me doy cuenta que cuando estoy haciendo una música hay algo de instinto que se pone en juego, como si fuese algo animal que nos constituye y que quiere salir y expresarse. Siento que con la música me puedo relacionar con esa parte más intuitiva y abandonar un poco todo aquello que es razonamiento, lógica y forma, en el sentido de poder expresar simplemente algo. Estoy tratando de conectarme con esa cuestión un poco, quizá, cósmica. Tratando de traducir en sonido, en palabras, en acordes algo que está circulando por ahí, que está queriendo ser expresado. Después, esas canciones toman vida propia y cada cual va haciendo de ellas su uso e inclusive le va dando un nuevo sentido, esto también es muy común, todos sabemos que con las letras de las canciones sucede mucho. Esa cuestión de la poética da lugar a la apertura de sentido y creo que es lo más importante de las canciones.

Está la búsqueda, antes descrita, de Gonzalo Aloras como músico, pero hay otras búsquedas de Gonzalo Aloras como productor, ¿cuáles son éstas?,  considerando que esa es una de las razones por las que estás en la Ciudad de México.

Tengo dos actividades principales importantes en relación con la música: una de ellas es la de ser compositor e intérprete, y la segunda es la de ser productor, es decir, la de ser una especie de arquitecto que trabaja o que colabora tratando de darle forma y consistencia al sueño de otro o al proyecto de otro. Digo lo que arquitecto porque hay una similitud en esta cuestión de diseñar un espacio en el que va a vivir otra persona. Y algo así sucede con el productor musical. Particularmente me involucro mucho. Considero que hay, a grandes rasgos, dos tipos de productores musicales: unos a los que yo llamo productores cosméticos que son aquellos que se encargan más de la estética y la parte superficial de las obras. O sea, se entrometen en la música, producen, pero de una manera un poco más desde afuera; y después, hay otro tipo de producción en la que me siento un poquito mejor expresado o útil, que es cuando me puedo meter en las canciones, cuando puedo participar, inclusive, hasta en la composición, cuando puedo sugerir cambios de melodías, de estructuras y hasta de acordes, y luego ya pensar en cómo va a vestir eso y qué modo va a tener. Mi pasión en relación a la producción tiene que ver con el espíritu de las canciones y con la esencia misma de las canciones más allá del género o del sonido que se quiera ajustar o de la sonoridad que se esté buscando. Trato que la canción del otro logre su máximo esplendor con una mínima cantidad de elementos posibles.

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¿Qué se agita o que se transforma para transitar de un disco como 12 a Digital? Hay cinco años de diferencia entre uno y otro, ¿cuáles son las mutaciones que registras como compositor y como cantante en esta transición?

Hay un cambio fundamental en ese proceso, en esa transición, y es el hecho de haber estudiado canto todos estos años con Lucía Maranca (1934-2017), es, fue, una artista muy importante en Argentina, sobre todo dentro de la música contemporánea. Luego, más allá de estas clases, hacer un trabajo personal dentro de lo que sería, si pensamos cinematográficamente un disco como me gusta hacerlo a mí, encontrar los nuevos personajes, los nuevos roles, los nuevos modos para cantar estas nuevas canciones. Hay algo que me parece interesante, y es que cuando tú cambias de estética o de búsqueda musical eso de alguna manera creo que debe ir acompañado de nuevos personajes, de nuevos actores, es como hacer otra película en la que puedes mantener a los actores pero deben cambiar sus caracteres.

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Has mencionado que tus procesos musicales siempre tienen una relación física inseparable con los instrumentos, pero Digital es un disco basado casi por completo en sintetizadores, software, máquinas… ¿cómo es ese proceso y esa relación ahora en un disco de esta naturaleza?

Hay músicos que tienen una relación más mental con la música, quiero decir que pueden, por ejemplo, con un papel y un lápiz escribir una ópera, ciertamente admiro mucho esa posibilidad. Luego estamos aquellos que tenemos una relación con la música netamente física, es decir, que tiene que haber un contacto y el cuerpo tiene que estar en juego. Me refiero sobre todo para la inspiración y para encontrar sonidos y melodías y acordes. En mi caso, siempre tiene que estar en juego el cuerpo y tiene que haber una especie de danza de los músculos para que eso suceda. En el caso de este nuevo disco y de esta nueva etapa, las máquinas y los sintetizadores necesitan una pura relación física. Digital está hecho con sintetizadores analógicos y eso implica que el diseño de los sonidos hay que lograrlos de manera táctil, de manera física porque estás todo el tiempo diagramando conexiones entre cables y aparatos, esa cuestión manual y digital justamente es la que prevalece en este material contrariamente a lo que podría pensarse que una máquina suena o se opera por sí misma. En realidad, las máquinas y los sintetizadores analógicos requieren más relación física que un instrumento, tengo que estar prácticamente una media hora diseñando y cambiando cables y módulos, y buscando milimétricamente filtros, perillas y resonancias… claro que después hay expresiones de esas que se han emulado con programas de software, pero no es lo que más me entusiasma sino justamente la posibilidad de haber cambiado la única relación que tenía yo que era con las cuerdas y con los pianos a pasar a esta relación física, un poco más molecular, más fina, de la creación del sonido y no de reproducirlo. Es decir, cuando tocas el piano o la guitarra estás reproduciendo un sonido que no has inventado, que no es tuyo: la guitarra suena a guitarra y el piano suena a piano. En cambio,  cuando te enfrentas a un sintetizador, físicamente tienes que hacer un recorrido hasta dar con ese sonido que es muy personal.

