La declaración de amor de Guillermo del Toro

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El cineasta estrenó La forma del agua en el Festival de Cine de Morelia, en sus palabras, el filme más optimista que ha hecho  

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Morelia (N22/Julio López/Perla Velázquez).- La forma del agua se proyectó este miércoles por la tarde en el Festival Internacional de Cine de Morelia. La cinta llevó a Guillermo del Toro a ganar el León de Oro en la reciente edición del Festival de Cine de Venecia. La historia está ambientada en un laboratorio secreto en Baltimore, EEUU. El año que escogió Del Toro es 1962, cuando el ejército estadounidense atrapa a un monstruo en el Amazonas, una mezcla de hombre y anfibio, de quien la protagonista, una mujer muda, se enamora.

A continuación te presentamos algunos de los puntos que contextualizan la cinta, explicados por Guillermo del Toro.

Romper el mito de La Bella y la Bestia

Hay dos vertientes en la mitología clásica del cuento de hadas de La Bella y la Bestia que son insatisfactorias para mí. La primera es la puritana, en la que la Bella tiene que ser una princesa pura, hermosa, virtuosa, que la pones en una columna para adorarla y la Bestia se tiene que convertir en un príncipe para que se puedan encontrar y tener una vida juntos. Me parece horripilante la idea que una historia de amor sea una historia de cambio, porque para mí el amor es la aceptación de alguien como es. Ésa es una historia de amor.

La segunda acepción es más perversa. A mí me interesaba mucho empezar con la princesa masturbándose. Te da una cotidianeidad, una posibilidad de un personaje femenino redondo, que tiene un vida más compleja que la de una princesita de caricatura. Por el otro lado, la bestia no va a cambiar y presentar el lado divino de esa criatura, es un ente primordial que pertenece al agua, no es un animal que exista, es un Dios del agua y es el reconocimiento de una esencia de ella en esa criatura.

Me interesaba mucho una historia de amor liberadora sobre la tolerancia, no el cambio, la tolerancia, el amor, y abrazar la otredad. Ahorita vivimos una atmósfera en todo el mundo en donde el péndulo se ha ido en tenerle miedo al otro, ¿quién es el otro?, el otro únicamente existe pero por ideología.

El sueño de la grandeza

El año de 1962 es concreto, es antes de que se rompa el sueño que queda como un mito. Es cuando se habla de que Estados Unidos es grande o puede ser grande, se sueña con ese argumento, porque había una aparente abundancia, un progreso, pero sólo si no eras una minoría. Lo que trata de representar la película es que si eras una minoría el cambio no te apoyaba, ese tiempo es un muy parecido al tiempo de ahora: había diferencias de género, había brutalidad racial, estaba la guerra activa, pero al final de esta época Kennedy es asesinado, la Guerra de Vietnam escala y empieza una época en el que el sueño se desarticula.

Lo importante es hacer una película sobre hoy, usando un tiempo que permita la parábola que es el 62, porque si la hago de hoy se vuelve tópica se vuelve específica, pierde su universalidad. La parábola lo que permite es abandonar la ideología y abrazar las ideas.

Es un momento crítico que queda plasmado como una historia de fantasía la película podría abrir diciendo: “Érase una vez en 1962…”.

Musicalización

Me tomó nueve meses encontrar las canciones. Nueve meses encontrar las películas, la series de televisión, porque es un momento en que Estados Unidos se define a sí mismo a través de la tecnología mediática, es decir, la transformación de cómo se mira a un país a través de la televisión, el cine, la música. Cuando hablé con Alexandre Desplat, le dije que me gustaría mucho evocar a un compositor que me gusta, Georges Delerue o a Nino Rota, cualquiera de los dos por la emoción, pero no quería que pareciera música de los 60, pero sí con ese romanticismo, pureza e inocencia, con la vitalidad de una banda sonora antigua.

Una cosa que hicimos, que es poco convencional, es que utilizamos el silbido, la voz humana. La composición se llevó un rato, la grabamos en Abbey Road y fue la tercera vez, en diez películas, que asisto a una grabación de banda sonora, porque yo no le daba importancia a la grabación, porque pensaba que el músico sabía qué iba a hacer. Desplat me dijo que debía estar allí por la emoción, yo le tenía que decir si la emoción era mucha o era poca. Es la primera vez que entiendo por qué se debe de asistir a la grabación de una banda sonora.

El amor al cine

Esta es la película más optimista que he hecho, es la película que dice: “sí se puede encontrar una fuerza, el amor como una fuerza puede ser de distintas maneras: de padre a hijo, entre hermanos, lo que sea”, pero lo que hay que tener cuidado es el amor romántico de novela, en el que todo acaba en la boda. No todo empieza en la boda y de ahí para adelante. No es una película que terminé de manera triste o dolorosa, este es un final hermoso, posible: una declaración de amor al amor y de amor al cine.

Es una carta de amor al cine, al cine dominguero, porque ése es el que te salva la vida a veces, a mí me la ha salvado. Múltiples veces en mi vida he estado abajo, una película dominguera te saca, te da vida, te da oxígeno.

El filme, de alguna manera, remite mucho a un cine clásico. Está filmada como un musical, aun cuando no canten o bailen, la cámara o los actores están haciendo una coreografía hermosa. Es una película que tiene hambre de cine y trata de abrazar todo lo posible.

La bestia y la cercanía latinoamericana

Creo que difícilmente alguien que no sea latinoamericano o, en mi caso en específico, mexicano, se acerca a una historia de amor que incluye amor físico. Eso es completamente no anglo, que libera y te habla de la relación tan cercana que tenemos como país con lo fantástico, con lo surrealista, lo mágico, sin el cliché del término realismo mágico, aceptamos el término, pero también la convivencia de las dos cosas de manera natural. Eso es algo que también quería retratar.

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