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Hay una dualidad en Digital: por una lado has mencionado que es una especie de resistencia a la actual inmediatez, por el tiempo que te tomó producirlo frente al tiempo que dura el disco –poco más de 30 minutos–, y por otro lado,  es un vinilo que tiene una aplicación que te permite reproducir el disco en una consola digital.

En el primer caso, en referencia al tiempo de producción, es una resistencia porque vivimos en una época donde cuanto todo se haga más rápido parecería ser que vale más y que es mejor. Tomar cuatro o cinco años para hacer una obra con todo lo que eso implica, estar distanciado de los medios, lejos de la exposición, es algo que a mi modo de ver impone una cierta resistencia a los tiempos que te obligan hoy a estar todo el tiempo produciendo, contando algo, haciendo, cambiando, renovando, cuando en realidad a lo mejor el tiempo del músico, el tiempo de la creación o el de la aparición de las ideas, necesita extenderse en el tiempo para realmente aparecer.

Por otro lado, se llama Digital pero es un vinilo, hay otro tipo de resistencia a la idea de que todo tiene que estar digitalizado, en las redes sociales y accesible inmediatamente. Dentro del vinilo hay una canción, “Dragón”, el dragón representa esta imagen mítica de una figura que existe pero no existe y esa canción, haciendo un poco juego entre esa imagen oriental y nuestra realidad digital, la única manera de dar con ella es poniendo el vinilo físicamente en la bandeja, tomar la púa y apoyarla sobre la canción. No existe en ningún otro lugar. A eso me refiero con el juego de cierto tipo de resistencia, de hacer que tu obra necesite el uso del cuerpo, del tiempo, del objeto en contraposición a esta cosa que es toda pura pantalla.

Se me ocurrió una aplicación específica para este disco, también tiene que ver con una especie de resistencia y de humor, algo así como el primer reproductor de vinilo digital, es una especie de invención inútil, por eso digo que es resistencia, porque no tiene ningún sentido hacer una bandeja virtual porque uno puede escuchar la música en Spotify o en Youtube, no hace falta una bandeja. Es volver a la insistencia de lo físico. ¿Cómo volver a darle cuerpo –sería la pregunta de Digital– a nuestra época que se esfuma en bits y en imágenes?

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¿Por qué este juego de esconder cosas en tus discos, en las canciones? En Digital sólo en la versión física se puede reproducir “Dragón”; en Algo vuela hiciste algo similar: había tres versiones de una misma canción que sólo se podía escuchar si cambiabas un par de cables y modificabas la salida del sonido.

Esa es “Emotival”, una canción que grabamos con Charly García. Más que esconder, la intención es darle más dimensiones al mismo objeto, a la misma obra, a la misma idea. En ese caso, en “Emotival”, puedes escuchar en una bocina una versión de la canción, que es la versión que yo hice primeramente; en la otra bocina, puedes escuchar toda la participación de Charly García; y luego, al poner las dos bocinas, hay una tercera versión que es la que se conoce o la que se escucha cuando se escucha naturalmente. Es como una especie de ofrenda o premio al final del camino para el viajero que tuvo la paciencia o la intención o la sensibilidad de darse cuenta que algo estaba pasando, o por azar, también. Me gusta que las canciones tengan distintas capas y niveles de profundidad.

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En una entrevista narras todo el proceso de producción de Algo vuela, al final de todo el trabajo te preguntas ‘¿qué sigue?’ Vas a una tienda de discos y ves que Algo vuela está a lado de un disco de Alejandro Sanz, y dices: ‘Ah, a lado de Alejandro Sanz, bueno…’. ¿Significa algo para ti que te clasifiquen en algún género, te importa?

No. El tema de la clasificación, a nivel de la organización de los mercados y para la cuestión comercial, es útil. Si eres un artista de trap es más sencillo ubicarte que si no se sabe qué es lo que estás haciendo. En general he sido un artista que nunca se supo bien qué es lo que estaba haciendo, por eso puedo terminar a lado de Alejandro Sanz, a lado de Luis Miguel o al lado de Fito Páez, es distinto según el disquero o la tienda de discos. Un poco para explicar esto: una vez después de un concierto en Argentina al que había ido Fito Páez como espectador, me hizo un comentario muy breve que fue algo así como, musicalmente hablando, me decía: “a ti no se te puede atrapar”. Lo que entendí, con el tiempo, es que se refería a que había una especie de eclecticismo, de variedad o de movimiento en la propuesta o en la búsqueda artística mía que no era del todo definible. Es una cualidad artísticamente positiva y afirmativa, pero comercialmente dudosa.

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